Tres extraordinarios testimonios sobre la intercesión de San Antonio. No solo ayuda a encontrar las llaves perdidas

Tres extraordinarios testimonios sobre la intercesión de San Antonio. No solo ayuda a encontrar las llaves perdidas

"Le debo a San Antonio haber encontrado a este hijo de Dios, aunque a veces con los dientes rotos, la nariz rota, un cuchillo clavado en el vientre y arrastrándose por el suelo, pero siempre, al fin y al cabo, encontrado con vida".

por Portaluz

19 Junio de 2026

Las historias a pie de calle hablan de que muchos devotos recurren a San Antonio en necesidades simples y cotidianas, como cuando pierden sus llaves, los documentos u otros objetos valiosos. Sin embargo, nos son pocos los testimonios que le agradecen su mediación en causas más trascendentes; como seres queridos desaparecidos, la esperanza perdida por la enfermedad propia o del prójimo, el sentido de la vida o el valor para empezar de nuevo. 

Honrando la memoria de San Antonio de Padua celebrada por la iglesia cada 13 de junio, compartimos tres conmovedores testimonios de personas que han experimentado su intercesión en momentos que, desde un punto de vista humano, parecía todo perdido... 

El reencuentro con mi hijo. De la desesperanza a un final feliz

vladislav anchuk.

San Antonio de Padua es una figura muy importante en mi vida, aunque no recuerdo cuándo empecé a interesarme precisamente por este santo. A mi hijo también le gustó tanto su ejemplo de vida que eligió a san Antonio como patrón en el sacramento de la confirmación. Nunca imaginé que buscaría ayuda en este santo, pero así fue.

Al crecer, mi hijo se descarrió, se metió en líos y, un día, ¡simplemente desapareció! Tenía mucho miedo de que estuviera tirado en algún sitio borracho y en peligro, o de que le hubieran dado una paliza en una pelea y estuviera medio muerto esperando mi ayuda. Por aquel entonces tenía un bebé muy pequeño que había nacido con malformaciones y tenía que cuidar de él. Me acababa de divorciar y a mi marido no le importaban los niños, porque se había tomado un descanso de la familia.

Por las noches no dormía y o bien rezaba, o bien daba vueltas por los parques buscando a mi hijo para que no se congelara, o bien lo buscaba a orillas del río, pero nunca admití la idea de que estuviera muerto, solo la de que necesitaba ayuda.

Mantenía diversas conversaciones con San Antonio, unas veces con dulzura y otras con furia, por no haber velado por su protegido. Era consciente de que estaba al borde de la locura.

Pasaban los años, mi hijo no daba señales de vida y yo estaba postrada junto al pequeño que luchaba por sobrevivir. Desesperada, se me ocurrió escribir a Padua, y así lo hice. Concretamente, le pedí a una amiga que dominaba bien el italiano que tradujera mi carta, y yo la envié sin saber muy bien cuál sería el resultado.

No esperaba respuesta, y sin embargo mi asombro no tuvo límites cuando el custodio del santuario se puso en contacto conmigo y me prometió que rezaría por mí. El tiempo pasaba, nuestra correspondencia seguía el ya habitual camino de las conversaciones, ¡y ni rastro de mi hijo! En busca de alguna imagen milagrosa, llegué incluso a recorrer Polonia; fui hasta Poznań con el único propósito de recibir del Santo la gracia de encontrar a mi hijo.

Mi pequeño estaba enfermo, agotado y hambriento (seguía una dieta especial difícil de conseguir) y volví de Poznań decepcionada. Ya era el tercer año de búsqueda de mi primogénito. Sabía que San Antonio no dejaría que se perdiera, pero la ausencia de un hijo —aunque ya fuera mayor de edad— causa estragos en la mente de una madre.

De hecho, mi hijo se había esfumado como una piedra en el agua. A pesar de ello, en mi interior seguía brillando una luz: San Antonio. ¡Y por fin ocurrió un milagro! La policía deportó a mi hijo desde los Países Bajos, donde lo habían atiborrado de drogas para que sirviera pasivamente a la mafia.

No reconocí a mi propio hijo: estaba sucio, gritaba por las noches: «¿Dónde estoy?», «Huyamos», etcétera. Resultó que, junto con un amigo, habían pedido préstamos para huir del país. La aventura fue divertida, pero breve, porque tenían que ganarse la vida; sin embargo, no conozco los detalles, ya que mi chico nunca quiso contármelo.

