Decía Unamuno que en la lista de los pecados capitales falta el resentimiento, que en cierto modo los compendia todos y los torna más dañinos. Y, en efecto, la envidia, la soberbia, la ira, la codicia, la lujuria del resentido son las peores; porque la vileza moral que anida en el seno de todos esos pecados se vuelve radioactiva por obra del resentimiento. Max Scheler dedicó páginas magistrales a alumbrar esta patología del espíritu, tal vez la más corrosiva de cuantas puede llegar a albergar el alma humana. Para Scheler, el resentimiento es una suerte de 'autointoxicación' psíquica que surge de la conjunción entre una pasión oscura que nos oprime -como la envidia, los celos o el afán de venganza- y un estado de total impotencia para ejecutarla. El resentido 'siente' que ha sido agraviado; 'siente' que sus méritos no han sido apreciados; 'siente' que ha sido privado de bienes o de recompensas (un patrimonio copioso, una mujer hermosa, una salud boyante) que disfrutan otras muchas personas menos merecidamente que él. Y esa conciencia de agravio e injusticia, al no poder ser reparada ni resarcida, en lugar de 'desahogarse' se vuelve hacia dentro, retrocede hacia el interior del individuo y se atrinchera y enquista en los entresijos más recónditos del alma, desde los que derrama su lava sigilosa.
El resentimiento es una regurgitación ácida de esa pasión oscura que se nos pudre dentro, obligándonos a una rumiadura constante; el resentimiento es como el reflujo de una mala digestión que nos atrapa en su bucle interminable. El resentido, un día tras otro, 're-siente' el dolor de ese agravio real o imaginario que despertó su rabia sorda; sólo que llega un momento en que ni siquiera recuerda la causa de ese dolor, ya no sabe si fue no lograr la mujer amada o no poderse pagar unas vacaciones de lujo, padecer cáncer o padecer insomnio, hincharse a hacer deporte sin lograr adelgazar o ser hincha de un equipo que nunca gana la Liga. Llega un momento en que el resentido se pierde en su laberinto de dolor 're-sentido'; y extraviado no hace sino darse cabezazos contra las paredes del laberinto, hasta destruir su propia salud mental. Así, el resentido -que ha podido llegar a olvidar la causa originaria de su dolor- percibe la felicidad del prójimo, la prosperidad del prójimo, la belleza o inteligencia del prójimo -o incluso su simple 'mediano pasar'- como una afrenta que alimenta un deseo perpetuo e indiscriminado de venganza.
Marañón señalaba muy atinadamente que el resentimiento, a diferencia del odio o de la envidia (que se proyectan sobre una persona en concreto), es de carácter impersonal. El resentimiento, a la postre, es una protesta ciega del individuo contra sus propias debilidades, contra sus propias desgracias... que se expresa revolviéndose contra las fortunas o fortalezas (reales o imaginarias) que descubre en el prójimo, en todos los prójimos. De ahí que, al no tener un objetivo concreto, el resentimiento tenga más difícil cura que la mera envidia o el mero odio, que siempre eligen a sus víctimas. El resentimiento es odio ecuménico, envidia cósmica e innumerable; y por ello mismo sólo puede regodearse con un mal que no haga distingos ni acepción de personas, sino que se derrame por igual sobre todos los que injurian al resentido con su riqueza, con su alegría, con su belleza, con su inteligencia, con el mero hecho de respirar y existir.
Y esa regurgitación ácida del resentimiento genera en el resentido, antídotos amargos. Para evitar el sufrimiento de admitir que no puede alcanzar las virtudes, bienes o capacidades del prójimo, el resentido altera secretamente su balanza axiológica. De este modo, aquello que envidia o ansía, aquello que 'siente' que le ha sido arrebatado, pasa a convertirse en algo dañino o pecaminoso, algo pernicioso o vitando, algo que debe ser combatido y erradicado. Si no ha podido enamorar a una mujer angelical querrá que todas las mujeres se endemonien. Si no ha podido sacar unas oposiciones, querrá que el acceso a la función pública se rija por criterios menos 'elitistas'. Si no ha podido hacer fortuna, querrá que los afortunados sean expoliados. Si no ha podido ser guapo, inteligente o rico, querrá que el resto de la Humanidad sea pobre, tonta y fea. El resentido siempre halla su consuelo en la devaluación y el rebajamiento del mérito ajeno.
Y entonces llega un demagogo que ofrece al resentido, a cambio de su voto, ese consuelo, canalizando su amargura acumulada con la coartada de una ideología. Así, como nos enseña Unamuno, la democracia acaba siendo la santificación del resentimiento; y esa santificación ya se ha hecho realidad.
Fuente: ABC.es
