Desde Camerún el Papa León XIV abraza el corazón herido de cada ser humano exhortando a trabajar "juntos por la Paz"
¡Trabajemos juntos por la paz! Fue la exhortación del Papa León XIV en el encuentro por la paz con la comunidad de Bamenda, que tuvo lugar el jueves 16 de abril, en el segundo día de su visita a Camerún. En la Basílica de San José, lugar del encuentro, el Pontífice denunció: "¡Ay en cambio quienes doblegan las religiones y el propio nombre de Dios a sus objetivos militares, económicos o políticos, arrastrando lo que es santo hacia lo más sucio y tenebroso!"
VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV
A ARGELIA, CAMERÚN, ANGOLA Y
GUINEA ECUATORIAL (13-23 DE ABRIL DE 2026)
REUNIÓN POR LA PAZ CON LA COMUNIDAD DE BAMENDA
DISCURSO DEL SANTO PADRE
Catedral de San José (Bamenda)
jueves, 16 de abril de 2026
Queridas hermanas y hermanos:
Es una alegría para mí estar entre vosotros en esta región tan castigada. Y tal y como acaban de demostrar vuestros testimonios, todo el dolor que ha azotado a vuestra comunidad hace que hoy sea aún más evidente esta certeza: ¡Dios nunca nos ha abandonado! ¡En Dios, en su paz, siempre podemos volver a empezar!
Su Excelencia el Arzobispo recordaba la profecía que exclama: «¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz!» (Is 52, 7). Así saludaba mi llegada entre vosotros, pero ahora quisiera responder: ¡qué hermosos son también vuestros pies, cubiertos de polvo de esta tierra ensangrentada, pero fértil, de esta tierra ultrajada, pero rica en vegetación y generosa en frutos! Son los pies que os han traído hasta aquí y que, a pesar de encontrar pruebas y obstáculos, os han mantenido en los caminos del bien. Que todos podamos continuar por el camino del bien que conduce a la paz. Os doy las gracias, porque - ¡es cierto! - estoy aquí para anunciar la paz, pero enseguida descubro que vosotros me la anunciáis a mí y al mundo entero. De hecho, como uno de vosotros ha recordado hace un momento, la crisis que ha sacudido estas regiones de Camerún ha acercado más que nunca a las comunidades cristianas y musulmanas, hasta el punto de que vuestros líderes religiosos se han unido y han fundado un Movimiento por la Paz, a través del cual tratan de mediar entre las partes enfrentadas.
¡En cuántos lugares desearía que esto sucediera! ¡Vuestro testimonio, vuestra labor por la paz, puede ser un ejemplo para el mundo entero! Jesús nos dijo: «¡Bienaventurados los pacificadores!». ¡Ay en cambio quienes doblegan las religiones y el propio nombre de Dios a sus objetivos militares, económicos o políticos, arrastrando lo que es santo hacia lo más sucio y tenebroso! Sí, queridos hermanos y hermanas, vosotros, los que tenéis hambre y sed de justicia, vosotros, los pobres, los misericordiosos, los mansos y los de corazón puro, vosotros, los que habéis llorado, ¡sois la luz del mundo! (cf. Mt 5, 3-14). Bamenda, ¡hoy eres la ciudad sobre el monte, espléndida a los ojos de todos! Hermanas y hermanos, sed por mucho tiempo la sal que da sabor a esta tierra. ¡No perdáis vuestro sabor, tampoco en los años venideros! Atesorad lo que os ha unido y lo que habéis compartido en la hora del llanto. ¡Atesoremos todos este día en el que nos hemos reunido para trabajar por la paz! Sed aceite que se derrama sobre las heridas humanas.
En este sentido, quiero expresar mi agradecimiento a todas aquellas personas —en particular a las mujeres, tanto laicas como religiosas— que atienden a las personas víctimas de la violencia. Es una labor inmensa, invisible, cotidiana y, como ha recordado la hermana Carine, expuesta al peligro. Los señores de la guerra fingen no saber que basta un instante para destruir, pero que a menudo no basta toda una vida para reconstruir. Fingen no ver que se necesitan miles de millones de dólares para matar y devastar, pero no se encuentran los recursos necesarios para sanar, educar y levantar. Quienes despojan a vuestra tierra de sus recursos suelen invertir gran parte de los beneficios en armas, en una espiral de desestabilización y muerte sin fin. Es un mundo al revés, una distorsión de la creación de Dios que toda conciencia honesta debe denunciar y repudiar, eligiendo ese giro de 180 grados —la conversión— que conduce en la dirección opuesta, por el camino sostenible y rico en fraternidad humana. ¡El mundo es destruido por unos pocos déspotas y se mantiene en pie gracias a una miríada de hermanos y hermanas solidarios!
¡Somos descendientes de Abraham, tan numerosos como las estrellas del cielo y los granos de arena de la playa! Mirémonos a los ojos: ¡ya somos este pueblo inmenso! La paz no hay que inventarla: hay que acogerla, acogiendo al prójimo como a nuestro hermano y como a nuestra hermana. Nadie elige a sus hermanos y hermanas: ¡solo tenemos que acogernos unos a otros! Somos una sola familia y habitamos la misma casa, este maravilloso planeta del que las culturas antiguas se han ocupado durante milenios.
El Papa Francisco escribió en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium algo que me vino a la mente al escuchar vuestras palabras. Escribió: «La misión en el corazón del pueblo no es una parte de mi vida, ni un adorno que pueda quitarme, no es un apéndice, ni un momento más entre tantos de la existencia. Es algo que no puedo arrancar de mi ser a menos que quiera destruirme. Yo soy una misión en esta tierra, y por eso me encuentro en este mundo» (n. 273).
Queridos hermanos y hermanas de Bamenda, ¡con estos sentimientos estoy hoy entre vosotros! ¡Sirvamos juntos a la paz! «Hay que reconocerse a uno mismo como marcado a fuego por esa misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar. Allí se revelan la enfermera del alma, el maestro del alma, el político del alma, aquellos que han decidido en lo más profundo de su ser estar con los demás y para los demás» (ibíd.). Así nos exhortó mi amado Predecesor a caminar juntos, cada uno en su propia vocación, ampliando los límites de nuestras comunidades, con la concreción de quien parte de su trabajo local para llegar al amor al prójimo, sea quien sea y esté donde esté. ¡Es la revolución silenciosa de la que vosotros sois testigos! Como ha dicho el imán, ¡demos gracias a Dios porque esta crisis no ha degenerado en una guerra religiosa, y porque todos seguimos intentando amarnos los unos a los otros! ¡Sigamos adelante sin cansarnos, con valentía y, sobre todo, juntos, siempre juntos!
Caminemos juntos, con amor, buscando siempre la paz.
[Afuera, en la plaza de la iglesia:]
Queridos hermanos y hermanas, ¡hoy el Señor nos ha elegido a todos para ser los trabajadores que traen la paz a esta tierra! Recemos todos juntos al Señor, para que la paz reine verdaderamente entre nosotros, para que cuando soltemos estas palomas blancas —símbolo de paz— la presencia de Dios esté sobre nosotros, sobre esta tierra, y nos mantenga a todos unidos en Su Paz. ¡Alabado sea el Señor!
Fuente: Vatican.va