No estamos solos. Cristo está con nosotros

No estamos solos. Cristo está con nosotros

Néstor Mora Núñez por Néstor Mora Núñez

18 Mayo de 2026

Porque, así como él ascendió, pero no se alejó de nosotros, de igual modo nosotros también estamos ya allí con él, aunque todavía no se haya realizado en nuestro cuerpo lo que nos está prometido. (San Agustín. Sermón 263, 1 )

La Ascensión no es un "viaje espacial" que aleja a Jesús de la realidad en la que vivimos. Es mucho más. Es la inauguración de una forma de presencia mucho más íntima, real y profunda. Esta frase es el fundamento de nuestra unión con Dios a través de la doctrina de Cristo, como Cabeza de la Iglesia y del Cuerpo.

San Agustín argumenta que Cristo y la Iglesia constituyen un solo sujeto místico. Si la Cabeza (Cristo) ya ha ascendido y cruzado la meta de la gloria, el resto del Cuerpo (nosotros) está, por derecho de unión, en el mismo lugar. La distancia geométrica queda totalmente anulada por la corriente del Amor Divino y de la Gracia.

La tensión del "Ya pero todavía no" se hace presente. El místico católico vive en una paradoja constante que San Agustín define a la perfección. Espiritualmente, nuestra ciudadanía y nuestro corazón ya están sentados a la derecha del Padre; sin embargo, históricamente, todavía arrastramos la pesadez de una carne propensa a la caída y al dolor. La santidad consiste en aprender a vivir en la tierra con los pulmones adaptados al aire del cielo.

La esperanza se visualiza como un ancla, pero con una particularidad: no se lanza hacia el fondo del mar, sino hacia lo alto, al santuario del cielo donde Cristo ya entró. San Agustín nos recuerda que, aunque el barco (nuestro cuerpo) siga en la tormenta terrenal, la cadena ya está fija en la eternidad.

Para la Nueva Evangelización no debemos olvidar que esta visión es el antídoto contra la orfandad existencial. Orfandad que todos los humanos sienten cuando no tienen dónde agarrarse para seguir dando pasos adelante en el día a día.Llevar este pensamiento agustiniano a la sociedad actual nos ofrece una estrategia pastoral que ayuda a sanar la falta de sentido del hombre contemporáneo.

El hombre de hoy se siente solo, huérfano y a merced de un universo indiferente o de fuerzas ciegas. Tenemos claro que Cristo "No se alejó de nosotros", por lo tanto, evangelizar hoy es anunciar que la Ascensión no es la retirada de un Dios ausente, sino la cercanía de Alguien que ahora puede estar íntimamente en todos lados.

La sociedad actual tiene ansiedad por el futuro. Miedo al envejecimiento, a la muerte y al colapso social. Vivimos atrapados en la inmediatez del cuerpo. La Nueva Evangelización debe recuperar el anuncio del Cielo como signo evidente de un futuro para todos. La muerte no es el final, es la igualación de nuestro cuerpo con lo que nuestra alma ya posee en Cristo.

Las comunidades humanas van desapareciendo y el individualismo se convierte en una falsa panacea. El resultado es que nos sentimos abandonados. El hombre de hoy se siente solo, huérfano y a merced de un universo indiferente o de fuerzas ciegas. Evangelizar hoy es anunciar que la Ascensión no es la retirada de un Dios ausente, sino la cercanía de Alguien que ahora puede estar íntimamente en todos lados.

La ausencia de un sentido trascendente nos lleva a definirnos por apariencias: modas, títulos o posesiones efímeras en el tablero del mundo. Nuestra verdadera identidad está blindada y asegurada en la gloria de Dios. Nada de este mundo puede rebajar el valor de quien ya pertenece al cielo.

En una Iglesia que a veces corre el riesgo de reducirse a una ONG horizontal de ayuda social, San Agustín nos empuja a mirar hacia arriba. La Nueva Evangelización es atractiva cuando ofrece lo que el mundo no tiene: la eternidad.

San Agustín nos invita a vivir con los pies firmes en los desafíos del presente, pero con la cabeza metida en el cielo. La Ascensión no nos dejó huérfanos; al contrario, expandió nuestra humanidad hasta el trono mismo de Dios, recordándonos que el cristianismo no es la búsqueda de un ideal lejano, sino el seguimiento de una Persona que, habiendo subido a lo alto, se quedó más cerca de nosotros que nuestra propia intimidad.