Hay una diferencia entre estar en plenitud y dar fruto. Tomemos como ejemplo una flor.
Empieza siendo un pequeño capullo, apenas perceptible, y con el tiempo, en plena floración, se convierte en una hermosa flor. En plena floración llama mucho la atención. Este es su momento óptimo de belleza, de ser admirada, de gloria. Pero este no es su propósito final ni, de hecho, su momento de plena madurez. En este punto aún no ha dado todo su fruto, aunque su floración sea hermosa y esté aportando algo especial al mundo. Solo llega a dar todo su fruto más tarde, cuando su flor se ha marchitado y está muriendo. Es entonces cuando la flor libera sus semillas y las esparce para dar lugar a una nueva vida.
Hay una lección de vida en esto que nos cuesta comprender y aceptar. Entendemos la floración, pero no el marchitamiento. Aceptamos la floración, pero no el marchitamiento. Nos resulta casi imposible creer que nuestros momentos más vivificantes puedan llegar después de la floración, en el marchitamiento de la flor.
Podemos ver el ejemplo primordial de esto en Jesús. En el apogeo de su ministerio, cuando goza de gran popularidad, realiza milagros, atrae a multitudes de miles de personas y la gente se agolpa a su alrededor solo para tocarlo, su ministerio está en pleno esplendor. Es fructífero y ya está dando vida a los demás, pero ni de lejos de una forma tan profunda como cuando su ministerio se marchita, cuando las multitudes lo abandonan, cuando es humillado y despreciado en su pasión, y cuando muere indefenso, abandonado por casi todo el mundo.
Al igual que una flor, al morir esparció las semillas de una nueva vida de una forma más profunda de lo que pudo hacerlo cuando, metafóricamente hablando, se encontraba en pleno esplendor.
El famoso místico Juan de la Cruz emplea esta metáfora como eje central de su espiritualidad. Escribe: «El centro más profundo de un objeto lo entendemos como el punto más lejano al que pueden llegar el ser, el poder, la acción y el movimiento de ese objeto». Para él, a diferencia de cómo solemos concebirlo, nuestro centro más profundo no es el lugar virginal que hay en el interior de nuestro corazón y nuestra alma. No. Para Juan de la Cruz, nuestro centro más profundo es el punto más lejano del crecimiento natural (con la ayuda de la gracia) al que cualquier cosa o persona puede llegar en esta vida.
En el caso de una flor, como hemos visto, no se trata de su floración, sino del momento en que la flor libera su semilla al marchitarse. Lo mismo ocurre con nosotros, los seres humanos; nuestro centro más profundo no es nuestra floración, es decir, la belleza y la energía de nuestra juventud. Más bien, nuestro centro más profundo es la madurez plena que nuestra alma puede alcanzar en esta vida, y normalmente llegamos a ella algún tiempo después de que nuestra floración física haya comenzado a marchitarse. Esto puede sonar un tanto morboso, pero si se analiza más a fondo, es todo lo contrario. Permíteme poner un ejemplo:
Tomemos nuestro desarrollo sexual humano normal. ¿Cuál es su centro más profundo? Su centro más profundo no es su plenitud, es decir, ese momento de nuestras vidas en el que nuestros cuerpos son más atractivos y nuestro deseo de mantener relaciones sexuales es más intenso. Tampoco lo es el momento posterior a haber dado a luz una nueva vida a través de la unión sexual, aunque se trate de una fecundidad maravillosa y una de las intenciones últimas de Dios y de la naturaleza al crearnos como seres sexuales. Ese es un centro profundo, aunque no el más profundo de la sexualidad.
¡No es bueno que el hombre esté solo! Nuestra sexualidad está destinada a llevarnos más allá de nuestra soledad. Así, nuestra sexualidad nos impulsa sin descanso hacia fuera, más allá de nosotros mismos, hacia una comunidad de vida con los demás. Pero la soledad no es fácil de superar. Podemos sentirnos muy solos, incluso mientras mantenemos relaciones sexuales. Como me comentó una vez un colega casado: «¿Qué hay más solitario que dormir solo? Dormir solo cuando no estás durmiendo solo». Además, cuando aún estamos desarrollando nuestra sexualidad, el impulso espontáneo de esta es poseer la belleza en lugar de admirarla —y esto sigue dejándonos solos.
¿Qué nos lleva más allá de nuestra soledad? Situarnos ante la belleza y ofrecerle una mirada pura de admiración. En ese momento, nuestro ego ya no nos separa de la unión con los demás y, por un instante, dejamos de estar solos. Hemos alcanzado nuestro centro más profundo.
Nuestro centro más profundo como personas sexuales es cuando podemos mirar a otra persona (por ejemplo, a un hijo o a un nieto) y dedicarle una mirada pura de admiración. Es cuando podemos contemplar la energía y la belleza en pleno esplendor y admirarlas y bendecirlas viéndolas tal y como Dios vio la creación en sus orígenes: «¡Es buena!». ¡Es muy bueno! En la mirada de admiración, bendecimos la creación de la misma manera que Dios bendijo a Jesús en su bautismo con las palabras: «¡Este es mi hijo amado, en quien tengo mis delicias!».
Cuando estamos en pleno esplendor, somos admirados; pero solo superamos plenamente nuestra soledad cuando nos maravillamos ante la energía y la belleza de los demás y de la creación, y pronunciamos espontáneamente palabras de bendición.
