Obsesionada con ser una mujer que todo lo puede se quebró: "Le pedí a Dios que no me dejara despertar"

Una conversación sin filtros con Majo Gimeno en este episodio de Rebeldes Podcast sobre la esclavitud de las caretas, las crisis de pareja y el milagro de "Mamás en Acción"

por Portaluz

29 Mayo de 2026

Majo creció protegida, bajo el ala de sus abuelos y las inolvidables directrices de Sor Vicenta, esa monja que la sacaba de los recreos si llevaba el uniforme puesto. Sin embargo, al salir al mundo —primero en Inglaterra y luego Estados Unidos— las raíces se tambalearon.

"En Estados Unidos, vivir con tus padres a mi edad era visto como un fracaso. Te confrontas, te mezclas con ellos y quieres hacer lo que ellos hacen: la fiesta, el sexo desordenado, estar a la altura de lo que el mundo pide... Te metes en todo sin tener conciencia de que lo haces buscando que te quieran".

Esa búsqueda desesperada de afecto mutó con los años en la exigencia del éxito y las caretas del "postureo" social. "Es agotador", confiesa Majo. "La sociedad ha construido un modelo de mujer que te obliga a renunciar a lo que de manera natural te sale por ser mujer y madre. Nos venden la idea de la emprendedora perfecta en Instagram, pero ¿qué pide tu corazón realmente?"

Tocar fondo en el confinamiento: «Si existes, llévame hoy»

El verdadero desierto, sin embargo, llegó con el encierro de la pandemia. Una situación de crisis personal e injusticias que Majo no lograba procesar humanamente. El pánico se apoderó de la casa. Los vómitos diarios, la falta de sueño y el llanto constante empezaron a pasar factura a sus hijos. Una noche, su hija mayor le preguntó: «Mamá, ¿por qué todo el rato lloras?». Fue el detonante.

"Ese día me arrodillé a los pies de mi cama. Esperé a que todos se durmieran y le dije a Dios: «Si tú existes de verdad, llévame hoy. Que no me despierte mañana, por favor, porque no puedo con mi vida». No tenía el valor de ser Judas y quitarme la vida yo misma, pero estaba destruida".

Majo se durmió profundamente tras semanas de insomnio. Al despertar al día siguiente, el sufrimiento no había desaparecido mágicamente, pero algo había cambiado para siempre en su interior: había experimentado el descanso de la rendición.

"El descanso más grande que yo he experimentado fue sentirme amada como yo era genuinamente, con mi debilidad, mi falsedad y mi careta. Descubrir que no tengo que ser perfecta ni hacer todo bien para que Él me ame. Si esta noche hago lo peor, Él me está esperando para cargarme a hombros y rescatarme. Cuando experimentas eso, ¿qué puede darte el mundo que te quite la paz?"

Una lección de vida que demuestra cuán necesario es que la ola rompa con fuerza nuestra estructura de cristal para obligarnos a construir de nuevo, esta vez sobre la roca.