Familia

El hogar y la dulce cruz de James: Tras años de sacrificios para comprar su casa, Dios le tenía reservada una sorpresa

"Dios me pedía que diera más, que amara más y, en última instancia, que confiara más en Él. Los planes son ciertamente importantes, pero, junto con los efectos de nuestra naturaleza caída, a menudo están cargados con el deseo de controlar", reflexiona el protagonista de este emotivo testimonio.
por Portaluz 31-07-2026

Cualquiera que preste atención a la economía sabe que una de las áreas más desafiantes a las que se enfrentan las personas es el mercado inmobiliario. Los precios, los tipos de interés y la inflación son altos, mientras que las opciones de vivienda son bajas. Durante varios años, James Maldonado Berry era uno de tantos estadounidenses que buscan y buscan alternativas para tener la casa propia, muchas veces con un creciente sentimiento de desesperación. Durante un tiempo parecía que nada iba a salir bien y se planteó rendirse.

Tenía grandes planes para su futuro hogar. Los años intentando lograrlo le habían dado tiempo de sobra para planificar que todo estuviera "perfecto" cuando por fin pudiera mudarse a su casa propia. En los últimos años se había convertido en una especie de adicto a las tiendas de segunda mano, acumulando una cantidad respetable de muebles vintage para la futura casa. "Es para la casa", explicaba con una sonrisa nerviosa a sus amigos que le visitaban. Pero los meses y años pasaron, y seguía sin suerte, sin casa. De repente, las cosas cambiaron.

Desahogarse con una compañera sobre sus desvelos por tener su casa, terminó con ella poniéndolo en contacto con un amigo cercano que también era un agente inmobiliario experimentado. En un par de días, James estaba viendo una casa. "Unos días después, presenté una oferta que aceptaron en cuestión de horas. Después de tres largos años, las cosas empezaban a encajar. Mis planes cuidadosamente elaborados, durante tanto tiempo, finalmente se pusieron en marcha. Pero, una vez más, las cosas cambiaron..."

Una tarde, aproximadamente un mes después de haberse mudado a su nuevo hogar, James se afanaba con los preparativos de una pequeña reunión con sus padres y un pequeño grupo de amigos, para celebrarlo. Estaba feliz de organizar su primera velada en la nueva casa.

Mientras preparaba los aperitivos, su familia empezó a intercambiar mensajes nerviosos y llamadas, diciendo que su abuela de 90 años no contestaba al teléfono. Se alarmaron, pero suponían que estaría durmiendo y simplemente no escuchaba el teléfono, cosa que ya había ocurrido antes en muchas ocasiones. Finalmente, un hermano de James que vivía cerca de la abuela fue a la casa y empezó a tocar el timbre y a llamar repetidamente a la puerta. Nadie contestaba. ¿Seguiría durmiendo? Quizá. Pero era inquietante. Revisaron incluso desde sus celulares la cámara del porche delantero y comprobaron que ella no había salido en todo el día para alimentar a gatos callejeros como regularmente hacía. Y eran ya alrededor de las 16:30 pm.

"Definitivamente algo iba mal. La fiesta fue cancelada. Mi hermano rompió uno de los cristales de la puerta para poder entrar en la casa. Vivo a una hora de distancia, así que mi madre y yo empezamos a dirigirnos al pueblo, rezando el Rosario mientras conducíamos. Esperábamos una llamada en cualquier momento para informarnos de lo peor. Sonó el teléfono. La abuela estaba viva, apenas. Estaba en la cama, claramente enferma. Llegaron los paramédicos y la abuela fue sacada de su casa al hospital, donde la familia se reunió. Gracias a Dios, la abuela saldría adelante, pero las cosas tendrían que cambiar".

La abuela de James siempre insistía en que nunca saldría de casa y alimentar a gatos callejeros que llegaban a su portal, era un asunto innegociable de su vida. ¿Cómo afrontar este nuevo escenario? "Mientras mi familia y yo evaluábamos la situación a altas horas de la noche en la sala de espera de urgencias, nos dimos cuenta de que grandes cambios vendrían para la abuela y todos nosotros. Ya no podía vivir sola. Tendría que mudarse".

Como la recuperación en el hospital llevaría varias semanas, tenían tiempo para idear un plan. Así que, durante el mes siguiente, la familia programó una rotación de excursiones al hospital para visitas prolongadas con la abuela y hacerle compañía. También acudieron sacerdotes amigos para ungirla, animarla y llevarle la Sagrada Comunión. Poco a poco la abuela recuperó fuerzas y apetito, que eran señales muy alentadoras, pero la progresión de la demencia senil confirmó la necesidad de organizarle un nuevo hogar. Pero el dónde seguía siendo una incertidumbre abrumadora.

