Imagen solo referencial. Gentileza de Oliver Ragfelt - Unsplash

El criminal reconciliado con Dios. “Satanás me mordió cuando tenía 13 años”

17 de noviembre de 2023

Ha estado en prisión varios años. La perspectiva de su vida futura era muy oscura… hasta que se encontró con un compañero de celda escuchando Radio María.

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Nació Sebastián en una familia católica, algo tradicional, formada por la mamá, el papá, su hermano y él. Cuenta que había mucho amor en casa, nada de vicios, ni conflictos graves. Sus padres eran afectuosos y preocupados de formarles en la fe. Nada presagiaba la tragedia que vendría después.

 

En la escuela primaria, participaba activamente en el consejo estudiantil, los deportes e incluso recibió varios premios y elogios. Era el tiempo en que destacaba como un estudiante ejemplar y querido por muchos.

 

La mordida de Satanás

 

 

Pero entonces un hecho inesperado derrumbó sus fortalezas. "Satanás me mordió y me infectó con su veneno al final del sexto grado de la escuela primaria, cuando tenía 13 años, cuando las hormonas comenzaban a correr furiosamente, algo extraño comenzó a sucederme. Era una época de fascinación por Occidente y el vídeo".

 

La mordida del enemigo inició cuando un compañero de clase lo invitó a ver, en secreto, una película pornográfica para adultos. En su mente se desencadenó un vendaval de sensaciones que fueron controlando su ser morbosamente. "Fue el comienzo de lo malo, y solo empeoró a partir de ahí. Y aunque a veces hubo buenos momentos, todo era trágico..."

 

Al llegar la vida adulta se volcó al consumo de alcohol, los cigarrillos, las drogas y la vida nocturna... Pero como para todo esto necesitas dinero, comenzó a realizar sus primeros robos. Y de madrugada, su madre siempre estaba en pie esperándolo, con su cara llorosa…

 

Ciego, sumergido en la maldad

 

 

Pero esto no hacía mella en la conciencia de Sebastián a quien solo le importaba tener dinero para sus vicios y ser "alguien" en la calle. Claro que pronto esta siembra de maldad trajo consecuencias y terminó en la cárcel con apenas 18 años.

 

Ciego, poco le importó y en prisión hizo nuevas amistades para seguir delinquiendo, iniciando un ciclo de entradas y salidas a la cárcel. "Decidí dedicarme por completo a la delincuencia y convertirla en una fuente constante de ingresos. Con un colega formamos un pequeño grupo y juntos iniciamos un negocio más grande de robos, asaltos, extorsiones, etcétera. Y entonces sucedió lo peor: un asesinato... No fue intencional, pero sucedió..."

 

Tampoco este brutal hecho lo frenó, sino que se hundió aún más en la maldad, casi como un adicto a la sensación de poder que sentía sobre sus víctimas. "Me impresionó la brutalidad, el hecho de que la gente me tuviera miedo... Lo único que me importaba eran los cómplices y el código de honor de los criminales. No me importaba si otros perdían. Pasé por la vida, sembrando destrucción, llanto, horror y anarquía".

 

La condena inevitable

 

 

El 2007 Sebastián fue detenido por la policía y aunque supuso que pasaría un tránsito corto en prisión, fueron saliendo a la luz todos sus delitos, sumando una causa tras otra. Pasaban los meses y los años. Un día le cambiaron de celda y su nuevo compañero gustaba de orar y escuchar Radio María. A Sebastián no le incomodaba, pero tampoco le era indiferente.

 

Como cada semana venía un sacerdote a la prisión su amigo de celda lo invitó a que le acompañara donde el cura y Sebastián aceptó. Pasaron así varias semanas en las que acompañaba al amigo y rezaban juntos con el sacerdote; pero el vínculo se cortó cuando a Sebastián lo volvieron a cambiar de celda y durante meses no supo más del sacerdote ni volvió a rezar. Pero de nuevo lo situaron en una celda con ese amigo católico y regresaron juntos donde el capellán de la cárcel. "El sacerdote mencionó la confesión, luego el colega en la celda hizo lo mismo y pensé: «¿Por qué no?, es solo una confesión, ¿Qué me puede pasar? He estado en tantos lugares y he visto tantas cosas diferentes que la confesión no es un problema ni un desafío para mí. Iré, diré algo y eso es todo». No conocía el poder de este sacramento".

 

Liberado para Dios en el sacramento de la Reconciliación

 

 

Antes de confesarse el sacerdote le entregó una guía impresa para realizar un examen de conciencia y donde enseñaban algo de lo que implicaba este sacramento. Sebastián le agradeció diciendo que se prepararía a fondo pues llevaba muchos años sin confesarse y quedaron en reunirse dos semanas después. "Y llegó el día 24 de agosto de 2009. Fui a confesarme. Lo que viví es indescriptible: lágrimas, sollozos, sollozos, sollozos, dolor desgarrando mi cuerpo... El Espíritu Santo echó fuera todas las cosas malas que había en mí. Nunca había llorado así, nunca había experimentado algo así, ¡una fuerza tan tremenda! No entendía lo que me estaba pasando. Estaba llorando, no podía recuperar el aliento, y el Espíritu Santo estaba poniendo las cosas en orden, hasta que no quedaba nada... Él sacudió todo el mal de mí, todas las perversiones, y me devolvió a la vida".

 

Sebastián fue totalmente liberado, sanado y comenzó una vida nueva, aferrado a la vida de oración y sacramental. "Desde el primer día, Dios me mostró Su poder. Muchos de mis vicios desaparecieron de inmediato, otros después de algún tiempo. Dios estuvo conmigo en cada paso del camino y cuidó de mí. Cuando miro mi vieja vida, no entiendo cómo pude vivir tantos años sin Dios... Y ahora Él lo es todo para mí. Mientras estoy bajo custodia, tengo la oportunidad de ayunar y orar. Me he consagrado totalmente a Dios y le pertenezco".

 

La fe que mueve montañas

 

Desde la confesión, Sebastián -que da este testimonio de forma anónima por respeto a sus padres- sigue cumpliendo condena en la cárcel.  Pero todo ha cambiado e incluso es devoto de la Santísima Virgen, portando el escapulario carmelita, rezando a diario el breviario, el Rosario y la Coronilla de la Divina Misericordia. Cuando ora dice tener "conciencia" de estar acompañado por los santos.

 

"Algunos reclusos a veces se ríen de mí, pero no me desanimo y rezo, también animo a otros a orar. Incluso llegamos al punto en que nos paramos en un círculo con algunos amigos y oramos. Al principio, los otros presos se reían de nosotros, pero ahora poco a poco se están acostumbrando a nosotros. Si alguien me quitara a Dios, ya no quiero vivir sin Él. Lo amo y me encomiendo con todo mi ser a María y a Jesús con la gracia del Espíritu Santo", finaliza.

 

 

Fuente: Trwajcie w miłości

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