¡Nos veremos en el Paraíso!

¡Nos veremos en el Paraíso!

Rafael Pascual Elías OCD por Rafael Pascual Elías OCD

17 Agosto de 2026

Esta mañana de domingo, al terminar la oración en silencio en el coro del convento veo un mensaje especial de un amigo que me comparte lo que ha tocada su corazón cuando también ha ido al encuentro de Cristo en la oración. Es un padre de familia que ha quedado tocado por las palabras de San Pablo en la segunda lectura de este domingo: "los dones y la llamada de Dios son irrevocables" ¡Cómo lo vive y lo comparte siendo padre de familia! Se nota que vive en Dios y para Dios siendo un esposo y un padre que busca lo mejor para su familia. Es verano, es domingo, es tiempo de oración. Es parte de su vocación. Sin oración la familia no se sostiene, lo sabemos bien, pero no sigo por aquí, sino que voy a lo que sucede por la tarde antes de celebrar la misa. Esto es una vivencia que ayuda a entender mejor lo que vivo esta tarde de domingo.

A lo que vamos, hoy termino la lectura de la biografía de un joven de 23 años, Marcos Pou, que muere en accidente de tráfico el 21 de febrero de 2015, pocos días después de haber ingresado en el seminario de Barcelona tras finalizar la carrera de física. Es algo desconcertante según se conoce el final de su vida, pero si nos adentramos en su historia, y mucho más en su intrahistoria, nos damos cuenta que la muerte de este joven es la muestra patente de que Dios obra a su manera y a su tiempo, y que de los males saca bienes. Todo lo que se cuenta en este libro ayuda a elevar el alma a Dios, ensanchar el corazón y hacer ver la muerte de otra manera. Marcos quería ver a Dios, lo repite mucho, lo expresa con gozo y decisión y lo deja escrito en su diario.

Aquí quiero parar. Marcos escribe un diario. Un diario donde habla con Cristo como si fuera su amigo y es que es así en la realidad, Cristo es ese amigo que poco a poco transforma el corazón de Marcos para hacerlo suyo del todo, regalarle la vocación sacerdotal y pedirle algo más grande aún y totalmente inesperado, la propia vida. No es mártir, sino víctima de un accidente. Marcos lo que escribe por las noches lo vive, no lo dudo, por eso escribe esos maravillosos párrafos abriendo su corazón de par en par: se "confiesa" ante Cristo dando gracias, pidiendo perdón y ayuda y sobre todo confiando todo lo que pasa por su ser de joven que acaba de entrar en la década de los 20 años. Marcos en su diario y en sus mensajes a los amigos, sin saber cómo y cuándo iba a terminar su vida, dice muy claro que Dios siempre queda, siempre está presente, siempre acompaña y guía el camino. No quiero desentrañar esos textos admirables de un joven que dice que sí a Dios en la vocación sacerdotal después de un noviazgo nada común que, visto en su conjunto, está en relación con su opción de dar el paso al seminario.

Marcos es un joven de su tiempo, pero con un corazón único. Un corazón que está puesto en Dios en todos los sentidos. Ama y se deja amar por Dios de una manera singular. Gracias a su diario podemos entrar en su corazón y ver cómo reza. Gran parte de los textos del diario que se transcriben en esta biografía son oraciones vivas de un joven que no busca sino la unión con Dios y algo más, que los demás también se unan a Dios. Marcos lo vive con un sentimiento profundo de paternidad que no es normal a su edad y que muestra al mismo tiempo que Dios le llama a ser sacerdote, a ser mediador entre Dios y los hombres. Es algo sorprendente, iluminador y reconfortante para un sacerdote leer lo que vive un joven por dentro cuando está en toda la efervescencia de la vida universitaria, los viajes, los amigos, la familia y la búsqueda de la felicidad plena pidiendo luz en su vocación. Ayuda y mucho ver cómo escribe a sus amigos sobre diversos temas dando luz a la hora de llevar adelante diversos proyectos y sobre todo para que Dios se haga siempre presente en sus vidas y sea lo más importante. Hasta defender la vida en medio de la marabunta universitaria repartiendo folletos sobre el don de la vida.

Entonces me acuerdo de otros jóvenes, aquellos que conozco por dentro como sacerdote, y veo que los une un punto común, ese deseo de Dios insaciable que no se queda en ellos sino que lo buscan y desean para todos. Cristo es el centro de la existencia de Marcos y de muchos jóvenes que llevan una vida de encuentro con Cristo que da luz en medio de este mundo lleno de jóvenes que no conocen ni quieren conocer a Cristo. Es algo que duele en el corazón, también a los jóvenes que buscan y aman a Dios.

Y... podríamos ir poniendo aquí un resumen de todo lo que vive Marcos por dentro y me hace recordar a esos jóvenes que abren su corazón al mío como sacerdote que les guía en los caminos de la vida espiritual al encuentro con Dios. Todo termina en la eucaristía y en la adoración. Es clave que un joven viva la misa y la adoración eucarística como algo esencial en su vida. Los que así viven son felices, tienen paz y son libres para caminar cada día más cerca de un amor puro y santo que se esconde en el sagrario. Pero no sigo porque lo que pretendo es invitar a leer la vida de Marcos Pou y dar gracias a Dios por el regalo que hemos recibido con él.

No lo he conocido en persona, pero leyendo este libro he podido entrar un poco en su corazón. Sus pensamientos son profundos, sinceros y llenos de Dios. Es algo que no podemos dejar de lado. El final del libro sorprende. Hay un regalo que nadie se espera cuando estás al punto de llegar a las últimas páginas. Antes de narrar su muerte y todo lo que la envuelve antes y después, hay un apartado que bien merece ser publicado aparte en un folleto y ser difundido. Es algo muy personal que vive Marcos y que empieza a escribir pero no termina. No digo más. Los que que lean el libro sabrán bien a qué me refiero. Sólo quiero decir una vez más que merece la pena conocer la vida y los escritos de Marcos. Nos ayudan. Nos iluminan. Nos abren a Dios.

Y no es casualidad que todo esto suceda cuando se cumple el aniversario de la muerte de un chico, un poco más joven que Marcos, en un pantano mientras pasa el día en familia. Marcos no es el único joven que muere inesperadamente. Es muy duro para los padres, familiares y amigos. A mí me ha tocado vivirlo también, y lo que puedo decir es que ese amigo que ayudaba conmigo en misa como monaguillo y muere un Viernes Santo, sigue vivo, de otra manera, pero vive y lo siento cerca. Solo desde la fe se puede sobrellevar la muerte de un joven que empieza a dar los primeros pasos en su vida siendo mayor de edad. Ya sea en Barcelona, en Navarra o en La Rioja, hay lugres concretos donde se recuerda la muerte de un joven, pero la fe demuestra que la vida no termina aquí, en un cruce de calles, en un pantano o en camino rural, sino todo lo contario, es la puerta para una vida nueva que nos hace mirar al cielo y crecer en fe en Dios vivo y resucitado, en esperanza de vida eterna y en amor de aquellos que mueren antes que nosotros.

Todo lo dejo en Dios, pero me doy cuenta que quien ha unido todo esto no es otro que San José pues no sé por qué pero es mucha coincidencia que termine la lectura de "No hay amor más grande. La vida de Marcos Pou" cuando el reloj marca las 19 horas. Son hechos que evidencian que una vez más el santo patriarca, callado y trabajando en su taller, nos muestra que es el patrón de la buena muerte y que nos acerca a lo que dice Marcos en uno de sus mensajes: "¡Como tarde nos veremos en el Paraíso!".