Encuentros y despedidas
Encontramos a muchas personas: conocidas o desconocidas, amigables o quizá hostiles, simpáticas o indiferentes, colaboradoras o difíciles.
Un saludo, una conversación, un poco de tiempo juntos, y luego llega el momento de la despedida. Cada uno seguirá su camino, con impresiones e ideas surgidas del tiempo en el que estuvimos juntos.
La vida está llena de encuentros y de despedidas, de momentos para estar juntos y de momentos para decir adiós.
Hay encuentros que cristalizan: una amistad cada día más madura, un acuerdo de trabajo que se prolonga en el tiempo, una alianza de amor que se llama matrimonio.
Otros encuentros quedan atrás, tal vez como un recuerdo que nos acompaña en el tiempo, recuerdo que puede ser agradable o molesto, que puede durar por meses o desaparecer en pocas horas.
En la larga lista de encuentros, hay rostros que han dejado una huella profunda en nuestras almas, y que regresan a nuestro corazón con cierta nostalgia, o con pena, o con una extraña sensación de haber perdido la ocasión de iniciar una amistad que prometía mucho.
En la lista de nuestros encuentros, nos gustaría abrirnos a un Dios que está en el horizonte humano, no asequible a través de los sentidos, sino desde ese corazón que tiene sus razones, como recordaba el inquieto Pascal.
Encontrarnos con Dios cambia la vida, sobre todo si se trata de un encuentro íntimo, cordial, auténtico, como el de tantos hombres y mujeres que lo han conocido gracias a la fe de la Iglesia.
En Dios todos los demás encuentros y despedidas empiezan a verse de un modo nuevo. Porque sabemos que cada persona encontrada tiene un lugar en el corazón de Dios. Y porque esperamos, algún día, poder reencontrarnos nuevamente en ese cielo donde ya no habrá despedidas, sino un gozo incontenible desde el encuentro eterno con el Padre bueno...