Con todo esto James ni siquiera había podido instalarse del todo en su nueva casa. El tiempo libre después del trabajo y los fines de semana que tendría para instalarse ahora estaba ocupado en largos trayectos de ida y vuelta al hospital, una hora de ida y vuelta, incluyendo un par de horas con la abuela. Por supuesto, todos lo hacían voluntariamente y con un profundo agradecimiento a Dios por la recuperación de la abuela. Pero era agotador. Y mientras tanto, la familia y James pensaban: "¿Y ahora qué?" para la abuela. El tiempo corría.

"No recuerdo exactamente cuándo se presentó la solución en mi mente. Sabía que no podía soportar la idea de dejar a mi abuela confundida en una residencia asistida, pero ¿qué otra opción había?" 

De repente, la solución obvia apareció en la mente de James: "Hay una habitación extra en esta casa. ¿Entonces por qué no?" Con el beneplácito de sus familiares, James decidió que su abuela se mudaría a la casa que recién había estrenado. "Mis padres (que también se habían mudado a mi casa) aprobaron la idea. Estaba decidido. Sería un hogar multigeneracional".

James y su abuela

Encontrar esta solución trajo consigo un profundo alivio. Sin embargo, esos preciados planes que James llevaba años organizando cuidadosamente sobre cómo todo estaría "justo así" en su casa, estaban siendo tirados por la ventana. Y esta experiencia tendría momentos felices, pero también una inevitable cruz. Así lo narra en el NCRegister el propio James...

"Ha pasado poco más de un año desde que la abuela se instaló aquí. Un año de cuidados las 24 horas, risas, ajustes rutinarios grandes y pequeños, tareas que agotan energía, cambios de humor inducidos por su demencia, unión familiar y lágrimas ocasionales. Las rutinas de la noche consisten en ayudar a la abuela a ingerir la cena y su sopa de letras, así como cantar viejas canciones españolas para ayudarla a ponerse de mejor humor.

Para mi sorpresa, recuerda muchas letras de canciones que datan de hace 60 años. La demencia es, entre muchas cosas, una enfermedad misteriosa. Por supuesto, hace las mismas preguntas una y otra vez. Las más comunes son cuándo irá a su casa, dónde dormirá esa noche y, de forma conmovedora, dónde está su madre y por qué aún no ha venido a verla.

A través de prueba y error he mejorado en abordar y, en ocasiones, desviar estas preguntas. Cada noche conlleva una incertidumbre agotadora. ¿Dormirá profundamente o se levantará varias veces? Cuando se levante, ¿estará despejada y relativamente independiente, o estará completamente desconectada y necesitará ayuda en cada paso al baño? A veces, durante el día, se enfada e impacienta, y nos lo hace saber con palabras muy elegidas. 'No es ella, es la enfermedad' nos dicen. Lo oímos mucho, y desde luego es cierto. Sin embargo, los cambios de humor impredecibles y sus flechas verbales pasan factura.

Junto con muchos cuidadores, he llegado a apreciar la necesidad de la paciencia. Pero como católico he llegado a depender de la gracia y la perspectiva sobrenatural cuando el agotamiento se instala o la impaciencia aflora.

La otra noche, la abuela estaba más inquieta de lo habitual en su cama. Puse una silla junto a su cama y me senté con ella un par de horas. Llevé un rosario, algunas reliquias y un libro (Crimen y castigo) para pasar el rato. Una vieja lámpara emitía un resplandor suave desde la esquina. Recé, leí sobre el pecado y la culpa de un joven, apoyé la mano sobre las reliquias y, de vez en cuando, sostenía la mano de la abuela. Finalmente se quedó dormida.

Esta imagen antigua del Sagrado Corazón perteneció a la tatarabuela de James Maldonado Berry en Puerto Rico. Su abuela lo llevó a Milwaukee hace décadas, y ahora cuelga sobre su cama. (Foto: Cortesía de James Maldonado Berry)

Al experimentar el desgaste que la demencia tiene en la abuela, así como en cada uno de nosotros que la cuidamos, he llegado a comprender mejor por qué Dios hizo lo que hizo con mis cuidadosamente elaborados 'planes. Me pedía que diera más, que amara más y, en última instancia, que confiara más en Él. Los planes son ciertamente importantes, pero junto con los efectos de nuestra naturaleza caída, a menudo están cargados con el deseo de controlar.

En los numerosos momentos de frustración y debilidad, mi tendencia era pensar que la casa era mía, que el tiempo era mío, que los planes eran míos. Se suponía que debía ser capaz de controlarlo y organizarlo todo, tal y como lo había planeado. Al fin y al cabo, me lo había ganado. Mi egocentrismo era evidente. Y Dios, el Médico de las almas, tenía que sanarlo".