Imagen gentileza de Ray Shrewsberry.
Imagen gentileza de Ray Shrewsberry. Unsplash

La lucha por ser sinceros

P. Ronald Rolheiser por P. Ronald Rolheiser

8 Junio de 2026

¿Quiénes somos realmente? ¿Quiénes somos cuando desnudamos nuestra alma despojados del ego, despojados de la imagen que tenemos de nosotros mismos, despojados del bombo publicitario, las modas pasajeras y las ideologías que inhalamos inconscientemente y que tiñen nuestro pensamiento, despojados del trauma que arrastramos de nuestras heridas y despojados de nuestras posturas inconscientes habituales?

¿Cuándo somos sinceros?

Según la interpretación popular, la palabra «sincero» proviene de dos palabras latinas: sine (que significa «sin») y cera (que significa «cera»). Ser sincero es estar sin cera, es decir, ser quienes realmente somos bajo todos los niveles de ego, imagen de nosotros mismos, ideología, trauma y posturas inconscientes que nos acosan. No es fácil ser sincero, dadas las desconcertantes complejidades de nuestra mente y nuestro corazón. Es difícil excavar más allá de todo eso para llegar a quien realmente somos.

Entonces, ¿cuándo somos sinceros? Ofrezco dos historias como respuesta.

La primera es de Ruth Burrows, una de las escritoras místicas más profundas de los últimos tiempos. Ella cuenta esta historia de cómo, un día, toda la cera se desprendió y se encontró con su alma desnuda.

Creció en Inglaterra y ni ella ni su familia eran especialmente religiosos. Sus padres la enviaron a un colegio privado solo para chicas dirigido por una orden de monjas, no por motivos religiosos, sino porque la educación allí era superior a la de los colegios públicos locales.

Cursó allí sus años de secundaria, sin llegar a sumergirse nunca realmente en la fe. Luego, como preparación para la graduación, las monjas llevaron a las alumnas a un centro de renovación para un retiro. Ruth y una de sus compañeras no se tomaron el retiro en serio, sino que se reían tontamente, se burlaban y se pasaban notas entre ellas durante las charlas impartidas por el director del retiro. Así que, en un momento dado, las monjas sacaron a Ruth y a su amiga del grupo y, mientras sus compañeras escuchaban una charla, Ruth y su amiga tuvieron que sentarse en silencio en la capilla durante esas horas, bajo la atenta mirada de una monja. Al principio, confiesa Ruth, ella y su amiga seguían resistiéndose a ponerse serias; seguían riéndose y guiñándose el ojo.

¡Pero las horas se hacían eternas! Y durante un periodo de silencio especialmente largo, tuvo un momento de gracia, de claridad, de sinceridad, de desnudez del alma. En ese instante, se vio tal y como era en realidad: una joven frívola, que no pensaba con claridad, atrapada en su ego y en las apariencias, pero también, en el fondo, una persona buena y cariñosa, a quien Dios amaba profundamente. Ese único momento de claridad le cambió la vida.

Este momento de gracia llegó a Ruth Burrows aparentemente sin ser invitado, aunque sin duda los niveles más profundos de su mente y su corazón estaban invitando a esa visita llena de gracia.

Mi segunda historia es más sencilla, pero precisamente por eso resulta tan impactante. Hace algunos años, un gran amigo mío, de solo cincuenta y cuatro años, se estaba muriendo de cáncer. Cuando ingresó en el centro de cuidados paliativos, le llevé el libro de Teresa de Lisieux, *Historia de un alma*. Unos días más tarde, mientras hablábamos por teléfono, me dijo lo siguiente: «Gracias por el libro de Teresa de Lisieux, es lo único que todavía puedo leer. Cuando te estás muriendo, se elimina toda la mierda. Sabes lo que es real y lo que no». El proceso de morir fue su momento místico; le llevó a la sinceridad.

Entonces, ¿cómo llegamos hasta ahí? ¿Cómo atravesamos todo lo que se interpone entre nosotros y la sinceridad, entre nosotros y la desnudez del alma?

Tenemos que llevar eso conscientemente a la oración diaria. De hecho, durante la segunda mitad de la vida, nuestra lucha fundamental en la oración consiste precisamente en intentar llegar a la desnudez del alma, en estar ante Dios y ante nosotros mismos sin adornos. Tenemos que llevar nuestra lucha a Dios. Esta es la esencia misma de la oración contemplativa, de la contemplación.

Thomas Merton dijo una vez: «Con Dios, un poco de sinceridad da para mucho, mucho tiempo». Podemos consolarnos sabiendo que Dios comprende que la lucha es dura y que, la mayoría de las veces, tenemos al menos una pizca de sinceridad. Y podemos conectar con nuestra sinceridad a través de una intención que trascienda la lucha con nuestros sentimientos.

He aquí un ejemplo de Thomas Merton sobre cómo expresar esa intención en la oración.

«Señor Dios mío, creo que el deseo de complacerte te complace de hecho. Y espero no hacer nunca nada al margen de ese deseo. Y sé que, si lo hago, tú me guiarás por el camino correcto, aunque yo no sepa nada al respecto».

Sin embargo, cuando llegamos a la sinceridad y a la desnudez del alma, el efecto puede sorprendernos. Como dice Merton: «Que nadie espere encontrar en la contemplación un escape del conflicto, de la angustia o de la duda». Por el contrario, la profunda certeza de la experiencia contemplativa despierta una angustia trágica y abre muchas preguntas en lo más profundo del corazón, como heridas que no pueden dejar de sangrar». Pero recuerda siempre: «Con Dios, un poco de sinceridad da para mucho, mucho tiempo».