Algunos sacerdotes necesitan terapia. Y esto no es señal de una fe débil o falta de oración, dice padre Mariusz Marszalek

Algunos sacerdotes necesitan terapia. Y esto no es señal de una fe débil o falta de oración, dice padre Mariusz Marszalek

Sacerdote palotino en la provincia polaca de Częstochowa, Mariusz Marszałek es también doctor en Derecho Canónico, psicoterapeuta y coordinador del apostolado de la Divina Misericordia. Posee una profusa experiencia en el acompañamiento de sacerdotes.

por Portaluz

17 Marzo de 2026

San Vicente Pallotti, fundador de la Asociación del Apostolado Católico y de la Unión del Apostolado Católico, es considerado un gran devoto de la Divina Misericordia. Teniendo a su fundador como fuente de inspiración espiritual, el sacerdote palotino Mariusz Marszałek ha venido sirviendo por varios años en el Centro de Tratamiento de Adicciones Juveniles en Częstochowa. En paralelo realizó estudios de psicoterapia, que le han permitido acompañar de manera integral a quienes padecen diversas fragilidades en su salud mental. Realidad que también afecta a muchos sacerdotes, como revela en esta entrevista con Eco Católico de Polonia...

"Cuando oigo la frase: «la depresión se cura con la oración», pregunto: ¿acaso el cáncer también se cura intensificando las prácticas de piedad? Cuando alguien padece cáncer, acude al oncólogo, sigue un tratamiento concreto y, al mismo tiempo, reza. La oración puede dar lugar a un milagro, pero sobre todo ayuda a encontrar el sentido del sufrimiento al unirlo al sufrimiento de Jesús", advierte padre Mariusz.

En redes sociales usted publica la serie «El hombre de la sotana»: sin edulcorar, sin fingir. ¿Qué le llevó a decidir hablar tan abiertamente sobre la salud mental de los clérigos? 

Porque veo cómo muchos sacerdotes sufren en silencio, y el silencio puede matar. El impulso para abordar el tema fue la noticia del suicidio de padre Matteo Balzano, de la diócesis de Novara, en Italia. Seguí las reacciones a esta noticia en los medios italianos y en los perfiles de Facebook de amigos de Italia, y me sorprendió lo mucho que diferían de los comentarios que aparecen en otros espacios públicos ante noticias de tragedias similares. Los italianos, sin importar su relación con la fe y la Iglesia, expresaban empatía, compasión, preocupación y tristeza. El suceso no se utilizó para atacar a la Iglesia. El centro de atención era el ser humano. 

Más o menos al mismo tiempo se publicaron los resultados de un estudio sobre la salud mental de los sacerdotes en Francia. Los datos apuntaban a un problema real. Lo relacioné con la situación en Polonia y me di cuenta de que sobre la salud mental de los sacerdotes en nuestro país o bien no se habla en absoluto, o bien se habla para avivar la narrativa anticlerical. Surgió la idea de abordar este tema sin buscar culpables, sino centrándonos en formas reales de ayuda.

sacerdote mariusz marszalek
Sacerdote Mariusz Marszalek

A veces, ante una crisis, un clérigo oye: «Reza más», «reacciona». ¿Por qué estos consejos —aunque suenen piadosos— pueden agravar la soledad de una persona que lucha contra la depresión?

Porque suenan como: «Tu sufrimiento es culpa tuya». La depresión es una enfermedad bien descrita en la 11ª edición de la Clasificación Internacional de Enfermedades de la OMS y, como cualquier otra, requiere tratamiento. Cuando oigo la frase: «la depresión se cura con la oración», pregunto: ¿acaso el cáncer también se cura intensificando las prácticas de piedad? Cuando alguien padece cáncer, acude al oncólogo, sigue un tratamiento concreto y, al mismo tiempo, reza. La oración puede dar lugar a un milagro, pero sobre todo ayuda a encontrar el sentido del sufrimiento al unirlo al sufrimiento de Jesús. Lo mismo ocurre con las enfermedades mentales. La persona que sufre necesita empatía, apoyo y acompañamiento, no «consejos de oro». Relacionar el sufrimiento con la culpa es profundamente contrario al Evangelio. Siguiendo esta línea de pensamiento, habría que decir que Jesús, al llevar la cruz, sufre por su propia culpa. Esa era la narrativa de los fariseos y los escribas. No tiene nada que ver con la fe cristiana.

¿Por qué sigue siendo tan difícil hablar de cansancio, crisis o necesidad de terapia en el ámbito del clero?

