por Jaime Nubiola
A través de Vatican News me llega el discurso que el papa León XIV dirigió a un grupo internacional de escritores reunidos en el Vaticano el 24 de junio para conmemorar el centenario de la Librería Editorial Vaticana, fundada en el año 1926. Desearía hacerme eco en esta ocasión de algunas de sus palabras, sencillas y a la vez muy profundas, para quienes nos dedicamos a la tarea de escribir.
El papa comienza agradeciendo la presencia del medio centenar de escritores de diferentes partes del mundo, afirmando que «es un momento oportuno para reflexionar sobre la importancia de los libros y de la escritura: una forma de expresión humana de la que ustedes son, con su variedad de estilos y lenguas, maestros y modelos». Sin duda, todos advertimos que en estos tiempos de IA son cada vez más importantes los escritores creativos y sus libros. De hecho, añade el pontífice a renglón seguido algo que me parece muy importante:
«Escribir, como saben, es un acto de verdad, de revelación, pues revela quién somos, en qué creemos y qué esperamos, el mundo por el que luchamos y el futuro con el que soñamos. En esta búsqueda de la verdad, advertimos que la verdad es sutil y que se nos revela en nuestro diálogo interior con Dios y en nuestro diálogo abierto y respetuoso con nuestros prójimos. Además, «la verdad no es un territorio que haya que defender, sino un bien que hay que compartir» (Magnifica Humanitas, 25). Nunca somos dueños de la verdad; en todo caso, es la verdad la que nos «conquista» a nosotros. Por eso espero que inspiréis a otros a sentirse atraídos por la verdad, porque vosotros mismos os sentís atraídos por ella».
Me ha impresionado esta defensa de la verdad de la escritura y de los escritores, incluidos, por supuesto, los de ficción. ¡Cuántas veces la literatura nos adentra en la intimidad humana y en tantos aspectos de nuestra vida que se escapan a una mera consideración racionalista! Me ha encantado también la afirmación —que aprendí hace años de Joseph Ratzinger en su libro Cooperadores de la verdad— de que no somos dueños de la verdad, sino que más bien es la verdad la que se adueña de nosotros.
Citando aquel «Nada humano me es ajeno» del escritor romano Terencio (185-159 a. de C.) y el «Ver a través de los ojos de otros» del británico C. S. Lewis (1898-1963), el papa defiende que escribir es un acto de humanidad, pues la literatura nos hace ganar una amplitud de perspectiva que ensancha nuestra humanidad. «Desarrollamos —prosigue, citando a Francisco— una empatía imaginativa que nos permite identificarnos con la forma en que los demás ven, experimentan y reaccionan ante la realidad. Sin esa empatía, no puede haber solidaridad, generosidad, compasión ni misericordia». Qué interesante esta defensa de la imaginación literaria que nos hace más humanos, que nos permite ponernos en los zapatos de otros, que nos facilita la comprensión de otras experiencias y de otras maneras de pensar. Así lo describe el papa León:
«Cuando escribes historias y desarrollas a tus personajes, te identificas con ellos; captas sus puntos de vista, sus emociones, sus sentimientos, sus actitudes. Este es el gran campo de entrenamiento de la humanidad que permites que tus lectores experimenten, porque, en cierto sentido, los lectores «viven» muchas vidas además de la suya propia. Esto nos ayuda a descubrir diferentes perspectivas, a evitar considerar nuestras propias opiniones como absolutas y a ir encajando, como en un mosaico, los contornos de esa verdad que siempre nos trasciende».
El papa señala además que cuando el escritor se adentra en las profundidades de la humanidad no está lejos de Dios, pues «Dios se revela a sí mismo en medio de las historias humanas». Termina León XIV su breve discurso reiterando unas palabras de san Pablo VI en la homilía de una misa para artistas el 7 de mayo de 1964: «Os necesitamos. Necesitamos vuestra imaginación, vuestra creatividad narrativa y vuestro vivaz pensamiento. Os necesitamos para crear espacios de libertad y autenticidad, en los que la gracia divina pueda hacer resonar una promesa de consuelo y de paz».
Puedo decir que el texto, en su sencillez y claridad, me ha admirado e impresionado por su defensa de la creatividad literaria como espacio de la genuina libertad y de la mejor humanidad. Frente al automatismo de la IA o frente al lenguaje políticamente correcto, el mundo de la escritura, desde la literatura infantil hasta las más importantes creaciones, es el reino de la libertad y la humanidad: la literatura nos hace más humanos, porque nos acerca a la verdad y porque nos ayuda a llenar de sentido nuestra vida. En una época en la que las máquinas pueden producir textos, la auténtica literatura sigue siendo irreemplazable: nace de una experiencia humana que ninguna tecnología puede sustituir.
