por Aleksander Banka
Uno de los signos de los tiempos que ya marca y seguirá marcando a la Iglesia del futuro es el abandono y la dramática soledad. No se trata de la institución, de las estructuras, ni siquiera de algún grupo dentro de la comunidad eclesial. Se trata de personas concretas, de discípulos de Cristo, de cada cristiano auténtico que tendrá que enfrentarse a la conciencia de que la credibilidad de la comunidad con la que se identificaba, basada en el aspecto humano, se está desmoronando; que las autoridades en las que confiaba y a las que seguía, especialmente entre el clero, se desmoronan, caen y fallan una tras otra; que las personas con las que compartía el camino y con las que, con esfuerzo, construía un bien mayor o menor, caen en la trampa de la hipocresía y la mezquindad.
Muchos no podrán soportarlo, dudarán y se marcharán decepcionados, amargados y escandalizados. Otros, para sobrevivir, negarán y falsearán la realidad, la demonizarán o culparán de la situación actual a personas concretas, fuerzas enemigas, estructuras anticristianas del mal, al Anticristo o a los autores de una conspiración mundial contra la Iglesia. Aunque hubiera algo de razón en su forma de pensar, en su conjunto es un camino que no lleva a ninguna parte, un callejón sin salida en el que uno puede refugiarse del empuje del mundo, pero desde el que ciertamente no puede salir con fuerza al encuentro de ese mundo.
Por lo tanto, solo queda un camino posible: el de la soledad en la cruz. Aquellos que decidan seguirlo con perseverancia se darán cuenta de que, más que un camino solitario, es un acompañamiento, una participación en el camino de Jesús mismo.
Si alguna vez la Iglesia ha buscado en sí misma, en su propia historia, la experiencia de la cruz hoy tiene más oportunidades que nunca de encontrarla en el dolor, el sufrimiento y la amargura de sus propios hijos, a quienes ha defraudado, escandalizado, decepcionado, privado de apoyo y, en cierto sentido, dejado huérfanos.
¿Es este un momento dramático de desmitificación de la Iglesia? No, más bien es una etapa necesaria de una transformación que nos hace más realistas, que nos despoja de todo lo que obstinadamente hemos utilizado para cubrir el cuerpo desnudo, indefenso, sangrante y moribundo de Jesús. Porque así era antes de la resurrección y, por mucho que busquemos razones para triunfar, al final tenemos que afrontar que, en lo más profundo del misterio de la Iglesia, al igual que en el punto culminante de la vida de Jesús, hay una tragedia de desnudez, un drama de abandono y una angustia de agonía. El camino de la resurrección pasa por estas experiencias. Siguiéndolo, encontraremos la vida.
También nos encontraremos unos a otros, como miembros de un cuerpo en pequeñas comunidades humildes que caminan juntas, sin fanfarronería ni presunción, sin adulación irreflexiva ni necesidades artificiales creadas por la dependencia de autoridades a las que obstinadamente hemos otorgado rasgos de ídolos.
Es una oportunidad para enfrentarnos a todos nuestros engaños y decepciones vergonzosamente ocultos hasta ahora, para vivir juntos el silencio de la tumba, el Sábado Santo del dolor, las preguntas sin respuesta y el duelo por la pérdida de aquello en lo que habíamos depositado nuestra esperanza. ¿Por qué es una oportunidad para algo nuevo y no un triste sello del fin? Porque en el Reino de Dios, cada entierro verdadero y doloroso es un comienzo, un paso hacia la vida, una nueva siembra.
