Pronto ocurrirá un Cisma

Pronto ocurrirá un Cisma

Aleksander Banka por Aleksander Banka

22 Junio de 2026

Observo con interés y, al mismo tiempo, con tristeza las acrobacias intelectuales y cuasi-teológicas que, desde hace ya varias semanas, practican intensamente los miembros de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX), en un intento por convencer a todos los que les rodean y a ellos mismos de que las ordenaciones episcopales previstas para el 1 de julio de 2026, que se celebrarán no solo sin el consentimiento del Papa, sino también en contra de su voluntad, no constituirán —a pesar de la postura oficial del Vaticano al respecto— un acto cismático. 

🔸 La hipocresía de la «necesidad superior»

En este contexto, resulta especialmente hipócrita el argumento sobre la existencia de un supuesto estado de necesidad superior que justifica actuar en contra de la voluntad del Papa. Al mismo tiempo, los cismáticos sostienen que permanecen en unidad con él. ¿Por qué? Pues porque mencionan su nombre en la liturgia eucarística, rezan por él, hablan de él con benevolencia (¡sic!) y cuelgan sus retratos en las paredes. ¿Y que, al mismo tiempo, en la práctica niegan deliberadamente la máxima autoridad del Papa en cuestiones de disciplina eclesiástica? Bueno, pues eso es, al fin y al cabo, una necesidad superior.

Mientras tanto, esa necesidad superior se reduce, en esencia, a que los actuales obispos de la Fraternidad son ya tan ancianos que, en cualquier momento, empezarán a fallecer uno tras otro. A largo plazo, esto conduciría, por supuesto, a la desaparición de la Fraternidad o a una integración más profunda en las estructuras de la Iglesia católica, por ejemplo, a imagen y semejanza de la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro (FSSP), que se encuentra en una situación jurídica y canónica completamente diferente a la de la Fraternidad de San Pío X, ya que está en plena comunión con la Santa Sede. El argumento de la «necesidad superior» es, por tanto, en esencia, un intento de mantenerse en una situación de cisma y, al mismo tiempo, de justificarla con el argumento de que no se trata de un acto de ruptura de la unidad con la Iglesia católica. 

Sin embargo, la Santa Sede declara expresamente que la ordenación de nuevos obispos prevista por la Fraternidad sin mandato papal constituirá un «acto cismático». Dicha consagración acarreará la excomunión automática (latae sententiae) tanto para los obispos consagrantes como para los sacerdotes que reciban la consagración. Y aunque el papa Benedicto XVI levantó en 2009 la excomunión de los cuatro obispos entonces vivos que habían sido consagrados en 1988 por el arzobispo Marcel Lefebvre, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe ha confirmado que repetir esta medida sin el consentimiento del Papa conlleva incurrir de nuevo en la misma pena. Así pues, tanto los nuevos como los antiguos obispos contraerán la excomunión, y la Fraternidad entrará en un estado de cisma de facto con la Iglesia católica.

🔸 Los fieles también en excomunión

Es más, también se producirán cambios importantes en la situación de los fieles que, tras la consagración de julio, decidan seguir participando en la misa de los lefebvrianos. Hasta ahora, esto no constituía automáticamente un pecado grave; sin embargo, a partir de ahora el Vaticano considerará estas prácticas como un apoyo consciente al acto de cisma, y los fieles que se identifiquen de este modo con las decisiones de las autoridades de la Fraternidad y rechacen la autoridad del Papa se arriesgan a incurrir en la pena individual de excomunión por el delito de cisma (de conformidad con el canon 1364 del Código de Derecho Canónico). 

Por mucho que los miembros y simpatizantes de la Fraternidad den giros y explicaciones cada vez más espectaculares en materia doctrinal y disciplinaria, eso no cambiará el hecho de que la Santa Misa celebrada en las capillas de la Fraternidad será verdadera, pero impía. Los sacerdotes de la FSSPX también perderán los privilegios que en su momento les concedió el papa Francisco: la confesión que se realice ante ellos dejará de ser válida desde el punto de vista del derecho canónico (salvo en situaciones de peligro inmediato para la vida). Asimismo, los matrimonios celebrados ante ellos sin el consentimiento del obispo diocesano local serán considerados nulos por la Iglesia. Recibir la Sagrada Comunión de manos de sacerdotes que permanecen en cisma constituirá un sacrilegio. Es más, los obispos polacos advierten expresamente que, en este contexto, el mero hecho de desplazarse a Écône para las ordenaciones de julio constituye un pecado grave.

