'Un cardenal de París'

'Un cardenal de París'

Antonio R. Rubio Plo por Antonio R. Rubio Plo

14 Septiembre de 2026

El 17 de septiembre se cumplen cien años del nacimiento del cardenal Jean Marie Lustiger, arzobispo de París entre 1981 y 2005. Es un hombre que ha dejado una profunda huella tanto en Francia como en la diócesis de París. Recuerdo haber leído hace años La elección de Dios, un libro de entrevistas que le hicieron en 1985 Jean Louis Missika y Dominique Wolton, dos sociólogos que no fueron nada condescendientes con él. He vuelto ahora a retomar ese libro para evocar su vida personal y no ceñirme a cuestiones eclesiásticas, aunque se tratara de un cardenal.

De Lustiger casi todo el mundo subrayaba su origen judío, si bien se bautizó a los 14 años en Orleans en los inicios de la ocupación alemana de Francia en 1940. Conservó el nombre hebreo de Aron y añadió los de Jean Marie. Sus padres no eran muy practicantes de la religión judía, y al inicio no aceptaron de buen grado esta conversión. Seguramente las circunstancias de una Francia en la que se desataba una persecución antisemita influyeron en que ambos aceptaran finalmente que su hijo se hiciera cristiano. Pero antes de este hecho, he querido fijarme en las inquietudes del Lustiger niño, cuya familia cambió en varias ocasiones de domicilio parisino pasando de Montmartre a Montparnasse.

No recuerdo dónde leí una vez que la infancia es más decisiva de lo que se piensa en la vida de un individuo. Muchos niños han tenido profesores que han influido en sus vidas como los que tuvo Lustiger en el liceo Montaigne. No da sus nombres, pero nos dice en La elección de Dios que tuvo un profesor de letras y otro de ciencias naturales que supieron despertar sus inquietudes. Del primer profesor subraya que hablaba a los niños como si fueran adultos. Hoy alguien nos diría que esto es antipedagógico, pero Lustiger se muestra agradecido porque aquel profesor le enseñó a reflexionar. Del segundo profesor admira su sentido del humor y su versatilidad, pues era capaz de combinar el estudio de los insectos con el Antiguo Testamento y San Agustín. Sabemos que se llamaba Jean Bathelier y se autodefinía como "anarquista cristiano". Por aquel entonces, Lustiger no podía saber que aquel profesor sería su padrino de bautismo en Orleans.

En 1944, al término de la guerra, Lustiger empezó estudios de Letras en La Sorbona y cuenta que le gustaba deambular por las calles de París. Entiendo sus sentimientos porque yo mismo he caminado por los lugares que cita: el jardín del Luxemburgo, el bulevar Saint Michel, la plaza Saint Sulpice, la biblioteca de Santa Genoveva... Por eso me he dado cuenta de que esos paseos eran un perfecto complemento de las lecturas que hizo por entonces, principalmente los grandes escritores franceses de los siglos XIX y XX. En París la historia y la cultura salen de continuo a nuestro encuentro, pero necesitamos para apreciarlas de unos ojos y oídos bien abiertos, aunque también nos podría hacer falta un corazón sabio o inteligente como el que Salomón pedía a Dios (1 Re-3, 9).

Sin embargo, en 1946 Lustiger entró en el seminario y ocho años después fue ordenado sacerdote. Esto no le hizo abandonar su interés por la cultura, particularmente la literatura y la filosofía. De hecho, todo aquel que verdaderamente ama el Libro de los libros tiene también que amar la buena literatura. Por lo demás, La Escritura y la liturgia están inseparablemente unidas, y no es extraño que el párroco Jean Marie Lustiger, destinado en la iglesia de Sainte Jeanne de Chantal en París entre 1969 y 1979, quisiera recalcar a sus feligreses la importancia de ambas en la vida del cristiano. No era el tipo de cura que esperaban los habitantes del acomodado distrito 16. Quizás estaban acostumbrados a algo más rutinario o burocrático, o confundían tradición con inmovilismo. Esa actitud, aunque no se busque, suele llevar a un repliegue de la religión a la vida privada. La actitud contraria es la adhesión acrítica a los valores sociales y políticos del momento, y esto podía ser frecuente en aquellos años del posconcilio. El párroco Lustiger no se identificaba con ninguna de estas dos posturas. Seguramente las habría calificado de conformistas.

Hace un tiempo conseguí adquirir el libro Sermons d' un curé de Paris 1975-1977, donde se recopilan algunas homilías de Jean Marie Lustiger. No sería sencillo decir mi preferencia por alguna en concreto, aunque quizás hay una que expresa muy bien su estilo pastoral y que guarda relación con sus orígenes judíos. Al igual que otros conversos, no se avergonzó de ellos. Seguía siendo un judío, pero había aceptado a Cristo como el Mesías, aunque fuese un Mesías sufriente.

Estamos ante una homilía sobre el evangelio de Marcos 12, 28-34, en el que un escriba pregunta a Jesús por el mandamiento más importante. La respuesta es bien conocida, pero Lustiger se fija sobre todo en el "Escucha, Israel" que la precede. El "Escucha" supone no solo aceptar a Dios sino también fiarse de Él por recibir su Palabra. Escuchar al Señor es la raíz de la fe. Escuchar nos lleva a poner nuestra propia existencia en sus manos. Esto es lo que sorprendería a no pocos feligreses de su parroquia: su párroco les estaba proponiendo la escucha y el estudio de la Escritura. El instrumento privilegiado para ello era la misa del domingo, "un momento privilegiado rico en sentido, alegría y belleza espiritual". Un tiempo de escuchar para creer. Y es que el corazón sabio e inteligente, al que se refería Salomón, es aquel que escucha. Pero antes que hay preparar el terreno. Lustiger lo hizo durante diez años con la interiorización y la meditación, tal y como cuenta en La elección de Dios.

Uno de los entrevistadores del cardenal se sorprende ante su afirmación de que la fidelidad a la Palabra de Dios conduce a la acción. Antes bien, debería conducir a la meditación. Sin embargo, Lustiger le recuerda que la Escritura no es un repertorio de poemas o pensamientos: "Es el mismo Dios el que me habla y actúe para que yo actúe y le responda".