No conozco una respuesta clara a esta pregunta. Sin embargo, me parece que aquí tocamos un tema muy delicado: la secularización, es decir, la secularización del pensamiento eclesiástico. En la Iglesia se ha infiltrado una mentalidad centrada en la eficiencia y la eficacia. Se trata de una lógica corporativa, no evangélica. Esta actitud requiere una conversión dentro de la Iglesia. En el corazón del Evangelio está el ser humano, y no un resultado en forma de estadísticas al alza. Este fenómeno ya lo señalaron hace años los autores del documento de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica titulado «Vino nuevo, odres nuevos». Es una lástima que no se haya leído en profundidad. Aunque se refiere a las personas consagradas, afecta —en mi opinión— a toda la Iglesia.

¿Qué le diría usted a un joven sacerdote que está convencido de que la depresión se puede «curar con la oración» y teme recurrir a ayuda profesional?

No soy un experto en dar buenos consejos, así que no sé qué le diría. Más bien le acompañaría en el descubrimiento de su propia humanidad como lugar de revelación de Dios. Esto lo ilustra maravillosamente la imagen de Jesús Misericordioso pintada por Kazimirowski, la primera y única en cuya creación participó Santa Faustina. Contiene la profundidad teológica de la verdad sobre la Misericordia de Dios. Jesús, representado caminando sobre un fondo oscuro, es símbolo de Dios, que entra en la vida del hombre tal y como es. En el Nuevo Testamento, es precisamente la vida del hombre la que se convierte en espacio de teofanía. Al rechazar mi propia humanidad, no permito que Dios se revele. Espero que el joven sacerdote, al aceptarse a sí mismo, se abra a diversos caminos de encuentro con Dios, no solo a través de las prácticas religiosas. Conozco a personas para quienes la terapia y el enfrentamiento con la enfermedad se convirtieron en el inicio de la conversión y del paso de la piedad a una espiritualidad madura.

sufrimiento

En el Salmo 23 aparece la imagen del «valle oscuro». Para muchos sacerdotes, no se trata de una metáfora poética, sino de una experiencia real de crisis, miedo o depresión. ¿Qué es ese «valle oscuro» en la vida de un sacerdote?

Hablamos de uno de los 150 salmos que conforman un todo mayor. Si percibimos el Salmo 23 precisamente en ese contexto, descubrimos que «nada de lo humano» le es ajeno a Dios. La tristeza, la ira, el miedo o la alegría son, al fin y al cabo, estados naturales del ser humano creado a imagen y semejanza de Dios. Por lo tanto, el Libro de los Salmos es un antiguo manual de espiritualidad y psicología. Al mismo tiempo, el lenguaje de los salmos es poético, no científico. Por eso soy muy cauteloso a la hora de considerar el «valle oscuro» como sinónimo de crisis o depresión. La metáfora tiene un sentido pastoral, pero no es un diagnóstico. En la vida de un sacerdote, el «valle oscuro» no siempre significa la ausencia de Dios, sino más bien la falta de fuerzas, de sueño, de seguridad y de relaciones. Es la experiencia de seguir adelante sin sentirse motivado.

El sacerdote suele desenvolverse en un entorno de grandes expectativas: debe estar disponible, ser afable y tener una fe firme. ¿Cómo afecta esta presión a su estado psíquico y a su disposición a reconocer sus debilidades? 

En psicoterapia se habla de la transferencia: la proyección inconsciente sobre el terapeuta de los sentimientos que se tienen hacia personas importantes del pasado. El paciente empieza a sentir hacia el terapeuta lo que en su día sintió hacia su padre o su madre —a veces amor y admiración, a veces ira y miedo—, proyectando en él expectativas no cumplidas y viéndolo como el antídoto contra sus dificultades. Se aplica un mecanismo similar con respecto al sacerdote. Los fieles esperan que les proporcione seguridad, estabilidad, que satisfaga sus necesidades y caprichos: que esté siempre disponible, sonriente, etc. Y de repente, en lugar de ser un intermediario entre el hombre y Dios, se convierte —utilizando el lenguaje de la psicoterapia— en el «padre ideal». La diferencia entre la psicoterapia y la pastoral es aquí fundamental. El psicoterapeuta dispone de herramientas para asumir y trabajar esa experiencia. El sacerdote a menudo sucumbe a esta presión, sobre todo porque tiene un carácter colectivo. Intenta desempeñar el papel de «padre ideal», alejándose de sí mismo y asumiendo un papel que no es capaz de cumplir. Esto genera frustración, agotamiento y, a veces, una crisis que podría llevarle a pensar en abandonar el sacerdocio.

Muchos sacerdotes oyen —ya sea de forma directa o entre líneas— que la depresión es sinónimo de falta de fe. ¿De dónde surge esta creencia y hasta qué punto es injusta? 

