Crecí en una zona rural donde casi todo el mundo era inmigrante de primera o segunda generación. La mayoría de nosotros vivíamos justo por encima del umbral de la pobreza, con dificultades económicas y luchando por hablar inglés correctamente. También nos costaba acceder a la educación superior, tanto porque muchos de mis compañeros tuvieron que dejar los estudios después de octavo curso para ayudar a mantener a la familia, como porque la idea de la educación universitaria aún no formaba parte de la mentalidad de la mayoría de las familias.
En nuestra comunidad había una familia para la que esto no era así. Gozaban de una buena situación económica y varios de sus miembros habían cursado estudios superiores y ahora eran profesionales en diferentes campos. Eran una familia privilegiada.
Pero lo llevaban con naturalidad. No había esnobismo, alardes ni complejo de superioridad. Al contrario. Utilizaban sus dones para intentar ayudar a la comunidad. Uno de sus hijos se hizo profesor y enseñaba en una de las escuelas locales, y durante varios años la familia montó una pista de curling cada invierno para la comunidad. Eran admirados y respetados.
Un día, uno de sus hijos estaba sentado con un grupo de jóvenes que compartían una cerveza, contaban historias y disfrutaban de una broma sana, cuando el hijo de esta familia tan respetada hizo un comentario descaradamente racista. Se produjo un silencio incómodo. Entonces, uno de los hombres, con voz amable, le dijo: «¿Sabes? Me sorprende que digas algo así. Tu familia tiene mucha clase. Todos te admiramos. Esto no parece propio de ti».
La reacción del hombre fue inmediata y contrita: «Tienes razón. Lo siento. No sé por qué digo cosas así. Ha sido una tontería».
Me imagino que la reacción habría sido muy diferente si se le hubiera enfrentado con palabras duras como: «¡Eres racista! ¡Cómo puedes decir algo así!».
Cuando nos enfrentamos con palabras duras, el efecto suele ser que nos ponemos más a la defensiva y nos quedamos anclados en nuestra postura. Nos están regañando, reprendiendo, avergonzando, y eso puede servir tanto para atrincherarnos como para persuadirnos. También sirve para endurecer la distancia entre nosotros, en lugar de invitarnos a lo mejor y más elevado que hay en nosotros mismos.
Necesitamos invitarnos y desafiarnos mutuamente a lo mejor y más elevado que hay en nuestro interior.
¿Y qué es lo mejor y más elevado que hay en nuestro interior?
Algunos de nuestros primeros escritores cristianos (los Padres de la Iglesia) sugirieron que cada uno de nosotros tiene una doble personalidad y un doble corazón. Según ellos, en cada uno de nosotros hay un corazón grande, generoso, noble y altruista. Pero, en el interior de cada uno de nosotros, también hay un corazón herido, mezquino y egoísta; y, en cualquier momento dado, podemos actuar desde uno u otro corazón. Podemos ser generosos y podemos ser mezquinos, y esto puede cambiar de una hora a otra dependiendo de lo que nos depare la vida.
He aquí un ejemplo: imagina que una mañana te despiertas sintiéndote altruista y con un corazón noble. En ese momento, tienes la mente y el corazón de Jesús. Con ese estado de ánimo tan elevado, vas al trabajo y allí alguien se muestra frío y sarcástico contigo. En un instante, todo puede cambiar; ya no tienes la mente y el corazón de Jesús, ni la mente y el corazón de la mejor versión de ti mismo. El corazón herido y mezquino que hay en ti se impone al corazón grande, la calidez y la comprensión te abandonan, y ahora te sientes frío y amargado.
Ahora imagina esto al revés: te despiertas una mañana sintiéndote paranoico, incomprendido y alimentando viejas heridas. En ese momento no tienes la mente y el corazón de Jesús, ni estás en sintonía con lo mejor y más elevado de tu propia mente y corazón. Vas a trabajar en ese estado desfavorable y allí, inesperadamente, una compañera te saluda con calidez y te dice lo mucho que aprecia tu trabajo y tu amistad. En un minuto, la mente noble que hay en ti se impone a la mente mezquina y todo lo mejor y generoso que hay en ti sale a la superficie y quieres ser una persona mejor. Pasas de la amargura a la amabilidad en un minuto.
Hoy en día vivimos en un mundo polarizado en el que tantos temas nos dividen amargamente y nos invitan no a lo que hay de noble y mejor en nosotros, sino más bien a lo que está herido, es paranoico y defensivo. Necesitamos un nuevo tono en nuestro discurso, uno de invitación y respeto, que reconozca lo que hay de noble y generoso en el otro y que luego le desafíe a hacerse cargo de lo mejor que hay en él o ella.
En lugar de insultarnos y atacarnos con eslóganes, deberíamos decirnos unos a otros: «¿Sabes? Me sorprende que digas algo así. ¡Tienes tanta clase! Todos te admiramos. Esto no parece propio de ti». Ese tipo de gesto puede ayudar a derretir parte de la frialdad que, por todo tipo de razones, acecha constantemente al corazón humano.
