Opinión

Edith Piaf y santa Therese de Lisieux

por Antonio R. Rubio Plo 25-05-2026

Para una mirada atenta, París es un continuo reencuentro con la historia y la cultura. He pasado algunas veces por el número 67 del boulevard Lannes, donde vivió entre 1953 y 1963 esa cantante parisina y universal que fue Edith Piaf. Su último domicilio era un apartamento junto al Bois de Boulogne en un barrio acomodado, que contrasta con la rue de Belville donde nació en 1915 la hija de un acróbata ambulante y una cantante callejera. Se trataba de un barrio obrero en el que la vida transcurría principalmente en la calle. Un lugar en el que sonaba con frecuencia la música del acordeón, pero también un lugar de alta mortalidad infantil y viviendas insalubres. Por eso, la madre de Edith, Anetta, una cantante de diecisiete años se sintió incapaz de tenerla a su lado y la confió al padre, Louis Gassion, que, por su vida errante en ferias y circos, no se le ocurrió otra cosa que dejarla con su madre en Bernay, una pequeña localidad de Normandía a unos 30 km de Lisieux. Pasados unos años, Edith se uniría a su padre en una vida sin domicilio fijo cantando en la calle para ganar algún dinero.

Hasta aquí los inicios de una biografía conocida, pero hace poco hice un pequeño descubrimiento que solo conocen unos pocos, aunque de vez en cuando esta historia vuelve a difundirse. La encontré en un libro sobre santa Teresa de Lisieux, escrito en 2022 por un joven profesor y ensayista, Jean de Saint-Chéron, y en el que se presenta a la carmelita no como una santita dulce y pasiva sino como una mujer fuerte con una vida de constante lucha interior. El libro había sido abandonado en una iglesia y en él encontré la sorprendente relación entre Edith Piaf y Teresa de Lisieux.

La relación entre Edith y Teresa

Tenemos que remontarnos de nuevo al pueblo normando de Bernay, al número 7 de la rue Saint Michel, donde hoy se conserva una placa de Edith Piaf. Allí vivió, entre los dos y seis años, la niña que entonces se llamaba Edith Gassion. Era atendida por su abuela paternaLouise, que regentaba una casa de citas. La abuela no era especialmente afectuosa, pero al menos proporcionó un techo a su nieta. Madame Louise y sus chicas eran las únicas que prodigaban cuidados a la niña, sobre todo a partir de 1921, cuando estaba a punto de cumplir seis años. Edith, a la que en la escuela llamaban "la niña de la casa del diablo", fue afectada e por una queratitis aguda, una inflamación de la córnea que le hacía perder la vista. La situación de Edith, que poco a poco se quedaba ciega, llevaría a la paralización de su existencia con un profundo desánimo. Sin embargo, a su abuela Louise se le ocurrió una idea.

En su familia existía un parentesco muy lejano con la familia Martin, a la que pertenecía la futura santa Teresa. No fue canonizada hasta 1925, aunque su su fama de santidad se había extendido por toda Francia y traspasado las fronteras. Su Historia de un alma, la colección de cuadernos autobiográficos que describían un itinerario espiritual basado en la filiación divina, se publicó póstumamente en 1899 y se tradujo a diversos idiomas. En su país, su fama creció durante la Primera Guerra Mundial, pues muchos soldados en las trincheras se acogieron a su protección. Al acabar la contienda, aumentaron las cartas de testimonios que llegaban habitualmente al Carmelo de Lisieux y Teresa se había convertido en una figura religiosa popular. Se vendían imágenes en tiendas, circulaban estampas con algunas de sus frases más conocidas, como las referentes a "Todo es gracia", "Después de mi muerte, yo haré caer una lluvia de rosas" o "Pasaré mi cielo en la tierra haciendo el bien". Se difundió así el interés por una religiosa joven, dulce y amable que concedía muchos favores.

El 19 de agosto de 1921Madame Louise y sus chicas, bien engalanadas para la ocasión, acudieron junto con Edith al Carmelo de Lisieux. Era un extraño cortejo, que no podía disimular su procedencia. Se conoce el nombre de algunas de estas mujeres como CaroleSuzanneJudith y Marie. Cantaban, lloraban y se abrazaban a la cruz de la tumba de Teresa. Al mismo tiempo, ponían de rodillas a la niña, con los ojos cubiertos por una venda, para que pidiera a Teresa su curación. Además, le frotaron la frente con tierra del cementerioSeis días después, y ante el estupor de los médicos, Edith fue recobrando la vista.

La fe de Piaf

A la muerte de Edith Piaf, el 10 de octubre de 1963, le fueron denegados unos funerales religiosos al estimarse que había tenido "una vida desordenada". Pese a todo, un sacerdote rezó ante su féretro el día de su entierro. La suya fue una vida de éxito musical, aunque a la vez de tristeza e inestabilidad emocional. Al parecer, la fe de la cantante se habría prácticamente limitado al culto de los santos, particularmente de santa Teresa, de la que llevaba una medalla al cuello y le pedía su ayuda antes de salir a un escenario. Debió de haber algo más, pues Teresa siempre acerca a Dios. Con todo, hay numerosos testimonios, algunos de ellos gráficos, de que Edith tenía una imagen de la santa en la mesilla de su dormitorio y hojeaba a menudo la Historia de un alma. También se sabe que Edith solía ir regularmente a Lisieux a finales de septiembre, en el aniversario de la muerte de la santa. Estos y otros detalles de su vida personal los llevaba la cantante con mucha discreción.

"Las prostitutas os precederán en el reino de los cielos" (Mt 21,31). Es inevitable recordar este pasaje evangélico al leer esta historia. Un pasaje que nos interroga sobre si nuestra fe es lo suficientemente grande y madura.