Para conocer a Chesterton

24 de julio de 2024

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La obra de Joseph Pearce reeditada por Ediciones Encuentro después de un cuarto de siglo, cuenta ahora con la presentación de un poeta español que se confiesa chestertoniano, Enrique García-Máiquez, y que es a la vez un buen conocedor de la cultura británica. Pearce tituló su biografía Sabiduría e inocencia. Me parece un título muy adecuado pues los auténticos sabios son las personas más sencillas, las que huyen de toda doblez y buscan la verdad en un mundo que niega su existencia y la ha sustituido por la mera opinión.

 

A Chesterton se le atribuye la expresión “La verdad está antes que los hechos”, y esto se ha relacionado con sus biografías de grandes escritores británicos, en su mayoría, en las que lo importante no es la descripción de su vida, y a veces ni siquiera de sus obras, sino la captación de su espíritu, por no decir de su mentalidad. Chesterton tenía la habilidad de ponerse en su piel sin tener que conocer necesariamente todos los detalles de su existencia, lo que irritaba a los especialistas en los personajes, bien fueran historiadores o críticos literarios, aunque hubo una excepción, la del filósofo Étienne Gilson, que consideró su biografía de santo Tomás de Aquino como una obra maestra. Aquí se combinan sabiduría, inocencia e intuición, y con magníficos resultados. Pero la fórmula de Chesterton no es algo para iniciados. Es simplemente la aplicación del sentido común, que nada tiene que ver con ese pragmatismo sin alma que algunos suelen atribuir a los ingleses. En mi opinión, ese sentido común está muy entendido entre los lectores habituales de la Biblia y de Shakespeare. No cabe duda de que Chesterton era uno de ellos.

 

En su introducción, García-Máiquez asegura que muchos le han preguntado que cuál es el mejor libro para iniciarse en Chesterton. Unos sugieren los relatos del padre Brown, otros Ortodoxia, un gran ensayo apologético, pero el prologuista estima que es mejor empezar por Sabiduría e inocencia de Joseph Pearce, pues en este libro encontraremos también un análisis de sus obras, fruto del minucioso estudio del biógrafo. En esta biografía descubriremos, además, lo valorado que fue Chesterton incluso por autores nada católicos como Kafka u Orwell, y yo me permitiría añadir a esa lista a Alfred Hitchcock, que copió el título de unos relatos chestertonianos, El hombre que sabía demasiado, para dos de sus películas. Por lo demás, el libro de Pearce se lee como “una vida con pulso de novela”, en expresión de García-Máiquez.

 

Me permito afirmar que estamos ante una biografía transparente, en la que también aparecen las debilidades del biografiado, sus aciertos y errores, que no oscurecen su gran humanidad. Si Erasmo dijo de Tomás Moro que era A man for all seasons, de Chesterton podríamos decir que era un hombre para todas las amistades. Bien conocida es su especial relación con escritores que compartían sus convicciones como Hilaire Belloc o Maurice Baring, pero lo más sorprendente -y debe destacarse en estos tiempos de polarización- es su amistad con George Bernard Shaw y Herbert George Wells, sus rivales ideológicos adheridos a la “religión” del progreso. Ni siquiera la conversión de Chesterton al catolicismo en 1922 logró romper esa amistad, aunque la noticia no entusiasmara precisamente a los dos escritores.

 

La fe, el buen humor y el sentido común no están reñidos con la misericordia, una cualidad que ha sido concedida a los niños, y que tiende a desaparecer por obra de los adultos que les incitan a llegar rápidamente a la “madurez”. La vida de Chesterton, relatada por Pearce, es la demostración de que la misericordia no tiene que ver tanto con prácticas asistenciales sino con el incremento del amor que tenemos por los otros. Es la vida de un poeta y de un eterno niño, fascinado por los cuentos de edad y representante de una Inglaterra alegre y caballeresca que hunde sus raíces en el denostado Medievo. Con la sabiduría y la inocencia se pueden llegar a muchas partes, entre ellas a la radio donde muchos oyentes de la BBC, que nunca leyeron una línea de Chesterton, pudieron disfrutar de su espíritu sencillo y de sus paradojas.

 

Esta biografía de Chesterton plasma magistralmente una vida y una época, precursora en el ámbito de las ideas de nuestro mundo actual, aunque a la vez nos presenta a un hombre al que algunos de sus contemporáneos presentaron como un profeta. Pero es muy probable que Chesterton les hubiera recordado aquella cita bíblica de Amós (7:14), la de que no era profeta ni hijo de profeta. Él era poeta y buen amigo de sus amigos.

 

 

Fuente: PáginasDigital.es

 

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