El drama de la ruptura: así juzgaron cuatro Papas el cisma de Lefebvre
En 2026, cuando se cumple medio siglo del desafío cismático de carácter tradicionalista planteado a la Iglesia católica por el arzobispo Marcel Lefebvre, la entidad que él fundó en 1970, la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X (FSSPX) ha vuelto a centrar la actualidad religiosa. Si no hay novedades por parte de este grupo, el próximo 1 de julio sus obispos -el español Alfonso de Galarreta y el suizo Bernard Fellay, los que quedan de los cuatro consagrados por el propio Lefebvre en 1988- procederán a ordenar nuevos obispos.
Estas nuevas consagraciones previstas por la FSSPX "no cuentan con el correspondiente mandato pontificio", tal como ha recordado el pasado 13 de mayo el cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, en una declaración que subraya que será, una vez más, "un acto cismático", y que según la enseñanza católica "la adhesión formal al cisma constituye una grave ofensa a Dios y lleva consigo la excomunión debidamente establecida por la ley de la Iglesia".
Lo que sucedió en 1988 parece repetirse ahora, y a León XIV le corresponde afrontar, como a san Juan Pablo II en su momento, una amenaza real a la unidad de la Iglesia. Son sobradamente conocidos los argumentos planteados por los seguidores de Lefebvre: el Concilio Vaticano II habría supuesto un vuelco a la doctrina tradicional católica, sobre todo por lo que supusieron la renovación litúrgica del rito latino, la apuesta por el ecumenismo y el reconocimiento de la libertad religiosa.
Pero no son tan conocidas las palabras -y los hechos- de los sucesores de san Pedro a la hora de reaccionar ante la estrategia de "acoso y derribo" de la FSSPX. Por eso recogemos en Portaluz lo más importante de lo afirmado por Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco, para ver cómo los pontífices han tendido la mano una y otra vez, mostrando la misericordia y la paciencia de la Iglesia, frente a una actitud soberbia y desafiante de los lefebvristas.
Pablo VI: escándalo y daño de una solemne desobediencia
Muchos católicos creen que el cisma de Lefebvre se inició en 1988 con las consagraciones episcopales ya mencionadas. Pero lo cierto es que, tras la fundación de la FSSPX y su seminario en Suiza -primero en Friburgo y después en Ecône- en 1970, el primer gran hito de ruptura lo supuso la ordenación de 13 sacerdotes el 29 de junio de 1976, lo que trajo consigo la suspensión a divinis del arzobispo francés. Sin embargo, éste no admitió la sanción canónica y siguió ejerciendo el ministerio en señal de resistencia a la Iglesia posconciliar.
Esto fue motivo de un discurso pronunciado por san Pablo VI, como comentario a la misa celebrada en Lille (Francia) por Lefebvre ante 6.000 fieles "a pesar del precepto que le comunicamos fraternalmente para que se abstuviera de continuar por un camino tan perjudicial para la Iglesia". El papa prefería no contestar entonces "a las gravísimas acusaciones" contra Roma, el Concilio y él mismo, aunque veía el asunto "más grave" y "más doloroso". Por ello, invitaba a los fieles "a orar al Señor para que inspire al Hermano en cuestión, y a todos cuantos lo siguen, un mejor juicio y verdadera fidelidad a la Santa Iglesia Católica".
Pocos días después, tuvo lugar un encuentro privado entre el pontífice y el arzobispo, cuyo contenido se ha conocido en 2018. Pablo VI le dijo a Lefebvre: "la posición que usted ha tomado es la de un antipapa", ya que "ha juzgado al Papa como infiel a la fe de la que es supremo garante". Añadiendo a continuación: "si así fuese, tendría que renunciar, e invitarle a usted a ocupar mi sitio para dirigir la Iglesia".
El papa Montini le reprochó lo que estaba haciendo y le preguntó si era consciente del "escándalo y el daño que ha provocado en la Iglesia". Por supuesto, reconoció lo fundado de las preocupaciones y críticas del prelado francés con respecto a los abusos posconciliares, a una aplicación en clave de ruptura con la Tradición, afirmando Pablo VI que "somos los primeros en deplorar los excesos". Pero también lamentó la "solemne desobediencia, con su desafío abierto al Papa". Según las personas más cercanas al pontífice, tras la reunión empezó un ayuno para hacer penitencia y reparación.
