Imagen gentileza de Diocese of Spokane.
Imagen gentileza de Diocese of Spokane. Unsplash

No nos derramemos fuera. Vivamos unidos a Cristo

Néstor Mora Núñez por Néstor Mora Núñez

21 Julio de 2026

No quieras derramarte fuera; entra dentro de ti mismo, porque en el hombre interior reside la Verdad y si hallares que tu naturaleza es mudable, trasciéndete a ti mismo, mas no olvides que, al remontarte sobre las cimas de tu ser, te elevas sobre tu alma, dotada de razón. (San Agustín. La Verdadera Religión XXXIX, 72)

En esta frase San Agustín utiliza el verbo "derramarse", que evoca la imagen de un líquido que se esparce, pierde su forma y se desperdicia en el suelo.

Para el cristiano, el pecado y la superficialidad son una especie de "extroversión" desordenada. Cuando el ser humano busca su felicidad puramente en lo exterior, como en los placeres, la aprobación de los demás, el ruido o el activismo, su energía espiritual se fragmenta y se vacía.

La conversión es el regreso a casa. El primer paso de la vida espiritual no es un esfuerzo por alcanzar un Dios lejano en las nubes, sino un acto de recolección interior. Es el silencio necesario para callar los sentidos exteriores y encender los sentidos de nuestro ser. El corazón es el santuario donde Dios nos cita.

Al adentrarse en su propia intimidad, el hombre se encuentra con una doble sorpresa. Por un lado, descubre la Verdad que es Cristo. Descubre la presencia de Dios que 

ilumina nuestra conciencia. Por otro lado, se topa de frente con nuestra propia mutabilidad, repleta de dudas, caídas y cambios de ánimo, y con nuestra incapacidad para ir adelante sin la Gracia de Dios.

El cristiano no se deifica a sí mismo en el silencio interior porque sería caer en el orgullo o en un falso gnosticismo. Necesitamos reconocer que necesitamos de Alguien superior para mantenernos firmes en el Camino. La Verdad que encuentra en nosotros no es una creación de su mente, sino un Huésped que ya habitaba allí.

San Agustín advierte que el viaje no termina en el autoconocimiento ni en el equilibrio mental. La razón humana es la facultad más alta del hombre, pero seguimos siendo criaturas y, por tanto, limitados e imperfectos. Para encontrarnos con el Dios vivo, hay que dar un "salto de fe" para ir más allá de nuestros propios pensamientos, conceptos y razonamientos.

Remontarse sobre las cimas del propio ser significa dejarse arrastrar por el Amor y la Gracia de Dios. Es pasar de la meditación a la contemplación, que consiste en dejarse poseer por Dios. El final del camino no es el vacío de la mente, sino el abrazo de Dios que nos llena. Es encontrarnos con Aquel que es la Luz inmutable, el Amor eterno que sostiene nuestra alma racional.

San Agustín nos propone un itinerario de tres pasos. Primero, el silencio, para no derramarnos fuera. Segundo, la humildad que nos permite reconocer nuestra fragilidad interior. Tercero, confianza para dejar que el Gracias nos eleve por encima de nuestros propios límites humanos. Cuando sintamos que nuestra mente no puede resolver un problema y nuestros razonamientos se agotan, recordemos este texto. Es el momento de dejar de pensar y empezar a adorar; es el momento de remontarte sobre tu propia razón y descansar en los brazos de la Verdad que te habita.