«Elige el amor que quieras. ¿Eliges el amor al prójimo?: no será auténtico si no se ama a Dios; ¿eliges el amor a Dios?: no será auténtico si no se sobreentiende al prójimo». San Agustín (Sermón 90A, 12).
San Agustín aborda el mandamiento central del Evangelio con una profundidad que nos ayuda a no fragmentar la vida cristiana. Ante la pregunta sobre cuál es el mandamiento principal, establece que el amor a Dios y el amor al prójimo no son dos realidades paralelas o independientes, sino las dos vertientes inseparables de un mismo y único movimiento del alma hacia el Creador.
La afirmación de San Agustín nos advierte sobre los falsos amores. Amores de conveniencia que se ajustan a nuestros intereses. Pretender amar a Dios desentendiéndose de las necesidades concretas del hermano es una ilusión estéril, una piedad desencarnada que carece de verificación real. De igual modo, intentar un amor al prójimo reducido puramente a la filantropía o al humanismo horizontal, desconectado de Dios pierde su horizonte último y absoluto. San Agustín nos recuerda que Dios es el fundamento y la medida del amor al prójimo; a su vez, el prójimo constituye el campo de prueba insustituible donde se manifiesta la sinceridad de nuestro amor a Dios.
Un corazón humilde y lleno de fe reconoce en Dios su origen y en cada prójimo una prolongación del misterio de ese mismo amor. Así, San Agustín nos desafía a examinar la autenticidad de nuestra fe cotidiana. No se trata de elegir a cuál de los dos amar primero o con mayor intensidad, sino de comprender que amar a Dios implica necesariamente abrazar al hermano, y que acoger al hermano es la única manera verificable de demostrar que Dios habita verdaderamente en nosotros.