Juan Pablo II: "os lo pido por las llagas de Cristo"
En 1988, san Juan Pablo II sufrió la herida más sangrante del cisma al no poder evitar que Marcel Lefebvre, junto con el obispo emérito de Campos (Brasil), Antonio de Castro Mayer, consagraran obispos a cuatro sacerdotes de la FSSPX el 30 de junio. Unos días antes de que tuviese lugar esta celebración, el papa polaco remitió una carta privada al líder del movimiento cismático en estos términos: "Os invito ardientemente a volver, humildemente, a la plena obediencia al Vicario de Cristo".
Y concluía diciendo a continuación: "No solamente os invito a ello, sino que os lo pido por las llagas de Cristo, que la víspera de su Pasión pidió por sus discípulos 'a fin de que todos sean uno'. A esta petición e invitación uno mi plegaria cotidiana a María, Madre de Cristo. Querido hermano, no permitáis que el año dedicado de una manera muy especial a la Madre de Dios traiga una nueva herida a su corazón de Madre". Estas palabras no alteraron el ánimo del arzobispo francés, que siguió adelante con sus planes, incurriendo tanto los obispos consagrantes como los consagrados en la excomunión automática (según lo previsto por el canon 1387 del Código de Derecho Canónico).
Juan Pablo II: llamada a una verdadera fidelidad a la Tradición
Tan sólo dos días después del acto cismático en Ecône, Juan Pablo II publicó una carta apostólica en forma de motu proprio titulada Ecclesia Dei. Los términos empleados en sus primeros párrafos son suficientemente significativos: "gran aflicción", "esfuerzos inútiles", "paciencia y comprensión", "mala acción", "triste acontecimiento"... Y es que el papa Wojtyla subrayaba su tristeza, "por muy pequeño que sea el número de las personas implicadas en estos sucesos". El valor inmenso del daño infligido a la comunión de la Iglesia merecía tal reacción.
Según Juan Pablo II, el acontecimiento debía ser "ocasión para reflexionar profundamente y para renovar el deber de fidelidad a Cristo y a su Iglesia". En la raíz de este acto de desobediencia gravísima -el rechazo del primado romano y de su autoridad- veía "una imperfecta y contradictoria noción de Tradición" que se opone al Magisterio de la Iglesia y rompe los vínculos con el sucesor de san Pedro, que es el garante de la unidad, según la voluntad del propio Jesucristo.
El hecho "puede y debe ser, para todos los fieles, un motivo de reflexión sincera y profunda sobre su fidelidad a la Tradición de la Iglesia". Y el pontífice polaco insistía, como Pablo VI, en la llamada a rechazar "interpretaciones erróneas y aplicaciones arbitrarias y abusivas en materia doctrinal, litúrgica y disciplinar". Y para facilitar la integración de los fieles vinculados a la forma antigua del rito latino, así como su vuelta a la comunión eclesial en el caso de haber participado en el cisma de Lefebvre, instituyó la Comisión Ecclesia Dei, con el mismo nombre del documento.
Benedicto XVI: "no ejercen ministerios legítimos"
El siguiente paso crucial en la historia del lefebvrismo fue una decisión de Benedicto XVI: el 21 de enero de 2009 levantó la excomunión a los obispos que habían incurrido en ella en 1988. Las reacciones a esta remisión de la pena canónica máxima llegaron a tal nivel que el pontífice escribió a todos los obispos del mundo una carta el 10 de marzo para clarificar sus motivos y justificar su acción, y así contribuir a la paz de la Iglesia, que veía en riesgo.
Una misiva escrita desde el corazón dolorido, sin la numeración habitual de los documentos pontificios ni citas de otros textos oficiales como el Concilio o el Derecho Canónico. Lo que sucedió tras la remisión de la excomunión -sobre todo, el llamado "caso Williamson", originado por las posturas personales de este prelado lefebvrista- vino a complicarlo todo, confundiéndose las cosas en la opinión pública, de forma que parecía que Ratzinger hacía retroceder a la Iglesia en cuestiones como las relaciones con el judaísmo. Manifestaba su tristeza por los fieles que "hayan pensado que debían herirme con una hostilidad dispuesta al ataque".
Otro error desafortunado en la reacción a la decisión pontificia fue confundir la remisión de las excomuniones con la aprobación de una institución (la FSSPX). No: lo que intentó Benedicto XVI fue restaurar la comunión eclesial, herida gravemente desde 1988. El gesto nuevo pretendía "invitar una vez más a los cuatro Obispos al retorno". Por eso insistía en "distinguir este ámbito disciplinar [levantar la sanción a las personas] del ámbito doctrinal [rechazo a la autoridad del Papa y del Concilio Vaticano II]". Como consecuencia, recordaba que "hasta que la Fraternidad no tenga una posición canónica en la Iglesia, tampoco sus ministros ejercen ministerios legítimos en la Iglesia".
