La lectura de una obra más de san John Henry Newman traducida al español, 'Nadie en quien confiar'. Mi relación con la Universidad Católica (Ed. Encuentro) me ha traído a la memoria mi visita en la pasada primavera al Oratorio de Birmingham, el lugar donde vivió Newman desde 1852 hasta su muerte en 1890. Acostumbrado a la magnificencia del Oratorio de Londres, el de Birmingham me decepcionó un poco, aunque lo que, en realidad, contemplé a primera vista fue la iglesia, de dimensiones más reducidas que su equivalente en Londres, y que se construyó para honrar la memoria del santo cardenal al que León XIV estableció como copatrono de la educación católica. Yo no acababa de entender como un hombre como Newman, que había vivido en Londres y en Oxford, optara por una ciudad industrial como Birmingham para pasar una gran parte de su existencia. Pero, además, eligió una casa en Edgbston, un barrio de las afueras de la ciudad, como sede de la comunidad del Oratorio, que había fundado siguiendo el espíritu de san Felipe Neri, el santo de la alegría en la Roma del siglo XVI. Era una casa comunitaria, con una sobria fachada neorenacentista, donde confluían la oración, la fraternidad y el trabajo intelectual. Siguió viviendo en ella, incluso cuando fue nombrado cardenal en 1879.
Sin embargo, la vida itinerante de un prestigioso intelectual como Newman, reclamado en muchos lugares para cursos y conferencias, no podía limitarse a las paredes del Oratorio. No amaba el activismo ni se vanagloriaba de su prestigio, aunque tampoco le faltaron incomprensiones y sinsabores de todas clases por su conversión al catolicismo, pero ante todo valoraba la virtud de la obediencia. No se trataba de una obediencia ciega sino una obediencia con profundas raíces en una conciencia bien formada y apasionada de la verdad. Por eso, Newman aceptaría el encargo de fundar y presidir la Universidad Católica de Irlanda, no tanto por el llamamiento del arzobispo de Dublín, Paul Collen, sino por obediencia al papa Pío IX que compartía el propósito del prelado irlandés de poner en marcha dicha universidad. A Newman se le exigió incluso que fijase su residencia en Dublín como futuro rector universitario o que trasladara el Oratorio a la capital irlandesa.
Al final la universidad no salió adelante y Newman tuvo el discernimiento previo de no comprometer su vida y su vocación religiosa por una prolongada y estéril cuestión burocrática. Sin embargo, pronunció una serie de conferencias recopiladas en la obra Idea de la universidad, una apasionada defensa del saber por el propio saber y que hoy son muy oportunas en estos tiempos en que la universidad parece haberse reducido a un lugar que meramente capacita para ejercer una actividad profesional. Años después, hacia 1873, redactó un informe, que solo debería publicarse después de su muerte, sobre su fallida experiencia en Irlanda. El editor español le ha dado un expresivo título Nadie en quien confiar, y hay que reconocer que expresa muy bien la aventura de Newman enfrentado a una jerarquía eclesiástica irlandesa que no compartía su visión de la universidad. El arzobispo Cullen representaba una visión clerical, en la que la fe y la razón parecen haberse distanciado. En cambio, en Newman, la fe llevaba al cultivo de la razón. De ahí que no estuviera conforme en reducir la futura universidad a un college clerical, en el que los laicos tendrían un papel subordinado.
Pero, además a Newman se le presentó otro inconveniente. Él había querido una universidad a la vez inglesa e irlandesa, pero los católicos ingleses no mostraron ningún interés por estudiar en ella mientras que los católicos irlandeses solo aspiraban a una universidad irlandesa. La conclusión de Newman en el informe es concluyente: ¿qué derecho tenía el dedicar su tiempo a una universidad exclusivamente irlandesa? Consideró, por tanto, que debía apartarse de un proyecto en el que clericalismo y nacionalismo se daban la mano.
Desde hace algún tiempo acostumbro a leer homilías de obispos irlandeses en el día de san Patricio. Me sirven para hacer reflexiones sobre la Irlanda del siglo XXI, que poco tiene que ver con la que nos presenta, sin ir más lejos, el cine de John Ford. Cada 17 de marzo se siguen celebrando las habituales misas, los desfiles populares y las degustaciones de cerveza. Pocos se acuerdan del san Patricio vendido como esclavo y llevado a Irlanda, y que más tarde regresó a evangelizar el país de su forzosa adopción.
La realidad actual la expresaba Nial Coll, obispo de Letterkennyen (Donegal) en su homilía de 2026, al hablar de que el marco cultural en el que se apoyaba la fe no está asegurado por mucho tiempo y que el lenguaje religioso le resulta extraño a mucha gente. Además, la confianza en la Iglesia está profundamente herida y para un creciente número de personas la idea de Dios resulta irrelevante. En contraste, no son pocos los que se sienten atraídos por los antiguos mitos celtas de dioses y diosas. Sin embargo, la conclusión de Niall Coll no fue pesimista. La gente tiene sed de espiritualidad. El corazón humano busca algo grande, y por eso la misión de san Patricio está lejos de haber finalizado.
John Henry Newman, el hombre que cruzó, según cuenta en su informe, 56 veces el canal de San Jorge, de Birmingham a Dublin, continuará intercediendo por la fe en Irlanda en estos tiempos difíciles, aunque los suyos y los de san Patricio tampoco fueron tiempos fáciles.
