por Portaluz
18 Junio de 2026Nativo de West Friendship, Maryland, el joven Jack Hampton destacaba como mediocampista de Lacrosse en su Instituto Our Lady of Good Counsel. Trayectoria que hoy continúa en los 'Dragones' de la Universidad Drexel (Philadelphia, USA).
Pero esta no es la crónica de un testimonio sobre el deporte, sino el relato en primera persona que Jack ofrece en el portal YesCatholic sobre su conversión:
"Así que, para empezar -y esto quizá sorprenda a algunos-, soy un converso al catolicismo.
Crecí en el seno de la Iglesia católica y recibí los sacramentos a una edad temprana. Pero, como la mayoría de los niños, no comprendía realmente lo que significaba ser católico ni entendía de verdad quién era Jesús. Aprendí sobre la fe en las clases de catequesis, pero nunca llegó a calar en mí ni a conmoverme del todo.
Al mismo tiempo, el deporte ocupaba una parte muy importante de mi vida. Mis padres se identificaban como católicos, pero apenas íbamos a misa. Éramos sobre todo «católicos de Pascua y Navidad», y la fe nunca fue realmente una prioridad en nuestro hogar. Por supuesto, ojalá hubiera conocido a Jesús de forma más personal a una edad más temprana, pero como yo —y todos los creyentes— sabemos ahora, Dios siempre tiene un plan y un propósito para nuestras vidas.
Avancemos hasta 2020, cuando cursaba 8.º grado y la pandemia de COVID estaba en su punto álgido. Por aquel entonces, creía en la idea de Dios o de algún tipo de creador, pero me fascinaban mucho más el espacio y las estrellas. No desde un punto de vista pagano o espiritualista, sino porque fue la primera chispa que se encendió en mi interior y que me llevó a reflexionar seriamente sobre Dios y la creación.
Al mismo tiempo, mi padre se estaba tomando su fe cada vez más en serio. Decidió leer la Biblia de principio a fin para averiguar si realmente era cierta o no. En resumen... descubrió que sí lo era.
Con el deseo de ayudarme a crecer en la fe también, me regaló un ejemplar de *Una vida con propósito*, de Rick Warren. El recuerdo más nítido que tengo de la lectura de ese libro fue pensar: «Es imposible que Dios sepa todo lo que ocurre en mi vida: cuándo, dónde y cómo». Era escéptico. No quería creerlo. Pero, en el fondo, creo que una parte de mí sí lo creía.
Para cuando empecé el primer curso de secundaria, mi padre y yo solíamos tener conversaciones habituales sobre Dios, las Escrituras y la fe. En ese momento, creía firmemente en Dios, pero aún no sentía un deseo ardiente por Él.
Afortunadamente, algunos de mis amigos de mi nuevo instituto se estaban preparando para la Confirmación. Mi padre me animó a ir también. Me mostré reticente, pero al mismo tiempo tenía un deseo sincero de estar allí —probablemente porque mis amigos también iban a ir.
Durante las clases de Confirmación, aproveché la oportunidad para hacerle a mi catequista, el hermano Marvin, todas las preguntas que tenía sobre Jesús y el cristianismo. Él realmente contribuyó a encender mi corazón y desempeñó un papel fundamental a la hora de ayudarme a creer en Jesús de forma personal. Aun así, todavía no comprendía la importancia de la Iglesia de Cristo.
Luego llegó el invierno de 2022. A mitad de mi segundo curso de secundaria, me cambié a un instituto católico. Me cambié principalmente por el lacrosse, por los estudios y por la oportunidad de recibir una educación católica privada.

Pero la transición trajo consigo mucho miedo e incertidumbre. No conocía a nadie. Todo era nuevo: el entorno, los profesores, el horario, las amistades. Como cualquier adolescente que quiere encajar, poco a poco empecé a adaptarme a cosas que nunca había hecho antes y que, en realidad, nunca había querido hacer.
Durante un tiempo, viví para el mundo.
Incluso durante ese periodo, seguía leyendo la Biblia de vez en cuando, rezaba a veces y asistía a misa de vez en cuando. Pero llevar esa doble vida me fue alejando poco a poco de Dios hasta que dejó de ser una prioridad para mí.
Entonces, un día, durante mi tercer curso de secundaria, asistí a un estudio bíblico en el que el responsable leyó en voz alta Gálatas 5:19-21: «...Ahora bien, las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras, rencillas, divisiones, disensiones, envidias, embriagueces, orgías y cosas semejantes, sobre las cuales os prevengo, como ya os previne, que quienes hacen tales cosas no heredarán el Reino de Dios». Ese momento lo cambió todo.
Fue el momento de mi conversión, el momento en que se me cayeron las vendas de los ojos. De repente me di cuenta de que había estado viviendo una vida de pecado. Al recordarlo ahora, sigo asombrado de lo maravillosamente que obra Dios.
A partir de ese momento, dejé de vivir para el mundo.
De golpe".
