En un dramático relato el destacado periodista Sean O'Neill describe cómo fue que Dios lo sanó de su depresión
En septiembre se rinde homenaje a Nuestra Señora de los Dolores. Es muy acertado, ya que, con la sensación creciente de que el año se nos escapa, muchas personas sufren el llamado «trastorno afectivo estacional». Para quienes padecen depresión clínica, esta realidad puede ser bastante más compleja.
Al respecto, el destacado periodista y escritor Sean O'Neill cuenta a la revista Faith de la diócesis de Lansing que el año 2003 tenía un trabajo de alto nivel en Londres, Inglaterra. Eso hasta que lo dieron de baja precisamente por padecer depresión. "Mi jefe me mandó a casa y me aconsejó que acudiera al médico. Durante los siguientes 14 años, debido a la enfermedad, no pude mantener un trabajo, y mi mujer, Liz, tuvo que convertirse en el sostén de la familia", confidencia Sean.
Fue un periodo agotador, "de penumbra oscura y siniestra", reconoce. Porque año tras año, sus esperanzas, relaciones y capacidad para afrontar incluso el estrés más leve se apagaban sutilmente. "A veces, caía en un abismo de desesperación del que era casi imposible salir".
Algunos meses después de perder su trabajo Sean y su esposa Liz se mudaron a Estados Unidos y acabaron viviendo en Lansing (Michigan), donde ella consiguió un trabajo en la parroquia local, la Iglesia de la Resurrección. En 2017, el párroco, padre Steve Mattson, tras regresar de un retiro que le había cambiado la vida en el Centro de Sanación Juan Pablo II de Florida, le pidió a Liz que fuera allí para formarse en la oración de sanación. Para poder acceder a la formación, era necesario asistir primero a un retiro titulado «Sanación integral de la persona», en Ennis (Texas). Al despedirse, el párroco le sugirió... «Ah, y por cierto, lleva a tu marido contigo».
Unos días más tarde allí estaba Sean, en aquel retiro, "luchando contra sentimientos de repugnancia hacia todos los presentes", dice, ya que el estrés del viaje le había convertido en un compañero bastante desagradable. En ese estado comenzó el primer momento de oración comunitaria y, cerrando los ojos, intentó rezar.
Apenas habían transcurrido unos segundos cuando Sean cuenta que comenzó a tener una impactante experiencia de sanación espiritual, pura y poderosa gracia de Dios en acción...
"Inmediatamente vino a mi mente un incidente que ocurrió cuando tenía ocho años, en el que mi padre me golpeó con un cinturón de cuero. No era la primera vez que me pegaba, pero sí fue la más larga y traumática que había vivido jamás. Sin embargo, mientras se desarrollaba la escena en mi mente, de pronto vi que Jesús entró en la habitación donde se estaba produciendo la paliza, puso una mano sobre mi cabeza y la otra sobre la de mi padre. En ese momento, rompí a llorar, porque, de repente, aquel recuerdo se llenó de sanación, paz y alegría".
Como una semana después de volver a Lansing, Sean cuenta que se acercó a su fiel esposa y le dijo: «No te lo vas a creer, pero no me siento nada deprimido». Al escucharlo, ella solo le respondió: «Tienes razón. No te creo». «No, en serio», insistió Sean. «Hacía años que no me sentía tan bien», le reiteró. "Y entonces caí en la cuenta de que mi depresión había estado relacionada de alguna manera con aquel horrible incidente de hacía tantos años".
Tal como lo había propuesto el párroco, Sean y su esposa acudieron a la formación en Florida y luego comenzaron un ministerio de sanación en la parroquia de Lansing. Casi un mes después, sintiéndose pleno Sean llamó a sus padres y les contó que se había "curado milagrosamente (sin mencionar, por supuesto, el cómo)" y les habló del ministerio de sanación. En ese instante se vio sorprendido cuando su padre, que siempre se había mostrado escéptico ante las cosas «carismáticas», le pidió que rezara con él durante su próxima visita a Escocia.
"Y así sucedió unos meses más tarde. Cuando nos sentamos a rezar, él estaba nervioso. Intenté calmar sus temores y le pregunté: «¿Qué te preocupa?». Me respondió en voz baja: «Bueno, probablemente no te acuerdes de esto, pero hace años, cuando tenías unos ocho años, yo...». No hizo falta que terminara la frase. El mismo incidente que me había atormentado a mí le había estado atormentando a él todos esos años. Le dije que Jesús también quería sanarle de ese episodio. Rezamos, lloramos y nos abrazamos. En noviembre del año pasado falleció mi padre, y me alegro muchísimo de haber tenido la oportunidad de reconciliarme con él y arreglar lo que durante años había sido una relación complicada".