El Cristo de Fulton J. Sheen

El Cristo de Fulton J. Sheen

Antonio R. Rubio Plo por Antonio R. Rubio Plo

28 Septiembre de 2026

La beatificación del arzobispo Fulton J. Sheen (1895-1979) es una oportunidad de recordar a uno de los grandes comunicadores católicos del siglo XX, y no solo por el hecho de que su programa televisivo Life is Worth Living (La vida vale la pena) llegara a tener 30 millones de espectadores y ganara en 1952 un premio Emmy. No es cuestión de estadísticas sino de método de comunicación, aunque no precisamente de técnicas muy elaboradas. Aquel programa era muy sencillo en su presentación, pues el arzobispo hablaba durante una media hora y escribía en una pizarra las ideas que pretendía transmitir, y siempre introduciendo algún chiste o anécdota graciosa para captar la atención del público. Sin embargo, Sheen reconocía en su autobiografía, Tesoro en vasija de barro, que para él lo más importante era una práctica que adoptó después de su ordenación en 1919: pasar media hora por la mañana y otro tanto por la tarde ante el Sagrario. Se trataba de acompañar a Jesús, hablarle y dejar que Él le hablara.

Hace poco leí que la Vida de Cristo de Fulton J. Sheen, aparecida en 1958, es un libro comparable a Jesús de Nazareth de Josef Ratzinger. Estoy de acuerdo, pese a las diferencias de método entre ambas obras. Coinciden, sin embargo, en presentar a Jesús como una Persona viva, sin dejarse llevar por la infinidad de aspectos históricos que caracterizan algunas biografías que se han escrito sobre Jesús. De hecho, santa Teresa de Calcuta aseguraba que leía con frecuencia el libro de Sheen.

En la década de 1950, en plena hegemonía del american way of life con su influencia en el mundo y con el espejismo de unas sociedades occidentales externamente cristianas, una biografía de Cristo podría haber presentado a un Mesías triunfador acomodado al sistema político y económico imperante, que no dejaba de ser otro mesianismo. Pero Sheen escogió como portada para su libro a Cristo crucificado, queriendo dar a entender que no vino al mundo para dejar una doctrina moral sino para dar su vida en rescate por muchos (Mt 20, 28). Todavía, en la década de 1970, cuando estaba de moda un Jesucristo Superstar, Sheen hablaba de Jesucristo Superscar, en referencia a las scars, las cicatrices o llagas que sigue llevando tras la Resurrección.

La biografía escrita por Sheen es, ante todo, la presentación de un mensaje de salvación a la que todos están llamados. El verdadero cristianismo sabe diferenciar a las personas de las ideologías. Por eso, Sheen, que no compartía la visión de un cristianismo bienintencionado o filantrópico, detestaba un cristianismo que usara la violencia para imponerse. El arzobispo hablaba, en cambio, de odiar el pecado y amar a los pecadores; de condenar el comunismo y amar a los comunistas, de detestar la herejía y amar a los herejes.

En los años de Sheen como comunicador en los medios, marcados por la persistencia de la guerra fría, el arzobispo denunció dos mentalidades a izquierda y derecha. Esas dos mentalidades, aunque las denominaciones hayan cambiado, siguen estando hoy muy presentes. A la izquierda, el comunismo habla de disciplina, abnegación, esfuerzo, estudio y trabajo duro para alcanzar fines benéficos para la humanidad. Hay cierto parecido con el sacrificio de la Cruz, pero ahí no está la Cruz de Cristo porque el resultado de esa ideología desemboca en sistemas políticos autoritarios, crueles y represivos, pese a la proclamación de ideales altruistas. A este respecto, Sheen aseguraba que la Cruz sin Cristo es un sacrificio sin amor. A la derecha, en una sociedad oficialmente cristiana, se impone un Cristo sin Cruz. El resultado es un Cristo principalmente alabado por sus enseñanzas del Sermón de la montaña, un predicador errante e insípido, alguien que enseña una fraternidad sin esfuerzo, un Cristo sentimental y precursor del humanitarismo, capaz de ser aceptado por aquellos que no creen en su divinidad.

En el capítulo dedicado a las tentaciones de Jesús en el desierto (Mt 4,1-11), Sheen se refiere a tres atajos para eludir la Cruz.

En la primera tentación, el diablo propone a Jesús convertir las piedras en pan para saciar su hambre. Le propone convertirse en un reformador social aclamado por las multitudes y dejar de lado la renovación espiritual. Lo primero es la economía, y lo demás vendrá después. Hay que llenar el vientre antes que el alma. La seguridad tiene preferencia sobre todo lo demás. Sin embargo, Jesús no negará las necesidades materiales humanas, pero no sustituirá la santificación interior de las personas por la abundancia externa.

En la segunda tentación, el diablo sugiere a Jesús que se arroje desde lo alto del templo de Jerusalén para ser sostenido por los ángeles. Un milagro espectacular hará que todos crean en Él. Pero Sheen nos recuerda que la fe no puede contradecir la razón y que una temeridad irrazonable nunca contará con la protección divina. Esto es reducir a Dios a una providencia mecánica e impersonal. Podríamos añadir que el diablo nos propone un Dios deshumanizado, pese a que el hombre ha sido hecho a su imagen y semejanza (Gen 1, 26). Sheen acierta de pleno al asegurar que esos actos extraordinarios no convencerán necesariamente a aquellos que los han pedido.

En la tercera y última tentación, Satanás lleva a Jesús a contemplar todos los reinos de este mundo y le asegura que serán suyos si se postra ante él. No deja de ser la misma tentación que la de proclamar a Jesús como un rey terreno tras la multiplicación de los panes y los peces (Jn 6,15). Es la tentación de convertir a Jesús en un Anticristo, la de alejarlo de su misión redentora por alguien que está mintiendo al asegurar que los reinos de este mundo son suyos. No es difícil recordar esta tentación cuando Jesús afirma de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma (Mt 16,26).

Al final de la Vida de Cristo, Sheen reproduce unos versos del pastor y poeta británico Edward Shillito (1872-1948) en su libro Jesus of the Scars.: "Los otros dioses eran fuertes; pero tú eras débil; / cabalgaban, mas tú tropezaste contra un trono; /pero a nuestras heridas, solo las heridas de Dios pueden hablarles,/y no hay dios alguno que tenga heridas, ninguno más que tú".

Al igual que san Pablo (1 Cor 2, 2), Fulton J. Sheen predica a Jesucristo, pero a un Jesucristo crucificado.