Imagen gentileza de Gantas Vaiciulenas.
Imagen gentileza de Gantas Vaiciulenas. Unsplash

Buscamos a Dios donde no está

Néstor Mora Núñez por Néstor Mora Núñez

13 Julio de 2026

¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y ves que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo (San Agustín. Las Confesiones X, 27, 38)

Esta frase nos habla de un descubrimiento que la Gracia de Dios le reveló a San Agustín para que su conversión fuera profunda. ¿Dónde buscar a Dios? Normalmente lo buscamos, en el mejor de los casos, fuera de nosotros. Como es lógico, no es frecuente encontrarlo allí.

San Agustín nos muestra la tragedia del ser humano contemporáneo: vivimos "fuera" de nosotros mismos y lo hacemos ciegos a la mano que el Señor nos ofrece. Buscamos la plenitud, la paz y la belleza en las apariencias, en las posesiones, en el éxito o en el ruido exterior. El santo no dice que las cosas creadas sean malas, sino que son insuficientes. Buscar en lo exterior lo que solo se encuentra en Dios es vaciarse y deformarse.

El giro fundamental ocurre cuando el alma comprende que Dios no es un objeto lejano en el cosmos al que hay que alcanzar con el intelecto, sino una Presencia que ya nos habita. Dios no nos sirve a nosotros. No es nuestra herramienta para lograr nuestros deseos. Dios está en lo más profundo de nuestro ser, "más íntimo que mi propia intimidad".

La conversión no es un viaje hacia el exterior, sino un regreso a casa. Para encontrarse con Dios, el primer paso indispensable es entrar en uno mismo, hacer silencio, recoger los afectos dispersos y mirarse en el espejo del alma. Allí, en la recámara más oculta de nuestro ser, Dios siempre espera el momento en que decidamos estar con Él.

¿Y el prójimo? ¿No debemos amarlo? Claro que debemos amarlo de la misma manera en que Dios nos pide amarlo. Pero no se trata de amar el error ni todo lo superficial que vemos en los demás. Se trata de ver a Dios en cada persona y de amar a Dios en el prójimo. ¿No podemos amar entonces la naturaleza? Claro que la podemos amar, pero viendo en ella la huella dactilar que Dios ha dejado en todo lo creado. Cristo nos dijo que Él es el Camino, la Verdad y la Vida. Es decir, es lo que habita en todos nosotros y espera que le sigamos.