por Portaluz
22 Octubre de 2026El documento, titulado en latín "Venite ad Me", que significa "Ven a mí", fue comunicado por el Dicasterio para la Doctrina de la Fe con la firma de su prefecto, el cardenal Víctor Manuel Fernández.
"Venite ad Me", escrito en respuesta a una petición hecha por primera vez por el Papa Francisco hacia el final de su vida, fue aprobado para su publicación por el Papa León XIV durante una audiencia el 21 de agosto con el cardenal Fernández y Monseñor Armando Matteo, secretario de la sección doctrinal del dicasterio.
Estas "Consideraciones" del Dicasterio están dividido en ocho capítulos y contienen más de 25.000 palabras. Aborda "la crisis en la transmisión de la fe" en medio de los cambios culturales, la ruptura de la familia y las nuevas tecnologías digitales, subrayando la necesidad de que los fieles regresen al fundamento de la fe, el "kerygma". En efecto, citando a Evangelii Gaudium, el documento señala: «Jesucristo te ama, dio su vida para salvarte, y ahora está vivo a tu lado cada día, para iluminarte, para fortalecerte, para liberarte» (EG 164). Luego, citando a San Pablo, añade: «Si profesas con tus labios que Jesús es Señor, y crees con tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo» (Rom 10,9).
DICASTERIO PARA LA DOCTRINA DE LA FE
Consideraciones sobre la transmisión de la fe en el cambio de época
Índice
Capítulo I
El anuncio del amor del Padre
Formas de transmisión de la fe
La familia
La comunidad eclesial
Capítulo III
El cambio de época
La crisis de la transmisión de la fe
Una nueva cultura generalizada
Las tecnologías digitales
Nuevas fronteras de la evangelización
Capítulo IV
La centralidad del kerygma
Suscitar una experiencia de fe
La cuestión del lenguaje
La formación cristiana
Capítulo V
La transmisión de la fe en las comunidades
Liturgia
El papel del testimonio
Arte y belleza
Las etapas de la vida
Capítulo VII
Algunas atenciones específicas
Del abismo de la adicción a la libertad del encuentro con Cristo
El "despertar" del kerygma: el papel de la familia y de la oración
El testimonio de la caridad, de la cultura y de la belleza
1. [Venite ad me] «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28). El Señor Jesucristo se presenta a sí mismo como fuente de alivio profundo frente a los cansancios y las fatigas del corazón humano. Desde esta perspectiva, la transmisión de la fe se presenta como un encuentro, en el que Cristo se acerca a cada persona en la realidad concreta de su vida, dándole esa paz verdadera que solo en Él es posible encontrar.
Introducción
2 Jesús es la luz verdadera del mundo y quien cree en Él, el Resucitado vivo, vence las tinieblas de la muerte y vive gracias a la luz de la vida (cf. Jn 1, 6-9; 8, 12). Esta es la fe de la Iglesia y esta es la fe que todo creyente está llamado a difundir hasta los confines de la tierra. Este compromiso —el de la transmisión de la fe, declinado bajo las condiciones socioculturales actuales— ocupa un lugar central en las presentes Consideraciones.
3. Esta responsabilidad de todo creyente en Cristo, luz verdadera del mundo, constituye un argumento de gran actualidad para la vida y la misión de la Iglesia. El Dicasterio había sido instado en varias ocasiones por el Papa Francisco a ofrecer una reflexión al respecto y había puesto en marcha el procedimiento habitual para llegar a las presentes Consideraciones. Los acontecimientos recientes, especialmente la llegada al solio pontificio del Papa León XIV, la celebración del Jubileo, así como la perspectiva del próximo Jubileo de la Redención de 2033, son como un estímulo adicional para proceder con mayor celeridad en la redacción del documento.
4. Las presentes Consideraciones querrían, fundamentalmente, relanzar a toda la comunidad eclesial la invitación que el Santo Padre León XIV dirigió a los obispos italianos, en el encuentro con ellos en junio de 2025: "Ante todo, es necesario un impulso renovado en el anuncio y la transmisión de la fe. Se trata de poner a Jesucristo en el centro tanto del anuncio como de la existencia y, siguiendo el camino indicado por Evangelii gaudium, ayudar a las personas a vivir una relación personal con Él, para descubrir la alegría del Evangelio. En una época de gran fragmentación, es necesario volver a los fundamentos de nuestra fe, al kerygma. Este es el primer gran compromiso que motiva todos los demás"[1]. Por lo tanto, como señala también el Santo Padre, «la evangelización debe enfrentarse hoy, de manera particular, también a las condiciones y dinámicas cambiadas en la transmisión de la fe de generación en generación. En algunas regiones del mundo, esta transmisión se ha interrumpido casi por completo, lo que exige la capacidad de asumir nuevos desafíos»[2] . El objetivo específico del documento es, por eso, ofrecer tanto una reflexión específica como sugerir caminos concretos para el anuncio del kerygma en el cambio de época que estamos atravesando.
5. Este anuncio debe ser capaz de reavivar la fe en quienes hace tiempo que ya no la practican (pensemos, en particular, en el mundo de los adultos y de las nuevas generaciones) o de promover una experiencia de fe (fides qua) en quienes aún no han conocido a Cristo, sin entrar en la labor específica de la catequesis y de la formación de los creyentes, ambas llamadas a ofrecer también una introducción ordenada y gradual a la doctrina de la Iglesia (fides quae). La reflexión contenida en las presentes Consideraciones sobre la fides qua precede a la cuestión relativa a la transmisión del depositum fidei, que este documento no pretende afrontar de manera exhaustiva.
6. A lo largo de la redacción de estas Consideraciones, ha resultado realmente valiosa la contribución de numerosas Conferencias Episcopales Nacionales, que han respondido con gran diligencia a la solicitud del Dicasterio de enviar materiales relacionados con el tema de la transmisión de la fe.
7. Revisten una especial relevancia los testimonios, que nos han enviado los obispos, de quienes han descubierto o redescubierto —ya sea en su juventud o en la edad adulta— al Señor Jesús y su Evangelio. Muchos de ellos se recogen en el último capítulo de las presentes Consideraciones.
