Opinión

La callada por respuesta

por Jaime Nubiola 04-05-2026

Quizá por mi formación y mi afición a escribir, desde mi juventud aprendí a dedicar un puñado de horas todos los fines de semana a la correspondencia. Disfrutaba escribiendo a quienes quería y sigo disfrutando más de cincuenta años después. En aquel entonces mi correspondencia eran exclusivamente las cartas escritas a mano que mediante el servicio postal y un sello cruzaban Europa o el Atlántico hacia América en una semana o pocos días más. El amable flujo del ir y venir de las cartas me ensanchaba el corazón y pronto descubrí que los realmente grandes —filósofos de renombre o maestros famosos— atendían con cuidado su correspondencia y contestaban a las cartas de un joven estudiante español.

Todo comenzó a cambiar con la llegada del fax, pues comenzamos a veces a enviar algunas cartas a través de ese sistema que permitía que lo que habías escrito llegara casi inmediatamente a la otra parte del mundo. Mis primeros mensajes de correo electrónico son del curso 1991-92, cuando las universidades se adelantaron en el desarrollo del email. En los últimos veinte años las redes sociales y los teléfonos móviles han eliminado el correo postal tradicional y amenazan con hacerlo con el correo electrónico. El WhatsApp es más cómodo y fácil.

Este breve recorrido histórico viene a cuento de un artículo de la periodista eritrea-estadounidense Jerusalem Demsas que leí ayer en la revista online «The Argument», que ella dirige y se publica en la plataforma literaria Substack. (Esta plataforma cuenta en la actualidad con 35 millones de suscriptores). Pues bien, Demsas —que tiene 31 años— se plantea si para los escritores creativos compensa o no el estar conectado a las redes y al correo, aunque la desconexión pueda significar perder ocasiones importantes como invitaciones, contactos, etc. Copio de su artículo —traducido al castellano con DeepL— unos pocos párrafos:

«Las interrupciones son agotadoras y, sin embargo, la vida no es más que una sucesión de interrupciones. Algunas son desgracias terribles, como un hijo gravemente enfermo, y otras son trivialidades, como cuando un compañero de trabajo mete la pata y te arrastra a su problema.

Simone Weil argumentó en una ocasión que la atención requiere un «esfuerzo negativo». Es decir, un estado en el que «nuestro pensamiento debe estar vacío, a la espera, sin buscar nada».

Algunas de las personas más impresionantes que conozco son aquellas capaces de silenciar la voz que te interrumpe para recordarte la cena que has planeado, el correo electrónico al que se supone que debes responder, el amigo que espera a que le devuelvas la llamada. Personas a las que casi tienes que sacudir para que dejen de centrarse en lo que quieren hacer. La mayoría de la gente considera que estos iconoclastas involuntarios son, en el mejor de los casos, muy groseros.

El nivel de priorización que se necesita para crear verdaderamente algo grandioso te pone directamente en conflicto con las personas de tu vida. Harper Lee, la autora de «Matar a un ruiseñor», confiaba en su hermana para que se ocupara de sus decisiones legales, su correspondencia, sus negocios y su privacidad. La segunda esposa de Cormac McCarthy tuvo que mantenerlos a pesar de la pobreza, ya que él rechazaba dar charlas que podrían haberles proporcionado un colchón financiero.»

Hasta aquí la cita. Demsas prosigue explicando que para poder ser creativa cambia su dirección de email periódicamente, no contesta a los mensajes, ni siquiera los lee: «Lo que he descubierto —añade— en mi experimento de nueve meses de creciente desconexión es lo siguiente: si alguien realmente necesita contactarte, lo conseguirá. A veces te perderás algunas cosas, pero no pasa nada. El precio de estar disponible es mucho mayor.»

El asunto de fondo es muy importante. ¿Cómo ayudar a las personas jóvenes —que son digitales de nacimiento— a que sean realmente dueñas de su atención? No estoy hablando solo de la adicción a las redes sociales, sino en especial a la relación con los demás. En este caso se trata de una periodista profesional de solo 31 años, probablemente perseguida por muchos requerimientos de otras personas que bloquean su capacidad escritora.

Mi experiencia personal es muy distinta. Aprendí en mi trabajo a no dar nunca la callada por respuesta, a contestar siempre amable y brevemente, diciendo al menos que no podía atender la petición recibida por el motivo que fuera o que contestaría con la debida atención en el fin de semana: tenía previstas cuatro o cinco horas para ello y eran realmente algunas de las mejores horas de la semana.

Desconocemos qué pasará con las nuevas generaciones y su correspondencia ahora digital. Valoro la importancia de una relativa desconexión para hacer cualquier tarea creativa valiosa, pero pienso al mismo tiempo que merece la pena cuidar a los demás, contestar a sus mensajes, aunque sea brevemente, esto es, merece la pena no dar nunca la callada por respuesta.

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