Imagen gentileza de Addy Badal.
Imagen gentileza de Addy Badal. Unsplash

La puerta estrecha

P. Ronald Rolheiser por P. Ronald Rolheiser

1 Julio de 2026

Un sacerdote que conozco cuenta esta historia. Hace poco, en el retiro de sacerdotes al que asistió, el director del retiro comenzó su presentación inicial con estas palabras: «Damos por sentado que la mayoría de la gente irá al infierno». A continuación, intentó fundamentar esta afirmación citando a Jesús: «Entrad por la puerta estrecha. Porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella. Pero estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan» (Mateo 7, 13-14).

A primera vista, esto parecería indicar, en efecto, que la mayoría de la gente no está tomando el camino que lleva al cielo, sino el que lleva al infierno.

¿Vamos la mayoría de nosotros al infierno? ¿Es eso lo que se da a entender aquí? ¡No! Eso no es lo que se enseña. Esta enseñanza de Jesús requiere un análisis más detallado.

En primer lugar, cuando Jesús dice: «Pero estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos la hallan», no se refiere tanto a ir al cielo o al infierno, sino más bien a nuestras vidas, aquí y ahora.

De hecho, todos podemos identificarnos con sus palabras de que la puerta que conduce a la vida es estrecha y pocos la encuentran. ¿Cómo? Simplemente preguntándonos: ¿Cuántas veces en nuestra vida tenemos un momento —por no hablar de un largo periodo— en el que estamos libres de preocupaciones, de remordimientos, de inquietudes innecesarias, de celos, de frustraciones y de la sensación de que nos falta algo en la vida, sino que, por el contrario, tenemos la profunda sensación en el alma de que hemos llegado al sentido más profundo de la vida, de que hemos descubierto el gran secreto, de que ya no hay nada más por lo que esforzarse?

A veces sí que tenemos momentos así cuando hemos atravesado la puerta estrecha que conduce a la vida, aunque la mayoría de las veces seguimos luchando por llegar hasta allí.

Podemos experimentarlo cuando observamos las vidas de los demás. Sin juzgar, ¿con qué frecuencia miramos la vida de alguien desde el nivel del alma y decimos: «¡Él lo ha encontrado! ¡Ella está ahí! ¡Así es una vida plena!». Decimos esto de muy pocas personas.

Además, ¿qué es exactamente esa puerta y por qué es estrecha?

En pocas palabras, la puerta que conduce a la vida, a la felicidad más profunda y plena de todas, es la invitación que Jesús nos hace en el Sermón de la Montaña. (Mateo 5-7) Para Jesús, esto es lo que da plenitud a la vida, a saber: ser pobre de espíritu; estar en contacto con las heridas del mundo y con nuestras propias heridas; ser manso; tener hambre de justicia; ser misericordioso; ser puro de corazón; ser artífice de paz; sufrir por lo que es justo; y, sobre todo, amar a quienes nos odian.

Esa es la puerta estrecha que conduce a la vida, y nos cuesta atravesarla porque casi todo en nuestro mundo se opone a ello. Nuestro mundo nos dice que lo mejor es ser rico, que la mansedumbre y la empatía son debilidades, y que podemos, con la conciencia tranquila, odiar a quienes nos odian. Nuestros instintos naturales están de acuerdo. Tanto nuestro mundo como nuestros instintos naturales nos invitan a una puerta ancha donde podemos maldecir con toda justicia a quienes nos maldicen y podemos ejecutar a los asesinos.

El Sermón de la Montaña propone una puerta estrecha, y esta se vuelve especialmente estrecha al final del Sermón, cuando Jesús nos invita a ser compasivos como nuestro Padre celestial es compasivo y nos explica con detalle lo que eso significa.

La compasión de Dios, a diferencia de nuestros instintos naturales, se extiende por igual tanto a los malos como a los buenos, como el sol que brilla sin distinción tanto sobre la mala hierba como sobre las hortalizas. Dios ama por igual a los pecadores y a las personas virtuosas.

Y nosotros también debemos hacerlo. Nuestra virtud, dice Jesús, debe ir más allá de nuestros instintos naturales, según los cuales, como es natural, amamos a quienes nos aman, odiamos a quienes nos odian, maldecimos a quienes nos maldicen y nos negamos a perdonar a quien asesina a nuestros seres queridos.

La puerta estrecha que conduce a la vida plena es la puerta de la compasión sin límites; es decir, atravesamos esa puerta que conduce a la plenitud de la vida cuando amamos a quienes nos odian, bendecimos a quienes nos maldicen y perdonamos a quienes nos matan.

Lamentablemente, hay mucho en nuestro interior y en nuestro mundo que se resiste a esa puerta estrecha.

Sin embargo, cuando Jesús dice: «Estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan», no está diciendo que la mayoría de nosotros iremos al infierno y solo unos pocos al cielo. Más bien, se refiere a nuestras vidas en este preciso momento y señala con perspicacia que lo que, en última instancia, nos aporta la felicidad y una vida plena aquí, en este mundo, es precisamente vivir según el Sermón de la Montaña, en particular la parte que nos invita a amar a quienes nos odian, bendecir a quienes nos maldicen y perdonar a quienes nos matan.

Esa es una puerta por la que nos cuesta mucho pasar.