Parece que no creemos que la unidad sea importante
Hermanos míos, nada aprovecha a éstos guardar virginidad, tener continencia, dar limosnas; todo lo que en la Iglesia se loa, nada les aprovecha, porque desgarran la unidad, esto es, la túnica aquella de la caridad 🔹San Agustín. Tratado sobre el Evangelio de San Juan 13, 15🔹
Esta frase es una advertencia que desmonta el engaño del perfeccionismo individualista y desvela la verdadera naturaleza de la santidad. La santidad conlleva la unidad con Dios y con nuestro prójimo. Estos dos enlaces de unidad van desapareciendo de nuestra sociedad de forma continua.
La castidad consagrada, el dominio de uno mismo y la caridad material son obras excelentes que la Iglesia alaba y promueve. El problema surge cuando las intentamos vivir de forma aislada de la unidad. Sin unidad pierden su sentido. El enemigo más sutil del alma no es la debilidad de la carne, sino la soberbia del espíritu. Un alma puede ser perfectamente casta o sumamente generosa con los pobres, pero si realiza esas obras para autoafirmarse, considerándose superior a los demás o separándose de la comunidad, sus virtudes se vuelven idolátricas. Se convierten en un monumento al propio ego.
Para decir esto, San Agustín se apoya implícitamente en el famoso pasaje de San Pablo en 1 Corintios 13: «Si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo caridad, de nada me sirve». Las virtudes no son fines en sí mismas, sino canales para aprender a amar. Si el canal se corta y no fluye hacia los hermanos, el agua se estanca y se corrompe.
La imagen de la túnica es una de las metáforas místicas más bellas de la tradición eclesial. Alude directamente a la túnica de Jesucristo durante la Pasión (Juan 19, 23-24), aquella que los soldados romanos decidieron no romper porque estaba tejida de una sola pieza de arriba abajo. Para San Agustín, la túnica de Cristo no es una prenda ideológica ni una estructura administrativa; es la caridad misma, tejida por el Espíritu Santo. Romper la unidad de la Iglesia (mediante el cisma, la murmuración, la discordia o la indiferencia y el desprecio hacia el hermano) no es simplemente discrepar; es rasgar el vestido de Cristo, mutilar su Cuerpo místico.
Quien rompe la unidad destruye el signo fundamental del cristianismo: «En esto conocerán que sois mis discípulos, si os amáis los unos a los otros». Por eso, la división es el mayor de los escándalos, pues presenta al mundo un Cristo fragmentado.
La ilusión de la "salvación por libre" es un engaño que el enemigo nos tiende con una amplia sonrisa. Quienes se separaban de la Iglesia solían argumentar que lo hacían para preservar su pureza frente a las debilidades de los demás. San Agustín fulmina esa postura. La Iglesia es un cuerpo en el que los miembros se sostienen, se soportan y se sanan mutuamente. Pretender unirse a la Cabeza (Cristo) amputándose del resto de los miembros es imposible.
Permanecer en la unidad exige paciencia, capacidad de perdón y, sobre todo, mucha humildad. Aceptar convivir con la fragilidad de la Iglesia visible —con sus santos y sus pecadores— es una prueba de fuego para la verdadera madurez espiritual. La unidad no es algo que podamos reparar mediante política, estructuras o mandatos. La unidad es algo que se vive o no existe realmente.
Este texto de San Agustín nos invita a realizar un examen de conciencia sobre la orientación de nuestras intenciones. Nos recuerda que de nada sirve cumplir perfectamente con nuestras prácticas espirituales, nuestros sacrificios diarios o nuestras oraciones, si al mismo tiempo alimentamos el resentimiento, la división o el juicio severo hacia quienes nos rodean en nuestra comunidad, familia o entorno laboral. Hoy, la túnica de la caridad se teje en los pequeños detalles: en el esfuerzo por coser un desentendido, en el silencio que frena una crítica y en la paciencia que prefiere mantener los lazos unidos antes que tener la razón a toda costa.