8. Una última puntualización se refiere al género del documento, que es el de las Consideraciones y no el de una Nota doctrinal. De hecho, su finalidad es principalmente la de estimular la reflexión eclesial y el compromiso pastoral en torno a la transmisión de la fe. Por ello, en el texto se examinan una pluralidad de puntos de vista, sin pretender, sin embargo, cerrar la cuestión, que permanece abierta a nuevos análisis y desarrollos. Esto significa que estas Consideraciones no se caracterizan, como otros textos del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, por la precisión del lenguaje y el carácter sistemático del tratamiento, sino que admiten un estilo más discursivo, como se aprecia sobre todo en la sección, ya citada, dedicada a los testimonios[3].
Capítulo I
El anuncio del amor del Padre
9. Al hablar de la misión del Bautista, el evangelista Juan lo califica como el testigo de la luz, como aquel que debe dar su testimonio de la luz verdadera, de aquella luz que es la única que tiene el poder de iluminar a todo ser humano (cf. Jn 1,6-9). Esta luz verdadera se llama Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre para la salvación del mundo. Él es, en definitiva, la "luz verdadera del mundo" y quien siga sus pasos nunca se perderá en las tinieblas, sino que siempre encontrará en su interior la luz plena de la vida (cf. Jn 8,12). Este es el núcleo de todo el cristianismo y es también el impulso que lleva a los creyentes a transmitir en todo tiempo —también en el nuestro— la fe que viven.
10. Jesús es realmente la luz verdadera que ilumina a todo ser humano, porque lo que nadie había visto ni podía ver, Él lo reveló: el amor incondicional que habita en el corazón de Dios-Trinidad. Esta es la buena nueva del Evangelio del Hijo: Dios es amor para siempre y para todos (cf. 1 Jn 4,8). Es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esta buena nueva, desconocida hasta Jesús, es ahora capaz de conducirnos a la salvación y felicidad plenas y, al mismo tiempo, por la gracia del Espíritu Santo, de poner de manifiesto y purificar todo lo que pueda ser un obstáculo para la vida nueva que ella abre.
11. De manera aún más radical, Jesús anuncia la verdad de que, por este amor del Padre, no existe ningún espacio humano marcado por el fracaso o el pecado que no pueda ser reintegrado a su destino original. Es más, gracias a la acción continua del Espíritu Santo, que actúa de maneras que solo Él conoce[4], la luz y el poder de ese amor están siempre a disposición de todos, en cualquier momento y lugar. Quien acoge esta revelación abandona para siempre el reino de las tinieblas, abriéndose por fin a la luz de la vida y a una vida de luz.
12. Precisamente por esta razón, toda la existencia de Jesús está marcada por el deseo de iluminar a cada ser humano con la buena nueva de Dios, que es amor para siempre. Así, él va al encuentro de los demás con el corazón abierto y libre, y se deja alcanzar por ellos. Se adecúa a los pasos de los hombres y mujeres de su tiempo y se deja encontrar por ellos. Quien lo busca, lo encuentra, y si lo busca es porque ya ha sido alcanzado por Cristo (cf. Fil 3,12). Jesús no pone obstáculos entre Él y la gente. Está siempre atento, siempre presente, nunca distraído. Y su palabra nunca resulta abstracta. Quiere dirigir continuamente el corazón y la mente de todos, sin excluir a nadie, hacia la luz verdadera del amor del Padre, de su misericordia, que son, simplemente, un amor y una misericordia para la vida buena de todos. La vida de cada uno es digna de ser vivida en plenitud.
13. Además, aquellos que se abren a la luz de la revelación del amor de Dios reciben de Jesús una palabra de perdón, una palabra de liberación, una palabra de amor, una palabra de libertad, una palabra de vida, una palabra de esperanza (cf. Lc 4,18-19). Jesús despierta en todos aquellos que van a su encuentro, y se abren a Él con corazón sincero, un impulso de renovado interés y amor por la vida: por la propia vida, por la de los demás y por la vida de todo lo que existe (cf. Jn 14,6). El amor de Dios reconduce a cada hombre y a cada mujer a las buenas razones de su propio ser en el mundo.
14. Con esto en la mente y en el corazón, el Jesús que narran los evangelistas está siempre en camino. No espera. No crea un santuario propio ni una escuela. Se mueve, viaja. Entra en las aldeas y ciudades de su pueblo y de su tiempo. Se relaciona con la gente sencilla, pero también con quienes ocupan cargos de poder público, religioso o político. A través de estos gestos y estas palabras, Jesús lleva a cumplimiento la revelación confiada al pueblo de Israel (cf. Mt 4,12-17; Mc 1,14-15; Lc 3,21-22).
15. Llama especialmente la atención la forma en que Jesús proclama el evangelio del Dios que es amor para siempre y para todos. En su predicación son numerosas las referencias a la vida cotidiana de la gente, al reino de los animales y al mundo de los árboles, las plantas y las flores, al igual que abundan las referencias a los oficios de su época, a la preparación de la comida y a los juegos de los niños. Jesús muestra también un notable conocimiento del uso de los números y recurre con frecuencia a la construcción de edificios o a los fenómenos meteorológicos; conoce las monedas de su época y está profundamente familiarizado con los distintos grupos religiosos presentes en aquel momento y vinculados de diversas maneras al judaísmo. Es, sin duda, un hombre que "mira" con plena atención e invita constantemente a todos a "mirar" con la misma mirada el entramado de la creación y de la historia humana. Esta es, en verdad, su certeza inquebrantable; cuando el corazón está libre de todo egoísmo y de preocupaciones inútiles, se pueden reconocer las huellas del amor de Dios incluso en el acontecimiento más pequeño y aparentemente insignificante (cf. Lc 12,22-34), y es precisamente este mismo amor el que lo lleva a expresarse a través del lenguaje de la vida cotidiana de la gente.
16. No es de extrañar, pues, que una predicación así, mientras conquista fácilmente el corazón de la gente sencilla, que la siente tan cercana y familiar, desconcierte y, en cierta medida, inquiete a quienes ostentan el poder político y religioso del momento. Es como una luz capaz de poner de manifiesto todo posible uso y abuso de ese poder: «Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen.No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor» (Mt 20,25-26); «¡Ay de vosotros también, maestros de la ley, que cargáis a los hombres cargas insoportables!» (Lc 11,46).
