Imagen gentileza de Jimmy Conover.
Imagen gentileza de Jimmy Conover. Unsplash

La vida del viviente

P. Fernando Pascual por P. Fernando Pascual

22 Junio de 2026

Parece algo obvio: todo viviente tiene vida. Sin embargo, resulta oportuno recordarlo, para identificar mejor esa frontera que existe entre lo que no vive y lo que vive.

Aristóteles reflexionó sobre este tema en su famoso tratado Sobre el alma. Todo viviente se caracteriza por algunas actividades que lo hacen radicalmente diferente del no viviente.

Basta con comparar una piedra y una planta para darnos cuenta de las diferencias. La piedra no necesita aire, ni agua, ni cuidados que, en cambio, "exige" la planta si queremos conservarla como es.

Entre los mismos vivientes, hay fronteras que los separan entre sí. Desde tiempo inmemorial se distinguía entre plantas y animales, y los animales manifiestan sorprendentes diferencias según estén dotados de menos o de más facultades.

Entre los seres vivos, el ser humano manifiesta actividades que no dejan de causar sorpresa: la de pensar inteligentemente, y la de decidir en libertad entre diversas opciones.

Es cierto que algunos autores del pasado y del presente han negado que existan diferencias entre el ser humano y los demás animales. Pero esa negación no puede cancelar la inmensa novedad que surge gracias al pensamiento y a la voluntad.

La frontera entre no vida y vida, y las fronteras entre vivientes, llevan consigo una característica de toda vida: la posibilidad de cambios a lo largo del tiempo. Entre esos cambios, el nacimiento y la muerte ocupan un lugar único, que no se da en los no vivientes.

Por eso, todo viviente tiene en sí una contingencia constitutiva: empieza a existir gracias a otros vivientes, y un día dejará de estar presente entre nosotros.

Solo el ser humano, precisamente por tener inteligencia y voluntad, muestra características que permiten afirmar una supervivencia de su alma después de la muerte. Lo cual no nos impide ser mortales, con todo el dolor que surge ante la perspectiva del término de nuestra existencia terrena.

La vida del viviente nos causa hoy, como en tantos momentos de la historia, una sorpresa y una maravilla únicas, que llevan a preguntas que van más allá de lo que afirmen las ciencias empíricas y piden explicaciones a la filosofía: ¿por qué hay seres tan frágiles y tan maravillosos? ¿Qué implica, en el horizonte de la historia universal, la aparición de tantos tipos de vivientes?