La impactante historia de una prostituta que alcanzó la santidad

03 de noviembre de 2021

Le costó años perdonarse a sí misma tras un desliz sexual con un hombre. Su tío, que la había adoptado cuando ella tenía siete años, tuvo que disfrazarse para arrancarla del burdel en el que se había refugiado, por no abrirse al perdón de Dios.

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Antes de comenzar a batallar conscientemente por seguir a Cristo, las vidas de quienes son reconocidos santos por la iglesia contienen todas las luces y oscuridades de la humanidad. Algunos fueron y conservaron siempre una prístina pureza de alma, otros en cambio dieron la espalda a la gracia de Dios derivando a deambular por el fango del pecado antes de retornar como hijos pródigos al camino que lleva a la santidad.

 

Tal fue el caso de la joven María de Edesa quien tuvo el privilegio de nacer en una adinerada familia dedicada a los negocios. La repentina muerte de sus padres podría haber dejado expuesta a la pequeña María de tan solo siete años. Pero los familiares de la niña le pidieron a su tío, Abraham, hombre de Dios y eremita con fama de santidad, que la adoptara.

 

No era un asunto simple. Abraham se había retirado al desierto en su juventud, huyendo de un matrimonio forzado y recluyéndose en una celda en la que solo había una pequeña ventana. A través de ella la gente acudía a pedirle consejo y a dejarle comida. ¿Cómo podría, viviendo de tal forma, ocuparse de cuidar a una niña de tan corta edad? se preguntaba el eremita. La solución fue que mandó construir una celda junto a la suya, donde educó a María como una ermitaña más.

 

Ella tenía 20 años cuando se vería derrotada por una de las armas predilectas del demonio: el deseo sexual desenfrenado. La red comenzó a tejerse cuando uno de tantos hombres que acudía a la celda de Abraham a pedir consejo se quedó prendado en la belleza de la joven. Lejos de resistir aquella tentación erótica, el hombre siguió acudiendo allí para, con la excusa de recabar la ayuda espiritual del tío, ir seduciendo poco a poco a la inexperta joven, hasta que llegó un día en que María entregó su cuerpo por entero a la lujuria con aquel amante.

 

Prostituyéndose en un burdel de Siria

 

Una vez aplacado el fuego de esa pasión la joven María fue consciente de su pecado y cometió un segundo error, que fue dejarse aplastar por la vergüenza, creer que no merecía la misericordia liberadora de Dios. Fue así que huyó de su tío y se fugó a una ciudad en Siria donde nadie la pudiera conocer. Su desprecio de sí misma era tal que se ofreció como prostituta en un burdel local, donde estuvo dos años. Al conocer lo sucedido, su tío, destrozado por la ausencia de su sobrina, decidió aumentar los momentos de oración y penitencias suplicando a Dios por la conversión y regreso de María.

 

En uno de estos momentos de oración tuvo la visión de un dragón que devoraba a una paloma blanca e identificó en ella a su sobrina. Dos días después, en una nueva visión, aparecía el dragón con las tripas abiertas y la paloma, intacta, saliendo viva de él.

 

Habían transcurrido dos años desde la huida de María cuando recibió noticias de dónde se encontraba y aunque no había salido de la ermita en décadas, partió a buscarla.  El ermitaño se disfrazó de soldado y así llegó hasta el burdel y para evitar cualquier conflicto, pagó para pasar un tiempo con la joven prostituta, que no lo había reconocido. Una vez solos, el tío se dio a conocer y entre lágrimas le dijo: «Hija, María, ¿no me conoces? ¿Qué ha sido ahora de tu hábito angelical, de tus lágrimas y vigilias, de tus alabanzas divinas?»

 

Perdonados porque somos amados

 

No fue tarea fácil para Abraham romper la coraza que la vergüenza y el pecado repetido habían formado en el alma de María. Solo después de varias horas invocando a Dios, hablando y llorando, salieron de día, al sol del amanecer. Muchos en la región supieron del regreso y conversión de María e incluso se dice que el mismo san Efrén, amigo de Abraham, fue a visitarla y a orar por ella. Los 15 años siguientes, la joven los pasó rezando junto a su tío, pared con pared, y fueron muchos los que acudieron a ella, no solo a escuchar sus consejos espirituales, sino también a recibir gracias de conversión y sanaciones físicas que Dios regalaba por intermedio de María.

 

Todo aquello que había aprendido de la misericordia de Dios, en carne propia, fue lo que esta santa mujer transmitió durante el resto de sus días. María de Edesa murió en el año 361, «con el rostro tan brillante que comprendimos que coros de ángeles habían asistido a su paso de esta vida a una mejor», escribiría san Efrén.

 

Hoy, a santa María de Edesa, cuya fiesta se celebra el 29 de octubre, se la invoca ante las tentaciones de naturaleza sexual comenta la artista Kristyn Brown creadora de la imagen que ilustra esta crónica. «En realidad, no importa lo que hayas hecho, o dónde hayas estado, siempre se puede empezar de nuevo. Dios siempre nos perdona. Solo caemos en la trampa cuando no nos perdonamos o creemos que somos demasiado horribles para ser perdonados. No lo somos», añade Kristyn.

 

 

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