🔸 La niebla del olvido

Paradójicamente, aunque la situación, llena de hipocresía, en la que los lefebvrianos se empecinan en el cisma, es triste y dolorosa para la Iglesia, también puede suponer una oportunidad. ¿En qué veo esa oportunidad? Pues bien, en que la decisión de ordenar obispos de forma ilegal ha provocado una fuerte polarización dentro del ámbito tradicionalista. Muchos fieles apegados a la liturgia tradicional sentían, como mínimo, simpatía y apoyo hacia la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Muchos parecían pasar por alto la arrogancia y la prepotencia que reinaban allí, y que iban en aumento a medida que los papas tomaban nuevas decisiones favorables a los lefebvrianos. De alguna manera, se olvidó extrañamente el hecho de que, además de Benedicto XVI, quien levantó la excomunión de los obispos ordenados por el arzobispo Marcel Lefebvre, fue nada menos que el papa Francisco quien realizó dos gestos pastorales sin precedentes y de gran importancia hacia la Fraternidad. En primer lugar, en 2015 les concedió la autorización permanente para administrar válidamente el sacramento de la confesión, autorización que se prorrogó indefinidamente en 2016. En segundo lugar, en 2017 autorizó a los obispos diocesanos a regular la cuestión de los matrimonios celebrados en las capillas de la FSSPX, con el fin de evitar dudas sobre la validez de este sacramento. A pesar de estos gestos de reconciliación, destinados al bien pastoral y a la unidad de la Iglesia, los lefebvrianos intensificaron sus discursos antipapistas y contra el Concilio Vaticano II, afirmando con arrogancia que habían recibido lo que les correspondía y que, con esos gestos, el papado no hacía más que reconocer sus errores anteriores. Muchos tradicionalistas —aunque hay que decir con honestidad que no todos— se mostraron favorables a este tipo de actitudes, sobre todo en el contexto de las críticas dirigidas contra el papa Francisco. La perspectiva actual de las ordenaciones episcopales ilegales ha provocado una línea de división completamente nueva.

🔸 La respuesta será importante

Muchos de los tradicionalistas que hasta ahora habían mostrado simpatía hacia la Fraternidad de San Pío X han considerado que los lefebvrianos han cruzado una línea que no debían cruzar. No solo no se han dejado engañar por el cuento de la «situación de fuerza mayor», sino que algunos de ellos también han comprendido que hoy ya no es posible volver al modelo de papado y de Iglesia anterior al Concilio Vaticano II, o al menos a ese modelo del que —con razón o sin ella— hicieron a Benedicto XVI su referente. León XIV resultó ser aquí un claro continuador del papa Francisco, aunque, por supuesto, con un estilo y una forma diferente de ejercer su cargo. A pesar de ello, una gran parte del entorno tradicionalista, aunque sigue siendo crítica con los cambios que se han producido en la Iglesia tras el Concilio Vaticano II, opta hoy por la unidad con esa Iglesia única, santa, católica y apostólica y, por tanto, en la práctica de la realidad actual, con la Iglesia sinodal de Francisco y León XIV. ¿Cuáles serán las consecuencias de esta decisión, sin duda difícil para muchos de ellos, pero al mismo tiempo muy consciente y valiente? ¿Cómo se perfilará ese criticismo tradicionalista que —hay que reconocerlo— en ciertas cuestiones no carece del todo de razón, y cómo se integrará en las nuevas realidades? La respuesta depende en gran medida de cómo reaccionen ante esta situación las estructuras eclesiales y la jerarquía.

¿Serán capaces de dar una respuesta pastoral que no solo valore la fidelidad a la comunidad eclesial, sino que también logre dar cabida a una sensibilidad tradicionalista, nada fácil de integrar en su enfoque de la Iglesia contemporánea? Al fin y al cabo, la pastoral conoce casos de un trato «especial» que han tenido buena acogida y funcionan en la Iglesia (por ejemplo, la liturgia celebrada en las comunidades neocatecumenales). Es un buen momento para reflexionar con calma y sin emociones, y para implementar de forma sistemática aquellas soluciones pastorales que permitan a los entornos tradicionalistas fieles a la Iglesia sentirse más parte de ella. Al fin y al cabo, las bases ya existen (la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro, el Instituto del Buen Pastor, la pastoral de la tradición católica). Sin embargo, es necesario reforzarlas y desarrollarlas adecuadamente. Porque es seguro que se producirá una escisión en la Iglesia católica. Lo que no es seguro, en cambio, es qué consecuencias tendrá para la Iglesia.