Miradas de luz, miradas de humanidad

Miradas de luz, miradas de humanidad

Antonio R. Rubio Plo por Antonio R. Rubio Plo

10 Agosto de 2026

"Esta es la experiencia de la belleza. Nos abre un nuevo horizonte y despierta en nosotros el deseo de ir a su encuentro". Estas palabras pronunciadas por León XIV al concluir un concierto coral en los jardines de Castelgandolfo bien podrían aplicarse al último libro del teólogo y filósofo Bert Daelemans. Se trata de "Escritas en luz. Espiritualidad en blanco y negro" (Foto Ruta Colección). 

Daelemans es un persistente buscador de la espiritualidad y la trascendencia en las artes plásticas, tanto clásicas como modernas, y lo ha hecho en sus libros y en sus encuentros de oración en Madrid que llevan el nombre de Orar con el arte.

Sin embargo, en su nuevo libro abarca otro arte con apenas dos siglos de existencia: la fotografía. Estoy seguro de que un día podría hacer algo similar con algunas obras cinematográficas. Ahora, en el libro dirige su mirada, pues no es exactamente un análisis técnico o histórico, sobre treinta fotografías en blanco y negro de prestigiosos fotógrafos del siglo pasado y del actual. Podríamos decir que es un libro para la contemplación de la belleza, una belleza que nace de lo profundamente humano. Es una belleza que en no pocas ocasiones va unida a la bondad y a la expresión del amor, y en la que tampoco suele faltar la mirada compasiva del fotógrafoEscritas en luz es una amable invitación a detenernos en medio de los ajetreos diarios para contemplar no tanto los paisajes sino a los seres humanos. Nuestra mirada sobre las fotografías, mejor dicho, sobre las personas que habitan en ellas, puede arrojar una luz interior sobre estos juegos de luces y sombras que son las imágenes en blanco y negro.

Se equivocaría quien pensara que este es un libro que invita a una estética ociosa. Todo lo contrario. Es una invitación a salir al encuentro de las personas y de las situaciones. Es una ocasión de alzar la mirada, tal y como nos ha recordado León XIV. Sin embargo, la mirada no es suficiente sino se traduce en el asombro. Y recordemos que el asombro y la belleza son inseparables. La mirada nos puede abrir un mundo, tal y como señala Daelemans, aunque no seamos capaces de encontrar ni el hilo ni las palabras capaces de definir lo que estamos viendo. El que las fotos sean en blanco y negro representa para el autor la vida cotidiana. Son una invitación a descubrir la grandeza de la vida corriente, aunque solo podremos hacerlo si asumimos que estamos llamados a vivir abiertos a los demás.

No es cuestión de describir con mayor o menor minuciosidad las fotografías presentadas en el libro. Cada mirada es personal y unos ojos limpios son más capaces de descubrir la belleza que cualquier otro. Por eso, el arte de la mirada ya está recogido en la mirada de Jesús en el evangelio. No es casual que a Daelemans se le escapen de vez en cuando las alusiones a pasajes evangélicos. De la abundancia del corazón también escribe la pluma. Con todo, no son tan necesarias las citas cuando caemos en la cuenta de que las situaciones humanas tienen algo divino que estamos invitados a descubrir.

Cada uno de los tres capítulos del libro abarca diez fotografías. Bastará con un ejemplo de cada uno.

Al primer capítulo titulado Miradas corresponde la imagen de Elliot Erwitt que presenta a una joven madre contemplando a su hija recién nacida sobre una cama (1953). Ambas se miran a los ojos. A su vez son observadas por un gato negro recostado en el mismo lecho. Daelemans nos comenta que una mirada de amor es capaz de crearlo todo. Una mirada y una sonrisa crean un espacio único y habitado, un espacio donde habita y se transmite la paz. Nuestro autor asegura que la madre rejuvenece al ser mirada por su bebé. Estoy plenamente de acuerdo, entre otras cosas, porque un veterano profesor me dijo un día que él rejuvenecía cada año al encontrarse con nuevos alumnos.

El capítulo segundo es Moradas. En él destaca la foto de una joven peregrina que enciende una vela en la basílica del Santo Sepulcro (2000) y que fue tomada por Larry Towell. La joven la sostiene delicadamente y parece ajena a todo lo que hay a su alrededor. No es menos llamativo que un halo de luz se filtre a través de una bóveda e ilumine el rostro de la muchacha. Al mismo tiempo ella sujeta delicadamente la vela pues es consciente de la fragilidad de la luz y de la propia velaDaelemans intuye que nuestra protagonista es plenamente consciente de estar en un espacio sagrado y que esa vela encendida expresa una apertura al misterio. Estamos en una iglesia en la que se venera un sepulcro vacío. Esta paradoja es, sin embargo, esclarecida por una luz capaz de construir una morada interior. Es la morada en la que habita el misterio.

Finalmente, el título del tercer capítulo es de plena actualidad: Muros. Un apartado se dedica al fotógrafo Kai Wiedenhöffer que plasmó el Muro de Cisjordania en 2003. En esa fecha, el muro de hormigón no estaba del todo concluido y tres mujeres palestinas lo cruzan por una amplia aberturaDaelemans hace una atinada reflexión sobre los muros de la cerrazón, el odio y el resentimiento. Los percibe en la fotografía, aunque al mismo tiempo nos sugiere como antídotos la empatía, la paciencia y la humildad. Se diría que el paso de las tres mujeres por el muro abierto es una expresión de la libertad y la dignidad del ser humano. Con todo, tal y como asegura el autor del libro, conviene no olvidar que los peores muros son los invisibles, los levantados por nosotros mismos. Nunca faltarán las excusas de que los muros se levantan para protegernos, pero, en realidad, no queremos ver al otro porque nos da miedo. Esto me recuerda al miedo instintivo de Robinson Crusoe al descubrir la huella de un pie humano en su isla desierta. Pero lo cierto es que en la foto las tres mujeres pasan el muro. Con paso decidido, lo atraviesan y lo vencen.