17. Al cumplir su misión, Jesús no se limita únicamente a anunciar el amor incondicional de Dios. Da testimonio concreto de ese amor mediante una predilección especial por todos aquellos que ya casi no esperan nada de nadie; ni de sus familiares, ni de sus amigos, ni de sus compatriotas, ni de sus correligionarios y tal vez ni siquiera del Dios de la Alianza de los Padres. Debido a su situación de sufrimiento, provocada por enfermedades incurables o por trágicos reveses del destino, estas personas suelen ser consideradas "los últimos" de la sociedad. Sin embargo, son precisamente ellos quienes se convierten en "los primeros" en el corazón del Señor Jesús (cf. Mt 20,16). De hecho, son estos "últimos/primeros" a quienes, más que a ningún otro, Jesús invita a acercarse a la luz que ilumina a cada hombre y a cada mujer, es decir, a la luz del amor del Padre. Así es como, con su cercanía, con sus palabras y con sus milagros, Jesús reaviva en ellos la esperanza de poder seguir teniendo esperanza, la confianza de poder seguir confiando, la posibilidad de seguir teniendo posibilidades. Realiza en ellos el prodigio de poder seguir creyendo en un milagro para su propia existencia.
18. A lo largo de su predicación, Jesús entra entonces, casi inevitablemente, en su fundamento estructural, pero en cuya aplicación concreta solían prevalecer actitudes de división y exclusión. Mientras que su Padre, que está en los cielos, hace salir el sol sobre unos y otros (cf. Mt 5,45) y hace llover sobre unos y otros, la discriminación y la separación entre las personas constituían un rasgo muy extendido en el ámbito político y religioso de su tiempo, al igual que en el nuestro. Al llevar la luz de un amor divino que quiere reconectar a cada uno con su existencia, por muy atribulada que sea, con las demás personas de su entorno y, en última instancia, con Dios mismo, con vistas a una fraternidad de justicia y paz, Jesús no puede evitar chocar con los poderes de su tiempo, dado que su mensaje tiene la fuerza de una autoridad (cf. Mc 1,27). Al anunciar el rostro de amor de Dios, Jesús priva de todo fundamento a ese ejercicio despótico del poder religioso y político de su época, que ha olvidado su propia naturaleza de servicio y de unidad. Dios no bendice la división, ni mucho menos la discriminación. Él es Padre y ama a todo ser vivo (cf. Sab 1,13-14). Ninguna ley ni autoridad humana o religiosa podrá jamás declarar a nadie indigno de su amor o del de los demás seres humanos.
19. La tensión entre las palabras y los gestos de Jesús y las incomprensiones con el poder de su tiempo alcanza su punto álgido con la decisión de las autoridades religiosas y políticas de condenarlo a muerte. Su predicación, acompañada de signos extraordinarios, debe ser detenida y reducida al silencio para siempre. Así se decide su muerte en la cruz, a la que el poder romano da su respaldo.
20. Pero esa condena a muerte no tiene la fuerza para apagar la "luz verdadera del mundo". Ese patíbulo injusto se convierte, en la economía de la salvación, en el trono más elevado desde el que resuena con absoluta claridad el mensaje evangélico y se manifiesta ante el mundo entero el poder iluminador del Evangelio del Hijo. Y ese Evangelio es este: Dios es amor para todos, Dios es misericordia para todos. Lo es verdaderamente para todos, y por eso lo es también para aquellos que condenan y dan muerte al Hijo. El "sí" que Dios, en Jesús, dice al ser humano y que mantiene ardientemente encendida la luz verdadera del mundo, que es su Hijo, nunca puede transformarse en un "no". El amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo hacia la humanidad es un amor sin reservas, sin límites, sin medida y, en definitiva, sin límites (cf. 1 Jn 4,7-8).
21. En los instantes finales de la vida terrenal de Jesús, encuentran su pleno cumplimiento las maravillosas palabras del antiguo y maravilloso libro del Cantar de los Cantares: «Las aguas caudalosas no podrán apagar el amor, ni anegarlo los ríos» (8,7). La incomprensión y la obstinación que llevan a los líderes del pueblo a condenar a Jesús, con la plena complicidad de las autoridades romanas, no logran apagar su deseo de sacar a la humanidad de las tinieblas y de encender en ella la luz de la vida. Es más, la buena y gran noticia del cristianismo es precisamente esta: ni siquiera el poder de la muerte ha podido apagar la verdadera luz del mundo.
22. Una es, por tanto, la certeza fundamental de los cristianos, sin la cual, como dice el apóstol Pablo, todo sería vano: «Pero si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe» (1 Cor 15,14). Esta misma conciencia se expresó también con motivo del Sínodo de los jóvenes: «Vive Cristo, esperanza nuestra, y Él es la más hermosa juventud de este mundo. Todo lo que Él toca se vuelve joven, se hace nuevo, se llena de vida»[5].Esto es lo que los discípulos del Señor, en todo tiempo, creen, anuncian y dan testimonio con su vida: Cristo está vivo y quiere que todo ser humano esté vivo. Él está siempre con nosotros y no nos abandona (cf. Mt 28,20). Por mucho que una persona se aleje de Él, Jesús nunca se alejará de ella. A través de su Iglesia, el Resucitado permanece en todo momento junto a cada uno, dispuesto a iluminar con amor divino su existencia, llenándola de vida, de fuerza y de esperanza. La comunión eclesial es hoy el lugar privilegiado en el que Cristo sigue dejándose encontrar a través de hombres y mujeres transformados progresivamente por su propia vida.
23. Para hacer posible su misión de ser luz del mundo, la Iglesia celebra con alegría el cumplimiento de la gran promesa de Cristo: «El Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho» (Jn 14,26); «Él dará testimonio de mí;y también vosotros daréis testimonio» (Jn 15,26-27). Sin su acción en lo más íntimo de los corazones, resulta imposible transmitir la verdadera luz de Cristo, como nos recuerda también la Secuencia de Pentecostés: «Ven, [...] Padre amoroso del pobre [...] Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro». En Él depositamos nuestra confianza, mientras nos dispusimos a buscar los diversos modos de cooperar con su gracia en la evangelización de nuestro tiempo. A Él le pedimos el fervor y la alegría necesarios para responder con fidelidad a esta llamada.
