Opinión

Asuntos pendientes y la Comunión de los Santos

por P. Ronald Rolheiser 21-07-2026
Imagen gentileza de Manuel Torres Garcia. Unsplash

Cuando era niño, como parte de nuestra oración familiar solíamos rezar por una muerte feliz. En mi mente infantil, tenía una idea concreta de cómo sería eso. Una muerte feliz sería morir en la gracia, arropado con cariño en los brazos amorosos de la familia y la Iglesia, en plena paz con Dios y con los demás, habiendo tenido tiempo de pronunciar unas últimas palabras de amor y gratitud.

Por desgracia, no todo el mundo tiene la oportunidad de morir así.

Los accidentes, las circunstancias desafortunadas y la complejidad de las relaciones humanas a veces se alían de formas nefastas para que las personas mueran en situaciones lejos de ser ideales: enfadadas, en una situación comprometida, sin perdón, amargadas, inmaduras, sin reconciliación.

A veces, también, la propia causa de la muerte apunta a una despedida poco feliz: la embriaguez, una sobredosis de drogas, la depresión, la imprudencia, el suicidio. La muerte suele sorprendernos antes de que hayamos tenido la oportunidad de decir y hacer aquello que permite una despedida en paz. Inevitablemente, siempre quedan asuntos pendientes.

Todos conocemos ejemplos de esto: un hombre fallecido en un accidente cuyas últimas palabras a su familia fueron de ira; una mujer fallecida por una sobredosis que llevaba años sin hablar con su familia; un compañero de trabajo que se quitó la vida; un amigo que muere amargado, incapaz de perdonar; o incluso, simplemente, un ser querido que nos arrebata un repentino infarto antes de que haya tenido la oportunidad de pronunciar unas últimas palabras de amor y despedida. Es raro que alguien muera sin asuntos pendientes.

El dolor que esto provoca puede perdurar durante mucho tiempo. Recuerdo que una vez atendí a un hombre de unos cincuenta años que aún arrastraba el dolor y la culpa por la muerte de su madre, ocurrida hacía más de cuarenta años. Lo habían llevado al lado de la cama de su madre en el hospital, pero él no sabía que ella se estaba muriendo. Ella le había pedido que la abrazara y él, que era un niño, asustado y reticente ante aquella situación tan tensa, se había echado atrás. Al día siguiente ella falleció, por lo que el último recuerdo que tenía de su madre era haberse negado a abrazarla. Cuarenta años después, aún no había hecho las paces con eso.

Muchos de nosotros hemos vivido la muerte de personas cercanas con las que teníamos asuntos pendientes: un dolor nunca superado, una injusticia nunca rectificada, una amargura que nunca se suavizó. La muerte nos ha separado ahora, y esos asuntos pendientes siguen precisamente sin resolverse, y nos quedamos diciendo: «¡Ojalá hubiera otra oportunidad!»

Pues bien, hay otra oportunidad. Una de nuestras doctrinas cristianas más consoladoras (aunque desaprovechada) es nuestra creencia en la Comunión de los Santos. Es una doctrina consagrada en el propio Credo de los Apóstoles y nos pide que creamos que seguimos manteniendo una comunicación vital con aquellos que han fallecido. Además, nos dice que la comunicación que ahora mantenemos con ellos está libre de muchas de las tensiones que marcaban nuestra relación con ellos mientras estaban vivos.

Por lo tanto, creer en la Comunión de los Santos es creer que aún podemos resolver asuntos pendientes en nuestras relaciones, incluso después de la muerte. En pocas palabras, aún podemos hablar con quienes han fallecido y podemos, incluso ahora, expresar las palabras de amor, perdón, gratitud y arrepentimiento que, idealmente, deberían haberse dicho antes. De hecho, dentro de la Comunión de los Santos, la reconciliación que se nos escapó mientras esa persona estaba viva puede ahora producirse con mayor facilidad. ¿Por qué?

Porque, dentro de la Comunión de los Santos, nuestra comunicación con el difunto es privilegiada. La muerte purifica. Aclara la perspectiva y elimina muchas tensiones relacionales. ¿Por qué digo esto? Porque tanto la fe como la experiencia nos lo enseñan.

Por ejemplo, todos hemos vivido situaciones en las que, dentro de una familia, un círculo de amigos, una comunidad o un grupo de compañeros de trabajo, puede surgir una tensión amarga con una persona y enconarse hasta tal punto que, al final, se produce una ruptura irreconciliable. Han ocurrido cosas que ya no se pueden deshacer. Entonces, la persona que ha sido el origen de la tensión fallece y su muerte lo cambia todo. De una forma extraña, la muerte trae consigo una paz, una claridad y una comprensión que, antes de ella, no eran posibles.

¿A qué se debe esto? No es simplemente porque la muerte haya alterado la dinámica del grupo ni porque, como podríamos concluir de forma simplista, la fuente de la tensión o el resentimiento haya fallecido. Ocurre porque, tal y como enseña Lucas en su relato de la Pasión, la muerte puede purificarlo todo y dar paso al perdón, del mismo modo que Jesús perdonó al buen ladrón en la cruz mientras moría.

Esto debería ser un inmenso consuelo. Si estamos atentos a la comunión de los santos, lo que no podamos llevar a la plenitud y a la paz en esta vida podrá completarse después. Seguimos teniendo comunicación, una comunicación privilegiada, con nuestros seres queridos tras la muerte.

Entre las maravillas de ello se encuentra el hecho de que seguimos teniendo la oportunidad de subsanar, tras la muerte, aquellas cosas que no pudimos remediar antes de que la muerte se llevara a un ser querido.