Evangelización

La 'Ciudad de la Sangre'

Déjate fascinar por estos signos que traspasan lo racional, cuyo perfume de lo eterno atrapa y -siendo como niños, tal como Jesús soñó para nosotros- harán explotar tu alma.
por Portaluz 13-03-2026
San Genaro. Fervor napolitano

'Urbs sanguinum', así es como el abad parisino Jean Jacques Bouchard llamó a Nápoles, que permaneció en esta ciudad desde 1631 hasta 1641. Es cierto que este plural 'sanguis' resulta un poco chocante al oído, pues no estamos acostumbrados a usar este sustantivo en plural. Pero así es en Nápoles. No hay ciudad en el mundo que preserve celosamente la sangre de tantos santos, no solo la de San Gennaro, el más famoso. 

Nápoles, de verdad un banco de sangre para saltar a lo eterno. Y son 'sangres' las de estas ampollas, que, de una forma u otra, también fueron o siguen siendo receptoras 'del prodigio'; es decir, licuarse total o parcialmente, después de siglos, sin intervención de nada externo a ellas, pasando por diferentes etapas, colores y consistencias. Hay más, ¡sí!, hay mucho más latiendo a eternidad en nuestro mundo sensible.

Mencionaremos los sucesos más famosos.

La más famosa de todas, después de San Gennaro, es la de Santa Patricia, la segunda patrona de Nápoles. Esta sangre de la santa es muy activa, porque no solo se licúa cada 25 de agosto, día de su muerte, sino también todos los martes a las 11 de la mañana, sin excepción, siempre que se rece fervientemente recitando el Credo y se muestra a los fieles que asisten. Mucho más que la de San Gennaro, cuyo milagro de licuefacción ocurre, casi siempre, tres veces al año.

Santa Patricia era de origen oriental, de Constantinopla. Su biografía es bastante incierta, empezando por su datación, ya que algunas fuentes indican que nació en el siglo IV y otras en el siglo VII. Los primeros afirman que vivió en tiempos del emperador Constantino el Grande, e incluso que estaba emparentada con él, y los demás que solo era descendiente. La leyenda cuenta que, para evitar la imposición del matrimonio huyó de Constantinopla, llegó a Roma y juró permanecer virgen. Más tarde desembarcó en Nápoles, tras una terrible tormenta que la obligó a desembarcar en las rocas de Castel dell'Ovo, donde fundó una orden monástica y cuidó de niñas necesitadas.

Claustro de San Gregorio Armeno. Nápoles, Italia.

 Santa Patricia murió joven debido a una enfermedad e inmediatamente después fue exaltada por el pueblo como santa. Su cuerpo fue llevado primero al monasterio de los Santos Nicandro y Marciano y luego, desde 1864, al monasterio San Gregorio Armenó, donde se conservan sus restos junto con una ampolla de su sangre y otra ampolla que contiene una sustancia roja pulverizada, que tendría propiedades taumatúrgicas, llamada Maná de Santa Patricia, que originalmente era un líquido que goteaba de la tumba de la santa.

Pero el monasterio de San Gregorio Armeno, es una iglesia que alberga un gran número de otras valiosas sanguis reliquias. Allí se custodia por ejemplo sangre de San Pantaleón, la de San Juan Bautista, San Esteban, San Francisco de Asís o San Lorenzo. 

San Juan Bautista, la voz que clama en el desierto, profeta precursor de Cristo, el que lo bautizó, sin duda tiene un lugar destacado en la hagiografía cristiana como uno de los santos con mayor devoción popular. Fue decapitado por orden de Salomé, hija de Herodías, y su cabeza le fue entregada en un plato. Según la tradición, su sangre, junto con sus otras reliquias, llegó a Francia (Bazas) y de allí a Nápoles, llevada por Carlos de Anjou, alrededor del año 1200. Llegaron tres ampollas y fueron depositadas en otros tantos monasterios, luego, a lo largo de los siglos y por diferentes razones, dos de ellas fueron trasladadas a San Gregorio Armeno, donde ha ocurrido el milagro de licuarse el 24 de junio, fiesta del santo, o el 29 de agosto.

Podríamos seguir, son más de dos mil los santos cuya sangre se conserva en Nápoles, con San Gennaro al frente, que en cierto sentido representa a todos los demás.

La sangre, como símbolo poderoso de vida, sacrificio y presencia real del santo, en Nápoles se intensifica aún más porque tiene una historia marcada por catástrofes (erupciones, terremotos, plagas) y representa una fuerza que protege, intercede y frena el mal. El milagro del licuado de la sangre no es solo un prodigio, es una señal de que Dios mantiene una relación activa con la ciudad, con la vida de los fieles.

La sangre del santo se convierte en una metáfora de la sangre de la propia ciudad, de cada persona, que por la gracia de Dios, al licuarse, traspasa las barreras de lo natural para recordarnos nuestra identidad trascendente. Para los napolitanos, estas reliquias no son objetos del pasado, sino señales de una relación viva con lo divino.