Capítulo II
La luz de la fe
24. A la luz de lo dicho hasta ahora, se comprende mejor el fundamento del cristianismo tal y como lo expresó Benedicto XVI: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva»[6]. Un horizonte nuevo y una dirección decisiva son los de la alegría, como recuerda el Papa Francisco al comienzo de Evangelii gaudium: «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría»[7] .
25. Señor Jesús, que nos pone en contacto con la luz verdadera del amor divino, hace que no nos perdamos en las tinieblas y nos conduce a la vida. Es precisamente en este sentido en el que se puede hablar de la luz de la fe, tal y como se afirma en la homónima primera Carta encíclica del Papa Francisco, y en cuya redacción también había contribuido Benedicto XVI: «La luz de la fe: la tradición de la Iglesia ha indicado con esta expresión el gran don traído por Jesucristo, que en el Evangelio de san Juan se presenta con estas palabras: "Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas" (Jn 12,46). También san Pablo se expresa en los mismos términos: «Pues el Dios que dijo: "Brille la luz del seno de las tinieblas", ha brillado en nuestros corazones» (2 Co 4,6). En el mundo pagano, hambriento de luz, se había desarrollado el culto al Sol, al Sol invictus, invocado a su salida. Pero, aunque renacía cada día, resultaba claro que no podía irradiar su luz sobre toda la existencia del hombre. Pues el sol no ilumina toda la realidad; sus rayos no pueden llegar hasta las sombras de la muerte, allí donde los ojos humanos se cierran a su luz. "No se ve que nadie estuviera dispuesto a morir por su fe en el sol", decía san Justino mártir. Conscientes del vasto horizonte que la fe les abría, los cristianos llamaron a Cristo el verdadero sol, "cuyos rayos dan la vida". A Marta, que llora la muerte de su hermano Lázaro, le dice Jesús: "¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?" (Jn 11,40). Quien cree ve; ve con una luz que ilumina todo el trayecto del camino, porque llega a nosotros desde Cristo resucitado, estrella de la mañana que no conoce ocaso»[8] .
26. La experiencia de la fe puede, así, imaginarse como el encuentro vital y decisivo con ese "sol verdadero" que es Cristo, quien libera de las tinieblas y llena de luz la existencia humana. Es una experiencia de luz que, por su propia naturaleza, se irradia hacia otras vidas para iluminarlas con la misma luz; estas, resplandeciendo a su vez, ampliarán el radio de propagación de la luz originaria: la verdadera luz del mundo, que es Cristo. ¿Cómo no recordar, a este respecto, las palabras del mismo Jesús dirigidas a sus discípulos: «Vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5,14)?
27. Es precisamente a este dinamismo al que debemos referirnos cuando reflexionamos sobre el delicado tema de la transmisión de la fe en el contexto contemporáneo, al que aquí se evoca como un tiempo de cambio de época. Así lo confirma con extrema precisión el texto de la Lumen fidei: «Quien se ha abierto al amor de Dios, ha escuchado su voz y ha recibido su luz, no puede retener este don para sí. La fe, puesto que es escucha y visión, se transmite también como palabra y luz. El apóstol Pablo, hablando a los Corintios, usa precisamente estas dos imágenes. Por una parte dice: "Pero teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: Creí, por eso hablé,también nosotros creemos y por eso hablamos" (2 Co 4,13). La palabra recibida se convierte en respuesta, confesión y, de este modo, resuena para los otros, invitándolos a creer. Por otra parte, san Pablo se refiere también a la luz: "Reflejamos la gloria del Señor y nos vamos transformando en su imagen" (2 Co 3,18). Es una luz que se refleja de rostro en rostro, como Moisés reflejaba la gloria de Dios después de haber hablado con él: "[Dios] ha brillado en nuestros corazones, para que resplandezca el conocimiento de la gloria de Dios reflejada en el rostro de Cristo" (2 Co 4,6). La luz de Cristo brilla como en un espejo en el rostro de los cristianos, y así se difunde y llega hasta nosotros, de modo que también nosotros podamos participar en esta visión y reflejar a otros su luz, igual que en la liturgia pascual la luz del cirio enciende otras muchas velas. La fe se transmite, por así decirlo, por contacto, de persona a persona, como una llama enciende otra llama. Los cristianos, en su pobreza, plantan una semilla tan fecunda, que se convierte en un gran árbol que es capaz de llenar el mundo de frutos»[9].
28. El mismo documento, en el número siguiente, recuerda además que «la transmisión de la fe, que brilla para todos los hombres en todo lugar, pasa también por las coordenadas temporales, de generación en generación. Puesto que la fe nace de un encuentro que se produce en la historia e ilumina el camino a lo largo del tiempo, tiene necesidad de transmitirse a través de los siglos»[10]. Así pues, si por un lado la transmisión de la fe se asemeja al encendido de una llama a partir de otra llama, en un contacto que podríamos calificar de personal, por otro lado, la comunidad de los discípulos siempre se ha sentido llamada a crear ocasiones en las que la fe pudiera transmitirse; ocasiones en las que fuera posible para todos entrar en contacto con la verdadera luz de la vida, aquella que libera de toda oscuridad y que se encuentra en el Señor Jesús. Los discípulos sintieron, pues, el deber de transmitir la fe; un deber que debe ser custodiado y honrado de generación en generación.
29. La transmisión de la fe tiene su fundamento último en la iniciativa de Dios, que en Cristo reveló su rostro y confió a los apóstoles la tarea de anunciar el Evangelio a todos los pueblos. Esta misión, sin embargo, no concluyó con la predicación apostólica, sino que continúa en la historia a través de la Iglesia. El Concilio Vaticano II afirma, de hecho, que «la Iglesia, en su doctrina, en su vida y en su culto, perpetúa y transmite a todas las generaciones todo lo que ella es, todo lo que cree»[11]. La Iglesia es, así, el sujeto histórico y vivo en el que el Evangelio se escucha, se custodia, se celebra y se actualiza continuamente bajo la acción del Espíritu Santo. Por esta razón, la fe no se transmite, en primer lugar, como un conjunto de contenidos doctrinales o de información religiosa, sino como una forma de vida eclesial en la que el creyente se va introduciendo progresivamente. El sujeto principal de la transmisión de la fe es, por tanto, la Iglesia en su totalidad[12], la cual, al tiempo que recibe incesantemente el don de la Palabra divina, lo comunica y da testimonio de él mediante la predicación, la liturgia, la caridad y la experiencia concreta de la comunión. Se puede afirmar, pues, con razón que la Iglesia «es una Madre que nos enseña a hablar el lenguaje de la fe»[13].
