
por Portaluz
4 Abril de 2025Émilie Morasse nació en una familia católica. Sin embargo, una serie de acontecimientos difíciles la llevaron a buscar en otra parte una forma de satisfacer sus necesidades espirituales. Recurrió al esoterismo y a la nueva era para "recuperar el control de (su) vida" tras experimentar una gran sensación de abandono por parte de sus cercanos y, sobre todo -afirma- de lo divino. "Me preguntaba una y otra vez: '¿Dónde está Dios?'"
En esas circunstancias se refugió en la Wicca, un movimiento religioso neopagano que mezcla elementos del chamanismo con préstamos de diversas mitologías. Rápidamente se convirtió en una figura destacada del movimiento en la ciudad de Quebec, e incluso -cuenta a Le Verbe- se le concedió el título de «Suma Sacerdotisa Wicca».
Fue entonces, el año 2015, cuando decidió iniciar los trámites para abandonar la Iglesia, dada la incompatibilidad de la Wicca con el cristianismo. Sentía una profunda necesidad de coherencia. "Apostatar es muy fácil, de hecho. Basta con buscar en Internet 'modelo de carta de apostasía' y ya tienes todo el texto escrito. Rellenas las casillas y la envías a la diócesis. El canciller te devuelve una carta explicándote las consecuencias: ya no puedes casarte por la iglesia, ya no puedes ejercer de madrina, ya no puedes ser enterrada en un cementerio católico; en resumen, estás excomulgada. Poco después, recibes una carta oficial en la que se confirma que figuras como apóstata en sus archivos".
Es importante entender que esa acción de apostatar no se trata de ser desbautizado, ya que la historia no se puede reescribir. "Lo hecho, hecho está", explica Élisabeth Sirois, doctora en sociología de la religión. "Es una renuncia pública e institucional a la fe. Es realmente un acto concreto que tiene fuerza simbólica en la medida en que esta afiliación es visiblemente más importante para algunos que deciden distanciarse de ella. Es como si el peso simbólico de la afiliación pesara demasiado para estas personas, hasta el punto de que sienten la necesidad de distanciarse de ella y hacer esa ruptura a través de la apostasía".
Respetar la libertad
El padre Serge Tidjani es Canciller de la diócesis de Quebec. Se encarga de gestionar las cerca de 150 solicitudes de apostasía que se presentan cada año al obispo. Para él, nunca es fácil ver a alguien abandonar la Iglesia. "Incluso el hijo más difícil de nuestra familia, no queremos que se vaya, es uno de los nuestros. Pero si quieren irse, les respetamos. Nadie está ahí para juzgarles. Con el único que tienen que tratar es con quien les creó, Dios", señala el Canciller.
Muchas de las personas que piden la apostasía lo hacen porque sienten que el sacramento del bautismo les fue impuesto en un momento de su vida en el que no estaban en condiciones de dar su consentimiento. "Dicen: 'Yo no pedí ser bautizado'. Consideran que esta pertenencia, que es real -hay una inscripción en una institución-, no es auténtica", resume Élisabeth Sirois.
Sentirse llamado a volver
A medida que cambian las circunstancias y las experiencias, algunas personas llegan a arrepentirse de su acto de apostasía y desean volver a la Iglesia. Este es el caso de Émilie. Pero su vuelta a la fe no se produjo de la noche a la mañana. Tras una grave experiencia de violencia doméstica que la sumió en una profunda depresión, tuvo la impresión de recibir de repente una serie de «guiños» que no pudo ignorar. El primero llegó cual «miga de pan» y era una pequeña pieza de cartón con una palabra de la Biblia escrita en ella, que encontró en la acera. Tuvo la fuerte impresión de que esas palabras que leyó en el cartón -«No tengas miedo ni te acobardes, porque Yahveh tu Dios estará contigo» (Josué 1,9)-, iban dirigidas directamente a ella.
Poco después, encontró otro objeto que le recordó todas las pequeñas cosillas religiosas que tenía su abuela: un medallón del Sagrado Corazón, que se guardó en el bolsillo, como había hecho con el pequeño trozo de cartón.
Pero fue durante una visita a la basílica de Sainte-Anne-de-Beaupré cuando experimentó un verdadero momento de transformación. Aceptó el rosario que le ofreció una amiga que la acompañaba. "Cuando lo tuve en mis manos, recibí algo, las oraciones de mi infancia volvieron... Me confundí. Me preguntaba qué estaba pasando". Y empezaron a surgir las preguntas: "¿Me he equivocado? ¿Qué he hecho?"
Quería volver a ir a misa, pero para no sentirse una "impostora", decidió dar los pasos necesarios para reincorporarse a la Iglesia que había abandonado. Tras unos cuantos vericuetos administrativos, encontró a un sacerdote que se encargó de su expediente de readmisión. El proceso incluyó una serie de reuniones para preparar el sacramento de la reconciliación. En una de ellas, Émilie leyó la parábola de la oveja perdida (Lc 15, 1-7). "Me resulta claro verme como la oveja número cien. El pastor trabajó duro, pero al mismo tiempo de forma tan sutil y suave, para traerme de vuelta... Nadie, ningún poder en el mundo, aparte de Dios, podría haber hablado así mi lengua para crear esa relación".
Bienvenida
Uno de los momentos más emotivos del viaje de Émilie tuvo lugar durante la Novena de la Divina Misericordia, una serie de nueve días de oración que comenzó en Viernes Santo. La oración del quinto día, dedicada a los apóstatas, le llegó al corazón. "Hay millones de personas que hacen esta novena cada año, y cada quinto día, todo el rebaño llora por una oveja perdida. Fue entonces cuando oí al pastor, a Dios, que cuida de todas sus ovejas", dice la conversa.
La culminación de este proceso llegó en el momento de su reinserción oficial, que implicó primero una confesión y luego una profesión de fe hecha ante un sacerdote y dos testigos. Émilie incluso pidió al sacerdote que volviera a encender su vela bautismal en señal de reconciliación. Pero su viaje en la fe no terminó ahí. Émilie lo continúa en el servicio a los demás. Inspirada por el carisma de Santa María Leonie Paradis, que dedicó su vida al servicio de los ministros de la Iglesia, Émilie ayuda ahora a los sacerdotes de su comunidad en todo lo que puede, apoyándoles en su misión. Así es como vive su fe redescubierta y siente que ha recuperado su lugar en la gran familia cristiana.