De una confusión de conceptos. La depresión es una enfermedad de origen neurológico que requiere tratamiento farmacológico. La psicoterapia es, en este caso, solo un apoyo. La depresión puede suscitar preguntas sobre el sentido o la presencia de Dios, pero no se debe a una falta de fe. Es una enfermedad «democrática»: afecta a personas de diferentes condiciones sociales, profesiones y confesiones. 

Hay clérigos que son capaces de pronunciar sermones conmovedores, dirigir retiros, ocuparse de la pastoral y, al mismo tiempo, sentir internamente un vacío y una falta de sentido. ¿Por qué precisamente esta forma de sufrimiento suele ser el más difícil de detectar en el caso de los sacerdotes?

Piénsalo: ¿es posible, a largo plazo y sin consecuencias para la salud mental y física, predicar sermones conmovedores, dirigir retiros, llevar a cabo la pastoral parroquial y, al mismo tiempo, estar «a tope» en todo, siempre en buena forma, siempre a toda máquina? Si tomamos como referencia los deportes olímpicos, no es posible practicar varias disciplinas exigentes al más alto nivel al mismo tiempo. Lo mismo ocurre con los sacerdotes. Aunque todos estamos llamados al ministerio pastoral, cada uno de nosotros tiene talentos y aptitudes específicos. Por eso, en el ministerio pastoral son tan importantes la colaboración y el reparto de responsabilidades. Esto nos protege del sufrimiento y la frustración que surgen de la sensación de ser «insuficientes».

misericordia

En la Iglesia se ha arraigado profundamente la imagen del sacerdote como héroe: siempre fuerte, disponible, «para todo». ¿Qué precio paga quien, durante años, intenta estar a la altura de ese ideal?

El ser humano es un ser social, compuesto por cuerpo, mente y alma. Renunciar a una de estas dimensiones desequilibra todo el sistema. Poco antes de morir, Jesús no se lanzó a un torbellino de actividades. No decidió predicar día y noche y «convertir a las multitudes». Se dirigió a Betania, a casa de sus amigos, donde pasó el tiempo en un ambiente hogareño y tranquilo, entre quienes le amaban. Si el propio Salvador me muestra lo importante que es cuidar la salud mental y el equilibrio entre el cuerpo, la mente, el alma y la dimensión relacional de la humanidad, ¿quién soy yo para situarme por encima de ello? Si no acepto mi propia humanidad, me condeno a un sufrimiento que conduce a una lenta degradación, y esta a menudo se manifiesta en forma de adicciones, vacío interior y amargura.

¿Cómo pueden los laicos reaccionar con sensatez y responsabilidad cuando se enteran de que su párroco sufre depresión, o cuando ven que «algo le pasa»? ¿Qué es lo que más se necesita en ese momento: discreción, diálogo, ayuda concreta, o quizá simplemente una pregunta sencilla como: «¿Cómo se encuentra, padre?»

Un amigo mío, sacerdote y psicoterapeuta, me señaló que la clara división entre laicos y clérigos no apareció hasta la Edad Media. Antes había fieles que desempeñaban diversos ministerios: simplemente hermanos en la fe. Quizás hablar abiertamente de las crisis y las enfermedades mentales de los sacerdotes sea un paso hacia el ideal de la Iglesia primitiva. Es importante ver en el otro —independientemente de su función— a un hermano en la humanidad y en la fe.

Me divierte y me molesta a la vez la pregunta: «¿Cómo está, padre? Todo bien, ¿verdad?». Esta pregunta da por sentada la respuesta y cierra el encuentro en la cortesía. También la pregunta: «¿Cómo se siente realmente el padre?», puede ser una trampa, porque invade la privacidad y provoca la respuesta: «Todo va bien». Si veo sufrimiento, no tengo por qué nombrarlo; basta con una señal: «Veo cansancio. ¿Cómo puedo ayudar? ». Por eso, a veces es más fácil iniciar una conversación, por ejemplo, con palabras como: «Creo que últimamente tiene muchas cosas en la cabeza, porque veo cansancio en usted» o: «Tengo la impresión de que últimamente está pasando por algo. ¿Cómo puedo ayudarle?». Yo mismo suelo preguntar a modo de saludo: «¿Qué tal?» o «¿Cómo te sientes?». A veces, los sacerdotes se quedan en silencio y dicen: «No sé qué decir». Los jóvenes del centro de tratamiento de adicciones reaccionan de otra manera. Cuando oyen esa pregunta, hablan abiertamente de sus experiencias, piden ayuda, pero también quieren saber qué siento yo. Esto pone de manifiesto las carencias en la formación humana del sacerdocio. Se habla de la importancia de las emociones en la vida de los sacerdotes desde «Pastores dabo vobis», y León XIV lo recordó en la carta apostólica «Una fidelidad que genera futuro». Esta lección aún está pendiente.