Cómo superar el clericalismo político

29 de diciembre de 2022

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El filósofo católico italiano Augusto Del Noce advertía ya en 1970 sobre un «nuevo totalitarismo» más completo que cualquier otro en el pasado. Se fundamentaba en tres pilares:

 

El primero, la conversión de la ciencia en una ideología, algo propio del pensamiento Ilustrado, que tiende a convertir los medios, y en el ámbito científico, en fines; lo que corresponde a la moral, la filosofía y sobre todo a la fe en Dios, lo que llamamos religión.

 

Su pretensión absoluta nace precisamente de su pretensión científica que, como tal, no puede ser discutida. El materialismo científico marxista es un excelente ejemplo de ello, como lo es en nuestro tiempo la ideología gender y su derivada, la ideología queer y los llamados “estudios de género” que, con su pretensión totalitaria, contaminan toda la Universidad.

 

Otro pilar, se ha convertido en el eje central de la política de nuestro tiempo: la aplicación de la cultura de la desvinculación de la realización personal mediante la satisfacción de las pulsiones del deseo, como principal o único hiper bien, concretado en el sexo, sin ningún tipo de cauce ni límites. Del aborto a las identidades de género, la educación escolar, la destrucción de la patria potestad y con ella de la familia, el crecimiento de la pederastia, la prostitución y la pornografía, la liquidación del matrimonio, el falso empoderamiento femenino basado en relaciones sexuales hookup, para  usar  el termino anglosajón mas o menos equivalente al “aquí te pillo aquí te mato”, la generalización de la cultura sexual gay en la relaciones heterosexuales, la abundancia de adolescentes que se declaran bisexuales o transgénero, el llamado pesimismo heterosexual, la fragilidad de la relaciones de pareja, la penetración de la pornografía a edades muy temprana de los adolescentes, su extensión, más mimética que deseada, entre las chicas, y la tendencia creciente a integrar sus comportamientos como si fueran reales.

 

Todo esto y más, es el auge de un totalitarismo que, inspirado en la satisfacción del impulso sexual, constituye seguramente la amenaza mas potente que ha conocido nuestra cultura desde sus lejanos orígenes en Grecia, Roma y Jerusalén. El mayor factor de disgregación social que afecta a nuestra sociedad.

 

El tercer pilar del nuevo totalitarismo de Del Noce es el pensamiento religioso progresista. La teología progresista, en la práctica es una «teología de la secularización», afirmaba el filósofo. Sirve como una especie de capellanía al proceso de disrupción social al proporcionar el lenguaje para una rendición gradual de la moralidad católica. En nombre de la caridad, cambia el enfoque principal de la fe de un encuentro vertical con Dios a preocupaciones sociales horizontales, de lo trascendente a lo inmanente.

 

La religión progresista ayuda a su propia extinción. En si misma es estéril, no se reproduce o lo hace en escasa medida, pero cuenta con dos grandes fortalezas.

 

Una está alineada con la mundanidad, con el gobierno del mundo, y esto es mucho, porque los aúpa y beneficia. Un sacerdote contrario al aborto es un ultracatólico, a pesar de que está en el centro de la doctrina de su fe, mientras que un clérigo que no lo cuestiona es un ejemplo, a pesar de que se sitúa fuera de la Iglesia. La fuerza de la distorsión mundana es enorme.

 

Su segunda fortaleza surge del hecho de que la mayoría, y esto tiene mucho que ver con el estado actual de la Iglesia, están instalados en la estructura eclesial diocesana o congregacional, lo que les otorga un lugar de predominio en el mundo católico.

 

Hoy ese progresismo religioso se ha transformado en “clericalismo político”.   

 

Se trata de aquellos clérigos que utilizan su posición presbiteral y el lugar que ocupan, para favorecer las ideologías mundanas. Esta dinámica, a la vez jaleada y apoyada por la mundanidad laicista, destruye desde dentro la cohesión del Pueblo de Dios y desanima a sus fieles, que ya no entienden nada de un mensaje, el cristiano, que precisamente ganó al mundo por ser claro y sencillo como el agua en las cuestiones morales.

 

Si el obispo Munilla critica al gobierno en razón del aborto, esto es hacer política y es un ultra, a pesar de que no hace otra cosa que hablar de acuerdo con la voz de la Iglesia.

