por Portaluz
6 Marzo de 2026Hay historias que no se dejan liquidar. Historias que no se dejan embalsamar en la retórica. Historias que te miran fijamente.
La de Marco Gallo es una de ellas. Un chico de diecisiete años quien, la noche antes de morir, escribe en la pared de su habitación una pregunta que atraviesa dos mil años de historia: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?».

Pero ¿qué significa, a los diecisiete años, negarse a buscar entre los muertos -en los hábitos, en las frases hechas, en las ideologías- y exigir lo Vivo? No es devoción. Es rebelión.
Marco no hizo gestos sensacionales. No lideró revoluciones. Fue al colegio. Estudió. Vivió su adolescencia como millones de otros chicos. Pero mientras muchos buscaban distracciones para no sentir el vacío, él buscaba el sentido. En concreto. Organizaba ayuda para estudiantes con dificultades. Llevaba amigos a personas mayores discapacitadas. Los involucraba. Los provocaba. No los dejaba cómodos. ¿Entienden la violencia de este gesto? En un mundo que enseña a competir, él enseñaba a servir. Frecuentaba la Escuela de Comunidad. Iba a misa. Se confesaba. Meditaba el Evangelio. No por costumbre. Por hambre. Hambre de verdad. Y la verdad, cuando te la tomas en serio, cambia tu forma de estar en el mundo.

Entonces, una mañana del 5 de noviembre de 2011, un accidente de tráfico lo interrumpió todo. Asfalto. Silencio. Fin de la crónica. Comienzo de la vergüenza. Porque la muerte de un joven siempre es un escándalo. Pero se vuelve aún más escandalosa cuando ese joven se atrevió a cuestionar la vida. Y entonces sí, la Iglesia abre la causa. Lo llama Siervo de Dios. Y algunos sonreirán. Dirán: otro santito. Otra historia edificante. Pero deténganse. No es santo porque murió joven.
La pregunta es otra: ¿cómo vivió esos diecisiete años? Los vivió como si la vida fuera seria. Como si Cristo fuera real. Como si el Evangelio no fuera una opinión entre otras, sino una cuestión decisiva. Esto es intolerable para nuestra época. Porque si un joven demuestra que se puede vivir así, la excusa deja de ser válida. Cae la excusa del «no se puede», del «son jóvenes», del «más adelante». No. Él ha elegido ahora. Su muerte es una tragedia. Pero su vida es una provocación. ¿Qué hacemos con una pregunta así? ¿La enmarcamos? ¿La convertimos en eslogan? ¿La vaciamos hasta que ya no moleste? ¿O tenemos el valor de tomarla en serio?