Formas de transmisión de la fe
30. Conviene afirmar con claridad que la fuerza más auténtica de la misión evangelizadora de la comunidad de los discípulos del Señor sigue siendo siempre la de la atracción, como recordaba Benedicto XVI en la homilía de la Santa Misa de inauguración de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe: «La misión de Cristo se realizóen el amor. Encendió en el mundo el fuego de la caridad de Dios (cf. Lc 12, 49). El Amor es el que da la vida; por eso la Iglesia es enviada a difundir en el mundo la caridad de Cristo, para que los hombres y los pueblos "tengan vida y la tengan en abundancia" (Jn 10, 10). [...] La Iglesia se siente discípula y misionera de este Amor: misionera sólo en cuanto discípula, es decir, capaz de dejarse atraer siempre, con renovado asombro, por Dios que nos amó y nos ama primero (cf. 1 Jn 4, 10). La Iglesia no hace proselitismo. Crece mucho más por "atracción": como Cristo "atrae a todos a sí" con la fuerza de su amor, que culminó en el sacrificio de la cruz, así la Iglesia cumple su misión en la medida en que, asociada a Cristo, realiza su obra conformándose en espíritu y concretamente con la caridad de su Señor»[14]. Esta reflexión la ha hecho suya también el Papa León XIV: «Hoy, con alegría, la retomo y la comparto con ustedes. Y los invito a ustedes y a mí a prestar mucha atención a lo que elPapa Benedictoseñalaba como la "fuerza" que preside este movimiento de atracción: esa fuerza es la Charis, es el Ágape, es el Amor de Dios que se encarnó en Jesucristo y que en el Espíritu Santo se dona a la Iglesia y santifica todas sus acciones. En efecto, no es la Iglesia la que atrae, sino Cristo, y si un cristiano o una comunidad eclesial atrae, es porque a través de ese "canal" llega la savia vital de la caridad que brota del Corazón del Salvador»[15].
La familia
31. Entre los ámbitos en los que la Iglesia está llamada a comunicar y a hacer resplandecer la luz de Cristo, la familia constituye el primer y más esencial lugar de transmisión de la fe. Ya en el Nuevo Testamento se pone de manifiesto el papel de los familiares en la transmisión de la fe. A Timoteo, por ejemplo, el apóstol Pablo se dirige diciendo: «Evoco el recuerdo de tu fe sincera, la que arraigó primero en tu abuela Loide y en tu madre Eunice, y estoy seguro que también en ti» (2 Tim 1,5). Este aspecto también lo subrayó el Papa León XIV: «En la familia, la fe se transmite junto con la vida, de generación en generación: se comparte como el pan de la mesa y los afectos del corazón. Esto la convierte en un lugar privilegiado para encontrar a Jesús, que nos ama y siempre quiere nuestro bien»[16].
32. A lo largo de las décadas, además, con la formación y la consolidación de las comunidades cristianas, surge también su papel activo en la tarea de transmitir la fe. En particular, con la difusión de la práctica del bautismo de los niños, la comunidad y la familia se sienten unidas en la responsabilidad común de introducir a los más pequeños en el encuentro con el Señor Jesús. Se trata de la conciencia de que, si los niños reciben la vida de sus padres, en el bautismo obtienen «el sentido para vivirla: la fe. Cuando sabemos que un bien es esencial, enseguida lo buscamos para aquellos a quienes amamos. ¿Quién de nosotros, en efecto, dejaría a los recién nacidos sin ropa o sin alimento, esperando que de mayores elijan cómo vestirse y qué comer? [...S]i el alimento y el vestido son necesarios para vivir, la fe es más que necesaria, porque con Dios la vida encuentra la salvación»[17] .
33. En cualquier caso, sigue existiendo la necesidad de una profunda integración entre la Iglesia y la familia, como recuerda claramente también la Lumen fidei: «la estructura del bautismo destaca la importancia de la sinergia entre la Iglesia y la familia en la transmisión de la fe. A los padres corresponde, según una sentencia de san Agustín, no sólo engendrar a los hijos, sino también llevarlos a Dios, para que sean regenerados como hijos de Dios por el bautismo y reciban el don de la fe. Junto a la vida, les dan así la orientación fundamental de la existencia y la seguridad de un futuro de bien, orientación que será ulteriormente corroborada en el sacramento de la confirmación con el sello del Espíritu Santo»[18]. A este respecto, resulta interesante el vínculo que se puede vislumbrar en la Iglesia latina entre la liturgia del encendido del cirio pascual, preludio de la gran celebración de la Pascua, centro y culmen de la fe cristiana, y la celebración del Bautismo, puerta de esa misma fe, sobre todo en la referencia a Cristo Luz, que debe ser acogido en la existencia de todo creyente.
34. En este contexto, cobra especial relevancia lo que el mismo documento magisterial afirma más adelante: «En la familia, la fe está presente en todas las etapas de la vida, comenzando por la infancia: los niños aprenden a fiarse del amor de sus padres. Por eso, es importante que los padres cultiven prácticas comunes de fe en la familia, que acompañen el crecimiento en la fe de los hijos. Sobre todo los jóvenes, que atraviesan una edad tan compleja, rica e importante para la fe, deben sentir la cercanía y la atención de la familia y de la comunidad eclesial en su camino de crecimiento en la fe»[19].