 

Pero, si en la iglesia de San Antón en Madrid, la parroquia del padre Ángel García, se presenta el libro “Os ruego en nombre de Dios” firmado conjuntamente por el periodista vaticanista Hernán Reyes y el propio papa Francisco, y la presentación la preside la vicepresidenta del Gobierno Yolanda Díaz, con el añadido informativo, más bien confuso, de que ha sido el indeterminado “Vaticano” quien ha querido que patrocinara el acto, esto no es político. Y no lo es que el coautor, Reyes, utilice el nombre de Francisco para marcarse un eslogan electoral” el papa quiere sumar”, un apoyo claro y decidido al nuevo proyecto de la extrema izquierda; la izquierda de la izquierda para la progresía, que Díaz ha puesto en marcha con la organización del mismo nombre Sumar.   Esto, no es que sea político, es que es un escándalo. Porque se hace cómplice de una persona destacada del Gobierno y de un proyecto político que ha hecho más leyes destructoras desde muchos puntos de vista y, especialmente, desde el cristiano de todas las épocas. Jugar a esta confusión es lo que hace el clericalismo político actuando como “capellanía al proceso de disrupción social al proporcionar el lenguaje para una rendición gradual de la moralidad católica”.

 

Como es clericalismo político, el mensaje a través de Twitter de Pedro Huerta, sacerdote trinitario, secretario general de las Escuelas Católicas, en las que literalmente decía:” Construimos pacto educativo con CRISHMOM comunidad cristiana LGTBI+H. Todos nos necesitamos en la aldea de la educación para salvarnos cuidar, acompañar y comprender en la diversidad”. Como el escándalo que se montó, como consecuencia de este hecho entre padres y escuelas pertenecientes a aquella organización fue mayúsculo, se produjo un tenue desmentido, pero no por parte del máximo responsable, el secretario general, sino de su adjunto, que afirmó que no se había firmado ningún pacto y que se había malentendido el mensaje. Sea lo que fuere, lo que es evidente es que, un dirigente decisivo de las Escuelas Católicas asume la plenitud de la interlocución con una organización, de las muchas que hay, del homosexualismo político, en este caso especializada en el ámbito cristiano.

 

Porque, seamos claros, una cosa es asumir el respeto para toda persona, sea cual sea su condición, acogerla y acompañarla a título individual, y otra cosa muy distinta, no querer ver que una cuestión es la homosexualidad, que guarda relación con la vida de algunas personas, y otra es el movimiento homosexual político, que encarnan los grupos militantes, y que persiguen, y lo están consiguiendo, transformar la sociedad de acuerdo con sus intereses, que son contrarios a la concepción cristiana.

 

Ir de la mano de estos grupos, presentarse como vinculados con ellos, esto es política en estado puro. No tiene nada que ver con los derechos de los ciudadanos, porque estos derechos, por ejemplo, exigen la igualdad ante la ley, que es todo lo contrario del privilegio de la inversión de la carga de la prueba de la que gozan por ley las personas que dicen pertenecer a aquellos grupos que han ido modelando las instituciones de la sociedad de acuerdo con sus intereses, transformándolas en algo muy distintito a lo que eran, como sucede con el matrimonio, la paternidad y la maternidad, fundamento de la antropología cristiana.

 

Todos estos sacerdotes hacen política partidista, bien de una opción concreta de carácter electoral, caso de la vicepresidenta Díaz, bien de una opción ideológica que se reparte entre diversas opciones electorales.

 

Todo esto no puede ser, no puede continuar así. Y lo primero que hay que hacer es situar el foco ante hechos de este tipo y exponer públicamente las contradicciones y el daño que generan. Pero, hay que hacer más, hay que construir -y es lamentable tener que decirlo- un estado de opinión en el seno de la Iglesia, que sea conforme con lo que la propia Iglesia dice, con lo que el Concilio Vaticano II y la doctrina social ha establecido, con los acuerdos fundamentales de nuestra fe, que nos dicen que Dios se hizo presente en el mundo en la segunda persona trinitaria de Jesucristo, para explicar cuál era el camino a seguir, y que la Iglesia, desde los evangelistas, los apóstoles, pasando por San Pablo y los Grandes Padres, y siguiendo por el magisterio eclesial, han desarrollado a lo largo del tiempo.

 

Construir este estado de opinión y desplazar al clericalismo político de sus lugares de poder es una tarea necesaria y urgente.

 

 

Fuente: Forum Libertas

 

 

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