por P. Jorge González Guadalix
Una experiencia nueva, porque en los pequeños pueblos de la Sierra el tiempo era justo y los penitentes más bien escasos. Ahora en Miraflores estamos dos sacerdotes y la asistencia a las misas es mucho más que aceptable. El párroco me ha pedido que los fines de semana celebre las misas de la tarde del sábado y domingo. Perfecto. Las dos misas de la mañana del domingo suele celebrarlas él y un servidor aprovecha para pasar la mañana en el confesionario.
Cosas que uno va constatando:
La primera es que la gente se confiesa, y se confiesa más en la medida que hay facilidades para ello. No me aburro en el confesionario. No faltan penitentes.
Es muy interesante descubrir un cierto retorno a las cosas de la fe. Personas alejadas por el motivo que sea, a veces hablamos de años, y que un día dan el paso de acercarse al sacramento de la reconciliación.
También estoy descubriendo cuánta sed de Dios hay en el mundo. Sed de Dios y sed de volver a lo de siempre. Personas que se acercan, en confesión o fuera de ella y que te preguntan por cosas tan sencillas como dónde conseguir un rosario y si podemos enseñar a rezarlo -en la parroquia se reza cada tarde-, si podemos facilitar las oraciones básicas o qué es eso de la adoración al Santísimo.
Dicen que se está dando una vuelta hacia el catolicismo. Es la impresión que yo tengo, pero lo que me resulta especialmente interesante no son los casos de jóvenes, que de hecho se dan también en Miraflores, sino adultos que vivieron la fe de niños, la abandonaron durante años y hoy, miren por dónde, la están redescubriendo con una fuerza increíble.
El estar no solo disponible para confesar, sino físicamente en el confesionario, es una llamada: "hace tanto que no me confieso, pero le he visto aquí y me he dicho..." Para mí es una gracia poder estar tiempo en el confesionario. Los días laborables suelo llegar a la iglesia con mucho tiempo de antelación a la hora de misa y también es un tiempo de disponibilidad. Es oportunidad para la gente y es una magnífica escuela sacerdotal para uno mismo.