35. Por el jesuita Aimé Duval, en la que se puede divisar la obra silenciosa y casi natural del testimonio cristiano vivido por los padres frente a sus hijos. Escribe el padre Duval, en el contexto del relato de su turbulenta trayectoria humana y religiosa: «Era el quinto de una familia de nueve hijos. Por delante de mí: Lucie, Marie, Hélène, Marcel; y después de mí: René, Raymond, Suzanne y André. En esta familia, no aprendí la piedad de una manera efusiva ni extraordinaria. Solo había la oración diaria de la noche, rezada juntos. Pero de ella me recuerdo bien y la recordaré hasta que mis ojos se cierren definitivamente. Mi hermana. Mi hermana Hélène recitaba las oraciones, que eran largas para unos niños (un cuarto de hora). Se apresuraba, balbuceaba y se saltaba partes hasta que mi padre le decía en dialecto: "Vuelve a empezar... empieza de nuevo...". Así aprendí, en aquel momento, que era necesario hablar con el buen Dios con lentitud, seriedad y amable paciencia. Mi padre. Lo que hoy me emociona es el recuerdo de la actitud de mi padre. Él, que siempre estaba cansado por sus labores en el campo o por el transporte de los bueyes, él, que mostraba sin vergüenza que estaba cansado al volver del trabajo, he aquí que, después de cenar, se arrodillaba, con los codos apoyados en el asiento de una silla, la frente entre las manos, sin mirar en absoluto a sus hijos a su alrededor, sin moverse, sin toser, sin perder la paciencia. Y yo pensaba para mis adentros: "Mi padre, que es tan fuerte, que manda en la casa y sobre sus dos grandes bueyes, que se muestra orgulloso ante los reveses de la suerte y tan poco tímido ante el alcalde, los ricos y los malvados, he aquí que se hace tan pequeño ante el buen Dios. De verdad que hablar con Dios lo cambia. De verdad, el buen Dios debe de ser alguien muy grande si mi padre se arrodilla ante él, pero también alguien muy cercano si se le puede hablar con la ropa de trabajo...". Mi madre. En cuanto a mi madre, nunca la vi de rodillas. Demasiado cansada, se sentaba en medio de la habitación, con el benjamín en brazos, el vestido negro hasta los talones, su bonito pelo castaño suelto sobre el cuello y todos los niños a su alrededor, apoyados en ella. Seguía con los labios las oraciones de principio a fin, no quería perderse ni una pizca, las recitaba por su cuenta. Lo más curioso es que no dejaba de mirarnos fijamente, cada uno de nosotros estaba bajo su mirada. Una mirada más prolongada para los más pequeños. Nos miraba fijamente, pero no decía nada, ni siquiera cuando los más pequeños se retorcían y murmuraban, ni siquiera cuando el trueno estallaba sobre la casa, ni siquiera cuando el gato tiraba una olla. Y yo pensaba para mis adentros: "La verdad es que el buen Dios es muy amable si se puede hablar con él con un niño en brazos y llevando puesto el delantal de trabajo. De verdad, el buen Dios es alguien importante si el gato o el trueno ya no tienen ninguna importancia". Las manos de mi padre, los labios de mi madre, son estas cosas las que me han enseñado sobre el buen Dios más que el catecismo. Él es Alguien, es Alguien cercano. Con él se puede hablar incluso cuando has estado trabajando»[20].
36. Este conmovedor relato de una iniciación sencilla y alegre de los más pequeños al misterio de Dios, hecha posible gracias al testimonio de los padres, confirma plenamente la intuición a la que ha hecho referencia en repetidas ocasiones el Papa Francisco: la fe debe transmitirse, en el seno de la familia, "en dialecto". Con motivo de la fiesta del Bautismo del Señor, el 7 de enero de 2018, así se dirigía a los padres que habían llevado a sus hijos al bautismo: «Quisiera deciros solo una cosa, que se refiere a vosotros [padres]: la transmisión de la fe se puede hacer solo "en dialecto", en el dialecto de la familia, en el dialecto de papá y mamá, del abuelo, de la abuela.Después llegarán los catequistas para desarrollar esta primera transmisión con ideas, con explicaciones... Pero no os olvidéis de esto: se hace "en dialecto" y si falta el dialecto, si en casa no se habla entre los padres en la lengua del amor, la transmisión no es tan fácil, no se podrá hacer»[21]. Este punto también lo reafirmó el Papa León XIV: «Los primeros catequistas son nuestros padres, aquellos que hablaron con nosotros primero y nos enseñaron a hablar. Así como aprendimos nuestra lengua materna, del mismo modo el anuncio de la fe no puede delegarse a otros, sino que se realiza allí donde vivimos, principalmente en nuestras casas, alrededor de la mesa. Cuando hay una voz, un gesto, un rostro que lleva a Cristo, la familia experimenta la belleza del Evangelio»[22].
37. Así, hasta hace poco, la transmisión de la fe encontraba precisamente en el ámbito familiar el lugar principal para el relevo entre generaciones. Son sobre todo los padres quienes constituyen ese primer "tabernáculo" en el que los pequeños pueden vislumbrar toda la belleza y la fuerza de ser discípulos del Señor Jesús. Este testimonio se materializa en un entramado de gestos sencillos y cotidianos: la oración personal y en pareja, la lectura del Evangelio, el recuerdo de las palabras y los gestos de Jesús, la memoria de los santos patronos, la invocación constante de la protección maternal de la Virgen María, la participación en la misa dominical, la visita a los santuarios y las diversas formas de piedad popular, la atención a los más pobres y desfavorecidos, pero también a través de la oración de acción de gracias antes de las comidas y la bendición del Señor con motivo de los cumpleaños de alguno de los miembros de la familia, así como la devota preparación del belén con motivo de las fiestas navideñas.
38. Sin embargo, hay que constatar que esta situación favorable se está perdiendo progresivamente. De hecho, como se verá más adelante con mayor detalle, uno de los rasgos característicos de nuestra época es el hecho de que, aunque mantiene su importancia en algunas regiones de África y Asia, la transmisión de la fe en el ámbito familiar se ha interrumpido en muchas partes del mundo[23]. En consecuencia, la transmisión a las nuevas generaciones de la experiencia de la fe cristiana ya no se produce de manera, por así decirlo, "automática".
La comunidad eclesial
39. Solo en este punto, y en una segunda etapa, la comunidad eclesial entra en el proceso de transmisión de la fe. Lo que una persona ha recibido de sus padres —el testimonio creyente de Jesús, que reveló plenamente el rostro del amor infinito de Dios, liberando a los seres humanos de las tinieblas y abriéndolos a la verdadera luz de la vida— encuentra en la Iglesia los instrumentos y las ocasiones para que se convierta en el principio fundamental de su forma de ver el mundo. A través de la catequesis, la celebración de los sacramentos, los diversos espacios que favorecen una participación activa en la vida comunitaria —tal y como propone el actual camino sinodal—, el compromiso con los más desfavorecidos y el encuentro en la casa del Señor los domingos, se alcanza esa madurez de la fe que consiste, en última instancia, en mirar todo "con los ojos de Jesús".
