¿Perdonarías a quienes secuestraron, torturaron, mataron e hicieron desaparecer a tu hijo? El caso Maino
Aquel viernes 28 de mayo de 1976, la cineasta Filma Canales -madre y padre de cuatro mujeres y dos hombres- regresó temprano a su casa en el sector oriente de Santiago de Chile. La inquietud rondaba su mente, pero no dio espacio a malos presagios. "Mejor será -se dijo- escuchar algo de música".
Amaba Filma las cadencias sonoras del piano, evocando las tardes de infancia y el rumor de olas, mezclado con el rezo vespertino del rosario en su Antofagasta natal. Como en una de esas moviolas, donde compaginaba películas en los años sesenta, imágenes y recuerdos inundaron su mente... Los abuelos maternos croatas, cuya única fortuna al llegar a Chile eran tres monedas de oro, y los paternos de Talca, todos "católicos a machote".
Brillaron los ojos verdes de Filma al recordar la "maternal formación inglesa" del colegio Anglicano, y su timidez adolescente con los hombres cuando ya vivía en Santiago.
La música llenaba aquel atardecer de mayo y vio esos sus primeros pasos conscientes en la fe católica, fascinada por la liturgia; luego, los libros de tantos autores que unían arte, ciencia y religión, como Jacques Maritain y los tiempos enérgicos junto al sacerdote Alberto Hurtado en la Acción Católica.
En un quiebre de bemoles sintió a Guillermo Maino, los ancestros italianos en aquel hombre irresistible, de quien aceptó ser su esposa con 25 años y del cual -por un infarto al miocardio- se transformaría en viuda con algo más de 40. Voló en el tiempo y dio gracias a la vida por su gran pasión, el cine, del que conoció cada detalle desde 1960 en adelante y que permitía alimentar a sus hijos.
La pantalla del recuerdo trajo el viaje a Machu Picchu con Juan, su hijo mayor, donde juntos y a voz en cuello recitaban el nerudiano "sube a nacer conmigo hermano". Se estremeció como entonces y reflexionó que, si bien "no compartía políticamente con Juan", sí compartían "el amor por los seres humanos, por las cosas sencillas, buenas y hermosas". "Sí -reflexionó-, la esperanza se sostiene en el amor por las cosas sencillas, el amor por las personas, por los débiles, en el goce de la vida".
El timbrazo enérgico del teléfono paralizó aquel momento de recuerdos y reflexión, silenció la música. La voz al otro lado de la línea preguntando por Juan aceleró aquel corazón de madre. En las horas siguientes, nuevas llamadas se sumaron, todas con la misma pregunta y luego interrumpían la comunicación.
Las voces eran conocidas por Filma, "¡y ellos sabían que el hijo no vivía desde meses en la casa familiar!"
La mujer palideció, no había lugar a la duda, la advertencia del propio hijo se confirmaba: "Mamá, si alguna vez los amigos te llaman reiteradamente preguntando por mí, haz algo, anda a la Vicaría, porque significa que estoy en problemas".
El rostro oscuro del miedo la atrapó. No sentía ese vacío aterrador desde aquella ocasión en que con cuatro años fue encerrada a oscuras en una despensa, castigada por su padre.
Aquel fin de semana, Filma Canales no durmió.
Los archivos de la Vicaría de la Solidaridad consignan que "Juan Bosco Maino Canales, soltero, egresado de Ingeniería de la Universidad Técnica del Estado, militante del MAPU, fue detenido por agentes de la Dirección de Inteligencia Nacional -DINA- el día 26 de mayo de 1976, aproximadamente a las 22:00 horas, en el domicilio..."
Juan ya no estaba. Sus 27 años, las conversaciones con "el Negro" dueño del quiosco... Su trabajo en el comedor infantil de la población Lo Hermida, las cotidianas visitas a los abuelos para quererse y ayudarles... Los trabajos de fotografía, la fiesta de egreso universitario pendiente, los sueños e ideales por un mundo mejor, que cantaran en Machu Picchu, el amor de la mujer y los hijos que anhelaba. Todo se detenía.