Le di las gracias a San Antonio porque mi hijo seguía vivo, pero eso no fue el final de los problemas. Mi hijo era alcohólico, un alborotador y una persona que me causaba cada día tanto dolor que creo que otros no han sufrido tanto en toda su vida. Tuve que ser dura con él, porque luchaba por la salud de su hermano pequeño y por él, en cierto modo en su nombre.

Lo eché de casa. Se las arreglaba de maravilla en la calle, y así estuvo varios años, mientras yo bajaba por las noches al sótano para arropar el cuerpo ebrio de mi hijo o dejarle algo de comer. Estaba harta de aquello, pero no cedí hasta que ocurrió un segundo milagro, aunque solo entonces, cuando me enfadé con San Antonio y le dije que nunca más recurriría a él, porque llevaba demasiado tiempo suplicándole que salvara a mi hijo.

Por razones que desconozco, mi hijo ingresó en un centro de desintoxicación y, después, aquel que se había declarado holgazán y gamberro buscó trabajo, encontró una chica que lo llevó al sacramento de la confesión y a un cambio de vida, y ahora esperamos el sacramento del matrimonio, que ambos recibirán muy pronto.

Así pues, le debo a San Antonio haber encontrado a este hijo de Dios, aunque a veces con los dientes rotos, la nariz rota, un cuchillo clavado en el vientre y arrastrándose por el suelo, pero siempre, al fin y al cabo, encontrado con vida. Confiamos muy poco en San Antonio cuando le pedimos ayuda.

«San Antonio ayuda a las personas con las alas cortadas». Testimonio de Anna

othmane-ferrah.

Pienso que San Antonio es increíble, no hace falta invocar su intercesión durante meses. Él gana a todos para Cristo, porque no solo ese preso del que hablo resultó ser un ángel con las alas cortadas.

San Antonio..., no sé qué escribir, pero para dar ánimos a los corazones de los padres desesperados, voy a contar una historia que me ocurrió a mí. A pesar del paso de los años, existe un fuerte vínculo entre los personajes que aparecen en ella, que solo San Antonio puede explicar...

Me fui a la playa, Kołobrzeg, con mi hijo enfermo, pero como soy madre soltera, tuve que llevarme también a mis otros tres «pequeñajos». El viaje en tren transcurrió sin problemas, pude cambiar los pañales tranquilamente e incluso vigilar a los niños mientras dormían. Hasta cierto punto. El revisor que vino a comprobar los billetes me miró de forma extraña y, al momento, me quedé dormida, literalmente un instante, y cuando volví en mí, ya no estaba ni el bolso ni los documentos. Fue un shock tremendo. Salí corriendo al pasillo en calcetines, pero no había ni rastro de los ladrones. ¡Eso significaba dos semanas sin dinero ni documentos! Envuelta por el aire frío de la noche, recobré la cordura y volví al compartimento. Los niños se despertaron y empezaron a llorar; por fin, mi hija de cuatro años recordó que tenía 50 zlotys escondidos en los lápices de colores que nos habíamos llevado para que no se aburriera. Se armó un revuelo en los compartimentos y en el pasillo, pero nadie sacó ni siquiera 20 zlotys para ayudarnos, y mejor no mencionar los consejos que nos dieron los pasajeros.

Al final, sin embargo, apareció el revisor y me trajo el bolso, que un momento antes habían vaciado en el baño. Por desgracia, me di cuenta de todo esto un poco tarde. Le di gracias a Dios por los documentos que los ladrones no habían tirado. Siempre hacen lo mismo: tiran por la ventana el bolso ya vaciado, y yo tenía allí los justificantes de la rehabilitación de mi hija. Por supuesto, recurrí a San Antonio y, de alguna manera, esos 50 zlotys me bastaron para toda la estancia.

Supongo que no es nada extraordinario, y sin embargo... Unos años más tarde, mi hija se unió a una comunidad samaritana cuya misión era ayudar a los demás, y el abanico de ayuda era enorme. Lo peor es que mi hija se empeñó en ir al otro extremo de Polonia para llevar pasteles a los presos por Navidad. Preparamos un paquete enorme y decidí que no iría sola, sino conmigo y con mi hermana. El viaje se hizo largo, pero al fin y al cabo tenía que terminar en algún momento, y llegamos a nuestro destino.