40. De hecho, gracias a la acción coordinada entre los padres y la comunidad eclesial, cada uno aprende que en «la fe, Cristo no es sólo aquel en quien creemos, la manifestación máxima del amor de Dios, sino también aquel con quien nos unimos para poder creer. La fe no sólo mira a Jesús, sino que mira desde el punto de vista de Jesús, con sus ojos: es una participación en su modo de ver»[24]. Esta es la plena realización del proceso que aquí denominamos transmisión de la fe: permitir que cada uno alcance tal intimidad con el Señor Jesús que pueda, por fin, mirarse a sí mismo, a los demás, al mundo y al misterio de Dios con los mismos ojos de Jesús. Así se percibe que el acompañamiento de la comunidad es esencial no solo para acoger el Evangelio, sino también para permanecer fieles al don recibido, ya que es muy difícil perseverar en soledad.
41. Hay que constatar asimismo que, en los países de antigua tradición cristiana, este contexto de transmisión de la fe parece hoy comprometido, ya que se caracteriza cada vez más por la presencia de «"personas bautizadas que no viven las exigencias del Bautismo", no tienen una pertenencia cordial a la Iglesia y ya no experimentan el consuelo de la fe. La Iglesia, como madre siempre atenta, se empeña para que vivan una conversión que les devuelva la alegría de la fe y el deseo de comprometerse con el Evangelio»[25]. Además, crece, sobre todo entre los jóvenes, el número de quienes no conocen a Jesús ni el Evangelio.
42. Precisamente por esta razón, la transmisión de la fe exige hoy, de manera especial, la evangelización de los adultos y que se supere una acción pastoral centrada únicamente en la catequesis de los niños y adolescentes.
Capítulo III
El cambio de época
43. Merece una atención especial el contexto de la transmisión de la fe objeto de las presentes Consideraciones, expresado a través de la categoría de "cambio de época". Como es sabido, fue el Papa Francisco quien dio a conocer esta expresión en su discurso a la Curia romana con motivo del intercambio de felicitaciones navideñas, el 21 de diciembre de 2019, al afirmar que: «No estamos viviendo simplemente una época de cambios, sino un cambio de época. Por tanto, estamos en uno de esos momentos en que los cambios no son más lineales, sino de profunda transformación; constituyen elecciones que transforman velozmente el modo de vivir, de interactuar, de comunicar y elaborar el pensamiento, de relacionarse entre las generaciones humanas, y de comprender y vivir la fe y la ciencia»[26]. Como ya recordaba hace más de diez años el Documento final de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, celebrada en mayo de 2007 en Aparecida (Brasil), de ese cambio «cuyo nivel más profundo es el cultural. Se desvanece la concepción integral del ser humano, su relación con el mundo y con Dios»[27].
44. Esta situación está vinculada fundamentalmente a la crisis del modelo cultural de la modernidad, que afecta de manera especial al contexto europeo. Cabe preguntarse, por tanto, si hablar de "cambio de época", en singular, hace plena justicia a los procesos a los que se enfrentan las Iglesias en todas partes del mundo. La respuesta a esta pregunta es sin duda afirmativa, al menos si nos mantenemos en un plano general, por razones relacionadas con el conocido fenómeno de la globalización, que ha favorecido la difusión efectiva del influjo de la cultura occidental en todas las regiones del planeta. Por otra parte, es innegable que algunas experiencias, como la tragedia de la pandemia del COVID-19, han reforzado la conciencia generalizada de pertenecer a una única familia, aunque no faltan tendencias que se mueven en dirección opuesta[28].
45. La urgencia de abordar las cuestiones surgidas por este cambio de época también fue puesta de manifiesto por el Papa León XIV en su primera Carta encíclica Magnifica humanitas: «Estamos viviendo una rápida fase de transición, un "cambio de época" en el que —mientras algunos se disputan el futuro de las nuevas tecnologías y otros se dedican a reflexionar sobre ellas— la mayoría de las personas permanece a la espera, observa desde lejos y simplemente aguarda a que todo salga bien. Precisamente por eso se imponen en nuestra conciencia preguntas decisivas, que ya no pueden eludirse: ¿Hacia dónde vamos? ¿Hacia qué meta deseamos orientarnos? ¿Qué dirección elegir como comunidad humana y como pueblos?»[29]. El Santo Padre ha destacado los rasgos generales de dicho cambio: «La inteligencia artificial y otras innovaciones están remodelando nuestra concepción del trabajo y de las relaciones, e incluso planteando preguntas sobre la identidad humana. La degradación ecológica amenaza nuestra casa común. Los sistemas políticos a menudo no responden al clamor de los pobres. El populismo y la polarización ideológica agravan las divisiones entre las naciones. Muchos se ven afectados por el consumismo, el individualismo y la indiferencia»[30]. A ello se puede sumar también la creciente brecha económica, que, con frecuencia, conduce a la desestabilización de regiones enteras. Se trata de factores globales que conllevan profundos cambios sociales. Estas transformaciones afectan prácticamente a todos los contextos culturales y no dejan de lado ni siquiera a la Iglesia, ya que esta está encarnada en la historia y participa en la vida de los pueblos.