Benedicto XVI: "el humilde gesto de una mano tendida"
El pontífice alemán subrayaba que en el diálogo con los lefebvristas -llevado a cabo por la Comisión Ecclesia Dei- "los problemas que deben ser tratados son de naturaleza esencialmente doctrinal, y se refieren sobre todo a la aceptación del Concilio Vaticano II y del magisterio postconciliar de los Papas". Con otras palabras: "No se puede congelar la autoridad magisterial de la Iglesia al año 1962 [justo antes del Concilio], lo cual debe quedar bien claro a la Fraternidad". Pero recuerda a los del otro lado: "quien quiere ser obediente al Concilio, debe aceptar la fe profesada en el curso de los siglos y no puede cortar las raíces de las que el árbol vive".
A continuación, Benedicto XVI justificaba la oportunidad de la decisión ante tantas preocupaciones y urgencias de la Iglesia contemporánea asegurando que su prioridad no es otra que "conducir a los hombres hacia Dios". Para ello es necesaria la unidad, puesto que "su discordia, su contraposición interna, pone en duda la credibilidad de su hablar de Dios". Algo que incluye también "las reconciliaciones pequeñas y medianas" como ésta. E insistía en que lo único que había hecho era "el humilde gesto de una mano tendida".
Entre los elementos que motivaron su decisión estarían "salir al encuentro del hermano que 'tiene quejas sobre ti' y buscar la reconciliación", "prevenir las radicalizaciones", "evitar la radicalización", "comprometerse en la disolución de las rigideces y restricciones" y "superar posiciones unilaterales". Y se preguntaba, con un corazón de buen pastor preocupado por sus ovejas: "¿Debemos realmente dejarlos tranquilamente ir a la deriva lejos de la Iglesia?". Y, más adelante: "¿Qué será de ellos luego?".
Francisco: pasos concretos de gran misericordia
Después de lo problemático que fue ese paso valiente dado por Benedicto XVI y las consecuencias que tuvo para su pontificado, parecía poco probable que su sucesor hiciera ningún movimiento favorable hacia la FSSPX, que siempre miró a Francisco de forma ultra crítica. Sin embargo, el papa argentino también resultó ser una caja de sorpresas en este asunto concreto, haciendo de su llamada a la misericordia unos gestos concretos para este colectivo tradicionalista y cismático.
Esto tuvo lugar precisamente en el marco del Año Jubilar de la Misericordia (2016). En septiembre de 2015, en las últimas líneas de la carta en la que concedió la indulgencia plenaria para este Jubileo Extraordinario, incluía esta sorprendente disposición: "movido por la exigencia de corresponder al bien de estos fieles, por una disposición mía establezco que quienes durante el Año Santo de la Misericordia se acerquen a los sacerdotes de la Fraternidad San Pío X para celebrar el Sacramento de la Reconciliación, recibirán válida y lícitamente la absolución de sus pecados".
Un año después, en su carta apostólica Misericordia et misera, escrita al concluir el Jubileo, recordaba el gesto y escribía lo siguiente: "Por el bien pastoral de estos fieles, y confiando en la buena voluntad de sus sacerdotes, para que se pueda recuperar con la ayuda de Dios la plena comunión con la Iglesia Católica, establezco por decisión personal que esta facultad se extienda más allá del período jubilar, hasta nueva disposición, de modo que a nadie le falte el signo sacramental de la reconciliación a través del perdón de la Iglesia".
Por otro lado, en marzo de 2017, Bergoglio aprobó una carta emitida por la Comisión Ecclesia Dei en la que se señalaba que, en la línea de la decisión anterior, aunque teniendo claro que la situación canónica de la FSSPX "continúa siendo, por ahora, objetivamente ilegítima", el Papa autorizaba a los obispos "que concedan las licencias para asistir a los matrimonios de fieles que siguen la actividad pastoral de la Fraternidad". Así reconocía la Iglesia la validez del sacramento del matrimonio celebrado entre los lefebvristas, con la intención de tranquilizar sus conciencias y con la confianza de que de este modo "se avanzará hacia la plena regularización institucional".
Muestras de esa mano siempre tendida, pero tantas veces rechazada y hasta mordida por quienes, encumbrados en la soberbia, siguen hiriendo y rompiendo el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia.