En su primer discurso oficial durante su visita apostólica, León XIV hizo una sencilla apología del realismo cristiano. «La realidad prevalece sobre la idea», afirmó durante su alocución, porque «la realidad simplemente es; la idea se elabora». Y advirtió sobre el peligro de que las ideas terminen desgajándose por completo de la realidad, como globos erráticos y sin brújula, en una denuncia sin ambages de las ideologías que nos infestan y una crítica explícita a quienes imponen «narrativas divisivas y polarizantes» frente la verdad de los hechos.
León XIV logró nombrar el pecado más característico de nuestra época, que es la negación de la realidad, la convicción mentecata de que las cosas no existen por sí mismas, sino tan sólo como proyección de nuestra subjetividad. Sobre este postulado demente, el racionalismo idealista pudo afirmar impunemente que el mundo se formaba y reformaba mediante meras «ideas»: así nacieron las ideologías, estructuras de pensamiento (o, en su versión más degenerada y frecuente, meras colecciones de consignas para masas cretinizadas) que niegan la realidad de las cosas y la someten a la voluntad humana, que se cree capaz (risum teneatis) de modelarla a su antojo, hasta instaurar un paraíso en la tierra. Pero la realidad es tozuda y no se inmuta ante los delirios humanos, sino que se queda en su sitio, dejando que los hombres se extravíen, como el padre de la parábola del hijo pródigo se queda en cada, dejando que su hijo se coma las algarrobas de los cerdos. El problema es que las algarrobas que las ideologías procuran semejan manjares a las masas cretinizadas que las secundan.
No existe posibilidad de conversión sin abandonar la cárcel de las ideologías; esta es la mayor enseñanza que me ha deparado mi acercamiento a la fe católica. A medida que me iba haciendo más católico, las ideologías modernas me causaban mayor repulsión; hoy, cuando ya sé que -por mucho que me resista- moriré católico, las ideologías se me antojan zurullos que se descomponen, infestados de moscas. Las ideologías fuerzan al hombre a que su razón se vuelva hacia dentro, fermentando y pudriéndose; la fe católica lanza nuestra razón hacia el mundo, en busca de las cosas reales, en busca del prójimo amado, en busca de ese «Dios fuerte, vivo en el Sacramento, palpitante y desnudo, como un niño que corre perseguido por siete novillos capitales». Y entonces nuestra mente se amplía, porque ha conquistado la provincia de la realidad, que incorpora a sus dominios; y viendo desfilar a Dios por la realidad, «panderito de harina para el recién nacido, brisa y materia juntas en expresión exacta», como ayer desfilaba por las calles de Madrid, sostenido por León XIV, podemos proclamar con Lorca esta hermosa paradoja: «Es tu carne vencida, rota, pisoteada, la que vence y relumbra sobre la carne nuestra».