Llamaron a los presos seleccionados a la sala de visitas y casi me desmayo al ver al «vigilante» del tren a Kołobrzeg. No dejé que se me notara nada, intercambiamos direcciones y empezamos a escribirnos. Por supuesto, de vez en cuando había visitas en la cárcel y, en una de ellas, me enteré de cómo actuaba la banda de ladrones, naturalmente en connivencia con el revisor. Nuestro protegido también empezó a hablar mucho de sí mismo: madre soltera, seis hijos varones, unos hermanos que no toleraban de forma cruel al hermano menor y una madre que, sencillamente, había perdido el control sobre sus hijos. La banda de ladrones resultó ser su salvación, ya que en ella nuestro amigo no solo encontró aceptación, sino también unos ingresos excelentes que le permitían llevar una vida de lujo.

Nos escribíamos muy a menudo; bueno, en realidad era yo quien escribía, porque los niños eran demasiado pequeños. Le enviaba diversos libros y revistas, entre ellos «Amaos los unos a los otros». Los presos se devoraban literalmente esos libros. Al poco tiempo me enteré de que no solo la celda, sino todo el pasillo tenía algo que leer. Les sugerí que le pidieran a San Antonio que les encontrara algo adecuado en la vida. ¡Y así fue! Poco después, una mujer que había leído su dirección en el periódico empezó a mantener correspondencia con nuestro amigo, consiguió rápidamente, por medios que solo ella conoce, que su amado saliera de la celda y... ¡se casó con él! Por supuesto, se mudaron a otra localidad para que nadie husmease en su pasado; tienen dos hijos encantadores, y yo pude comprobar cómo San Antonio recoge las perlas perdidas en la vida. Los hermanos del novio le envidiaban mucho por tener una esposa con estudios (dos carreras) y, desde entonces, los lazos familiares funcionan a la perfección. ¿Y su madre? Ella también comprendió que un hijo no es un objeto y que tampoco se le puede lanzar a la piscina sin más.

¿Y yo qué? Me han ascendido a madre adoptiva: hay llamadas, cartas preciosas, regalos artísticos hechos a mano por nuestro amigo, un diario de los cumpleaños de los niños y de todos los acontecimientos familiares. Siento como si estuviera con él. El talento que dormía en este joven ha sido descubierto por San Antonio, porque dibuja preciosamente con lápices de colores sobre lienzo. Y pienso que San Antonio es increíble, no hace falta invocar su intercesión durante meses. Él gana a todos para Cristo, porque no solo este preso del que hablo resultó ser un ángel con las alas cortadas. El resto, inspirados por su ejemplo, decidieron pasar a la acción.

Encontrar el trabajo soñado. El testimonio de Silvia

camino de San Antonio

Trabajaba muy lejos de casa. En mi trayecto diario al trabajo, pasaba por pueblos, cruces e iglesias, así como por una capilla restaurada situada en un cruce peligroso.

Una tarde de verano, al volver del trabajo y mientras esperaba a que pasara un coche, me detuve junto a ella. Miré a la estatua que había en la capilla y él me devolvió la mirada. «San Antonio, he oído hablar un poco de ti», pensé. Le pedí en silencio que ayudara a una amiga que se encontraba en apuros y seguí mi camino.

Desde entonces, cada vez que pasaba por la capilla, le pedía a San Antonio que mi jornada laboral fuera tranquila, que tuviera fuerzas... Un día le pedí que me diera un buen trabajo más cerca de mi casa.

Por aquella época, estaba limpiando la casa tras una reforma. Mi madre había colocado en el alféizar de la ventana unas estatuillas de santos que le había regalado mi abuela. Entre ellas vi una figurita de un hombre; se le había caído la pintura y le faltaba una mano, pero el rostro aún conservaba el rubor, y en el hombro llevaba al Niño Jesús. «¡Pero si es San Antonio, el mismo de la capilla!», pensé, y me invadió una alegría como la de un niño pequeño.

No tengo talento para las artes plásticas, pero decidí restaurar la estatuilla. Como no podía permitirme una restauración profesional, tras rezar mucho por ello, compré pintura. La estatuilla quedó preciosa. Creo que San Antonio podría haber sido zurdo, porque me resultaba más fácil pintar con la mano izquierda. ¡Mientras tanto, mis oraciones por un trabajo han sido escuchadas! Ahora trabajo más cerca de casa, gano más dinero y el ambiente es bueno.

También le pedí a San Antonio que intercediera por mí para encontrar marido. ¡Espero con fe!

Añadiré que, cuando le pedí que me ayudara a encontrar trabajo, eché una ofrenda en la hucha de la iglesia para que San Antonio la «convirtiera», si fuera necesario, en rebanadas de pan.

 

Fuente: Deon.pl