46. Por un lado, de hecho, el atractivo que ejerce un estilo de vida económicamente acomodado y la legítima aspiración a unas mejores condiciones de existencia, favorecida también por el mencionado desarrollo tecnológico, contribuyen a la difusión de mentalidades materialistas e individualistas en todos los continentes. Esto, junto con otros factores, alimenta a nivel global el fenómeno de las migraciones, a menudo marcado por aspectos dramáticos. Por otro lado, estos mismos procesos, incluso en los países de antigua evangelización, han favorecido la formación de contextos multiculturales en los que, junto al secularismo, conviven las instancias culturales propias de pueblos diversos, llamados a afrontar el reto de una convivencia pacífica. Por lo tanto, es necesario reconocer que estas dinámicas no se viven de manera uniforme en las distintas regiones del planeta. Del mismo modo, cabe destacar que la relación con la modernidad occidental —que caracteriza sobre todo a un perfil concreto de Iglesia— se manifiesta de formas diferentes según las culturas a las que pertenecen las distintas comunidades cristianas. Esta realidad es reconocida por el Papa León XIV: «El Pueblo de Dios no sólo está compuesto por muchos pueblos, sino que en su interior está tejido de funciones, vocaciones, culturas y tradiciones diversas, llamadas a apoyarse y enriquecerse mutuamente. [...] La tensión fecunda entre la universalidad de la misión y el arraigo local forma parte íntima de la vida de la Iglesia: ella lleva en su aliento el horizonte del mundo entero, pero asume las preguntas de cada contexto como el lugar real en el que el Evangelio cobra vida»[31]. Se puede concluir, por tanto, que uno de los aspectos más relevantes del cambio de época se refiere al establecimiento de una nueva relación entre la fe —y, por tanto, su transmisión— y las culturas.
La crisis de la transmisión de la fe
47. Un aspecto característico del cambio de época que afecta, por diferentes motivos, sobre todo a Occidente —es decir, a aquellos países en los que la fe cristiana ha tenido también una relevancia sociológica mayoritaria— se refiere a la crisis de la transmisión generacional de la fe cristiana. Esto es lo que ya había señalado Evangelii gaudium: «Tampoco podemos ignorar que en las últimas décadas se ha producido una ruptura en la transmisión generacional de la fe cristiana en el pueblo católico. Es innegable que muchos se sienten desencantados y dejan de identificarse con la tradición católica, que son más los padres que no bautizan a sus hijos y no les enseñan a rezar, y que hay un cierto éxodo hacia otras comunidades de fe»[32].
48. Esto tiene mucho que ver, sobre todo en Europa, Estados Unidos de América y Canadá, pero también en Australia y Nueva Zelanda, con una fase avanzada de secularización, que ha provocado una crisis relevante del cristianismo vivido en el ámbito doméstico. En realidad, cada vez son menos los padres que cumplen con la tarea de poner a sus hijos en contacto con la luz viva del mensaje evangélico. Es precisamente de estos contextos familiares de donde procede la mayoría de los jóvenes, hombres y mujeres, que, a pesar de haber frecuentado los ambientes católicos de la parroquia, acaban viviendo la transición a la edad adulta con una actitud de indiferencia religiosa sustancial. Para estas personas que, a pesar de haber recibido el bautismo, han perdido el sentido cristiano de la vida, Jesús, su mensaje de amor, esa luz que vino a irradiar en la historia humana, ya no representa ni un elemento esencial de su propia identidad ni un recurso fiable para discernir lo que es justo hacer con vistas a una vida humanamente digna.
49. Sin embargo, esto no afecta únicamente al llamado Occidente avanzado. En Europa del Este, por ejemplo, que ha sufrido la grave prueba de los regímenes totalitarios comunistas y la consiguiente instauración de una sociedad basada en el ateísmo de Estado —cuyos efectos, no obstante, no han sido los mismos en todas partes— fue la generación de los actuales padres la que sufrió la interrupción de la transmisión de la fe. Así lo atestiguan, en particular, los obispos de los territorios de la antigua Unión Soviética, quienes han podido constatar «que la fe había pasado de las abuelas [...] a los nietos, pero sin la implicación directa de la generación intermedia. Como consecuencia de ello, la generación de los "nietos" no ha encontrado en sus padres una fe vivida en la experiencia cotidiana»[33]. Los obispos de Albania también ofrecen testimonios similares[34]. Por ello, concluyen los obispos de la Iglesia greco-católica de Hungría, «ya no podemos dar por sentado que los padres transmitan automáticamente la fe a sus hijos. Lo que en el pasado resultaba eficaz, en la situación actual ya no produce los mismos frutos»[35].
50. Esta ruptura en la transmisión de la fe en la familia también se observa en América Latina y el Caribe, donde se manifiesta sobre todo como una interrupción de la continuidad orgánica entre la familia y la sociedad. De hecho, como señalan los obispos de Chile: «Durante décadas se dio por descontado que existía una cierta continuidad entre familia, escuela, cultura y comunidad eclesial. En ese marco, la fe podía ser descrita como algo que se transmitía relativamente de manera orgánica de una generación a otra»[36]. A este respecto, los obispos de las Antillas observan un debilitamiento de la continuidad generacional[37], sobre todo en lo que se refiere a la catequesis y la práctica sacramental. En otro contexto, como el de Panamá, donde la fe sigue estando muy presente en las manifestaciones populares y en los momentos importantes de la vida, se percibe que la fe «ya no se transmite de manera natural dentro de las familias»[38]. En Colombia, como en otros lugares del planeta, son los abuelos quienes suplen las carencias de la catequesis doméstica, en paralelo a la parroquial[39]; en otras zonas, en cambio, por motivos relacionados con la cultura local, se llega incluso a posponer el bautismo de los hijos hasta una edad más adulta, como ocurre en la Amazonía peruana[40]. En definitiva, todos estos testimonios muestran que ha dejado de existir una especie de "automatismo" en la transmisión de la fe.
51. Un problema similar afecta también a la mayoría de las Iglesias de Asia, sobre todo en las regiones más avanzadas tecnológicamente. En estos casos, sin embargo, se trata de un cristianismo que siempre ha sido minoritario a nivel social y que solo recientemente está experimentando algunas dificultades en la transmisión familiar de la fe. En Corea, por ejemplo, los obispos observan que, debido a la preocupación de los padres, sobre todo por la carrera académica y profesional de sus hijos, la tarea de la catequesis de los más jóvenes recae principalmente en los abuelos[41]. También los obispos de Malasia, Singapur y Brunei denuncian que se da prioridad a las exigencias de la carrera profesional, mientras que la formación espiritual se reduce progresivamente al uso personal de los medios de comunicación modernos[42]. En Bangladés se observa una situación análoga, agravada aún más por un contexto social de mayoría musulmana[43]. En Japón, en cambio, se encuentran dificultades en ciertos aspectos similares a las del mundo occidental, sobre todo en lo que se refiere a la catequesis parroquial y a la gran difusión de los matrimonios entre miembros de tradiciones religiosas diferentes que, de alguna manera, obstaculizan la transmisión de la fe en el ámbito doméstico
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