Filma Canales, madre y padre, decidió desde un primer momento "no imponer al resto de los hijos la búsqueda de Juan... ellos tenían el derecho, desde su libertad, a elegir su propio camino". Pero estaban todos con ella y la sostenían.
Cuando el Recurso de Amparo en favor de su hijo fue rechazado por quienes impartían justicia, los miedos y el dolor de Filma se transformaron al instante en absoluta furia. "Y la rabia se adueñó de mi alma. Yo era el rostro de la furia".
Filma convocó energías e increpó con violencia a su Dios. Irrefrenables, la habitaron "todas las furias del mundo". Porque, "¡cómo se atreven!", demandaba -vibrando su rabia por las calles de la capital, acudiendo a tribunales, en el silencio del hogar, organizadamente, a la luz del día o en la oscuridad-, "¿cómo se atreven a hacer estas cosas?, ¿cómo es posible?, ¡cómo imaginan que las pueden hacer impunemente!"
La timidez que la caracterizaba se disolvió en pocas horas, y sus ojos sostenían desafiantes los de cualquier uniformado en la vía pública. Insistía "...hasta obligarlos a desviar la mirada y entonces, ¡tenía un sabor a triunfo!"
Río en crecida era esta fuerza de Filma y sumó las artes del cine al desafío. Como a través de un lente que sitúa la visión más allá de lo inmediato comenzó "...a mirar a través de ellos como si no existieran. ¡Yo quería que desaparecieran, así como habían hecho desaparecer a Juan!"
Entonces lo inesperado se hizo presente. Miró detrás de la rabia, del miedo, del dolor. Ningún hecho nuevo especial, ni gurú, ni ángeles alados; sólo su humanidad, la rabia, el dolor, el miedo, desnudos ante sí misma. Constató que miraba así, desenfocados, a esos uniformados "para que desaparecieran, porque habían matado a mi Juan y yo, en mi ser, los estaba matando. Eso fue terrible y entendí que no podía seguir así, que me iba a enloquecer".
Filma comenzó a reconocer a Filma, sin negar la historia. Y sin borrar la memoria, decidió aprender a perdonar, "...porque el perdón no es un sentimiento, el perdón es una decisión de la voluntad".
El día en que Claudio Orrego la invitó a las jomadas de no violencia en Serpaj dijo que sí. Martin Luther King, Gandhi y Jesús le salieron al camino. Pero la furia resurgía, golpeaba cojines, aceptaba como válida su rabia y la de otros, repitiendo día a día "yo quiero perdonar, perdonar a papá, a mamá, a mis profesores, a toda persona que me pudo hacer daño".
Juan continuaba desaparecido y con él, cientos. Villa Grimaldi, Cuatro Alamos, la parrilla eléctrica, los colgamientos, golpes, violaciones, amenazas, agresiones psicológicas, las cabezas sumergidas una y otra vez en aguas putrefactas, drogas inyectadas, aberraciones con animales, cuerpos dinamitados, baleados, cortados, golpeados hasta la muerte, la locura del victimario, pedían ser reconocidos más allá de los artículos periodísticos, del Informe Rettig, los acuerdos políticos, los actos simbólicos.
¿Cómo unir perdón con justicia, verdad y reparación? La respuesta le llegó sin esperarla: "¡El perdón no borra la memoria! Es un acto personal de libertad que no me impide defender la justicia y la verdad...", constató.
Y así, Filma pudo continuar viviendo, continuar perdonándose y perdonar. Comprendió y disfrutó que "el gozar de la vida es hermoso, que la transformación de las cosas, ¡es lo que mantiene viva a la gente!"
Hoy, tras décadas de la desaparición de su hijo, Filma Canales "si tuviera la oportunidad de mirar cara a cara a quienes mataron a Juanito, les preguntaría, ¿por qué lo hicieron...? ¡Mírense, reconozcan..., límpiense, evolucionen!"
En memoria de Juan Bosco Maino Canales y de su madre Filma Canales, fallecida en junio de 2014. Agradecemos a Dios su testimonio de amor y perdón.
Fuente: Libro "Historias de Esperanza"