Batallas con el demonio. Del esoterismo al budismo, fue liberado por Dios
En la década de los noventa, cuando Martin era adolescente, corría el rumor en su familia, de raíces cristianas, de que era un 'niño índigo'. Esta creencia, procedente del movimiento de la Nueva Era, estaba muy extendida en aquella época. Se afirmaba que algunos niños superdotados poseían una inteligencia intuitiva, incluso espiritual, y que habían nacido para transformar el mundo del futuro. Se les llegaba a calificar incluso de sobrehumanos, afirmando que su desajuste con la sociedad se debía a su genio o a su 'alma vieja'.
Martin comprendió que era especial. De hecho, destacaba en todo: música, deporte, estudios. "Mi tía decía que había venido al mundo por una razón concreta", cuenta al magazín Le Verbe, ahora con 51 años. "Mirando atrás, veo que eso no hizo más que alimentar mi ego. Mi sed de poder, a través del conocimiento y el control, se convertiría en la búsqueda de toda mi vida".
En aquella época, Martin sufría cada noche durante la cena lo que él llama "sesiones de tortura mental" a manos de un padre perfeccionista, obsesionado con el conocimiento y la disciplina. "Esas discusiones intelectuales no eran propias de mi edad. Me llevaba al límite. Todo tenía que ser perfecto. Nunca estaba satisfecho. Me asfixiaba. Acababa llorando. Una vez, enfurecido, lo acorralé contra la pared".
A los 15 años, incapaz de soportarlo más, Martin empezó a consumir setas alucinógenas, LSD y cannabis. Y para mayor desgracia, se metió en la delincuencia.
Abducido por el ocultismo y esoterismo
Un año más tarde, sumido en el desamor y en una crisis existencial, Martin decidió, mentalmente dice, morir. "No sé cómo explicarlo. Acepté conscientemente morir. Después, salí de mi cuerpo. Me vi a mí mismo. Miraba mi habitación. Algo me succionó por detrás. Miré: ¡era negro y estaba vacío! Me asusté tanto que salté de la cama. Corrí a ver a mis padres, que estaban durmiendo. No conseguía explicarles lo que me acababa de pasar".
Para Martin no hay ninguna duda de que aquello fue una experiencia iniciática, ocultismo vivido sin haber recurrido a las técnicas habituales, pues no estaba bajo la influencia de ninguna sustancia, solo intervenía su voluntad. "Las drogas alucinógenas -explica Martin- permiten tener este tipo de experiencias". Y añade: "Aunque hoy en día se puedan conseguir drogas en cualquier esquina o en una tienda, lo cierto es que abren las puertas a otra dimensión, aunque el consumidor no sea consciente de ello".
Esa vivencia de disociarse del propio cuerpo lo empujó a buscar respuestas y por azar se encontró con la doctrina de la gnosis. Desde ese momento, se sumergió de lleno en el mundo del esoterismo. "Como el saber y el conocimiento estaban reservados a una élite, eso me venía como anillo al dedo. Estaba 'avanzado' espiritualmente, tal y como me habían repetido. ¡Me había 'iniciado' yo mismo!".
Cada vez menos consciente del riesgo que corría fue adentrándose en experiencias que iban acompañadas de opresiones espirituales. Oía voces y sentía presencias maléficas a su alrededor. A pesar del miedo, siguió adelante. La atracción por conquistar los poderes secretos era más fuerte.
Buscando "poner los pies en la tierra"
Pasaron diez años, tras los cuales Martín terminó detestando su vida sin rumbo. Fue entonces que, al conocer a quien sería su futura esposa, enamorado, se aferró a la fuerza de su voluntad para dejar las drogas y todas las actividades esotéricas. Fue un período de altos y bajos, pero con la llegada de los hijos tomó nuevos bríos para continuar en su batalla por una vida digna. Retomó los estudios y consiguió trabajo como informático. Allí fue donde Martin se encontró con un antiguo profesor de educación física que para esa fecha era además sofrólogo, quien le inició en las artes marciales.
"Mis experiencias esotéricas y ocultistas me habían afectado. Buscaba una vida normal, pero sentía un profundo malestar. Este sofrólogo me hablaba de equilibrio, de meditación, de taichí y de qi gong. Me dije que quizá necesitaba eso para volver a poner los pies en la tierra", recuerda.
Martin se matriculó entonces en una escuela de Kung-Fu Shaolin y estaba feliz de recuperar su forma física. Aspiraba a convertirse algún día en maestro. "Quería que mi cara estuviera en la pared del dojo. Todavía había ese lado de 'superhombre' en mí", recuerda.
Y así llegó al budismo
No pasó mucho tiempo para que Martin Leblanc acabara abrazando la filosofía budista que, como la gnosis, propone liberarse del sufrimiento mediante una ascética. Pero sin un Dios creador, porque se trata de dominar el Qi (chi), "esa fuerza vital que te da mucha potencia física y mental", señala Martín; y así aniquilar el "yo", fuente de todo sufrimiento.
"El chi está presente en todas las artes marciales. En Occidente, se reducen las artes marciales a una gimnasia para la salud o a una técnica de relajación, pero, sin embargo, encierran una dimensión espiritual real. Lo queramos o no, actúa en nuestro interior", advierte Martin.
Así ese aspecto espiritual de la vida fue ganando terreno en Martin a medida que superaba las iniciaciones y perfeccionaba sus técnicas. "Cuanto más subes de grado, más controlas el chi y, efectivamente, el 'yo' se convierte en una ilusión. Pero mi conciencia cristiana me inquietaba, porque, lógicamente, si el 'yo' es una ilusión, entonces el 'tú' -el otro que tienes delante- lo es igualmente. La relación, el amor, no puede existir, por tanto, aunque en el budismo se predique la compasión. La compasión no es amor. En el amor hay entrega de uno mismo y de la propia vida, y acogida del otro y de su vida".
El encuentro con Dios que sana y libera
Sumergido en el budismo y sus prácticas Martin volvió a sentirse acosado por entidades, pero esta vez de forma más violenta.
Acababa de cumplir los cuarenta y el miedo volvía a ser su pan de cada día. Buscaba en Internet todo lo relacionado con las entidades ocultas, ya que, para él, de eso se trataba. Se encontró entonces con un vídeo del padre Joseph-Marie Verlinde, un sacerdote de origen belga y antiguo discípulo de Maharishi Mahesh Yogi -el famoso yogui de los Beatles-, fundador de la meditación trascendental. En ese video el sacerdote contaba la historia de su búsqueda de lo absoluto y explicaba cómo acabó dejándolo todo por Cristo.
La verdad golpeó a Martin de lleno: "Estaba en el trabajo. Salí y me arrodillé en medio de los transeúntes. Grité: «¡Lo siento! ¡Ya no entiendo nada! Si existes, Jesús, ¡muéstrate!» Al instante, una calidez me invadió. Era Él, lo sabía. Me desplomé en el suelo. No sé cuánto tiempo estuve llorando. Un peso enorme se me quitó de encima".
Dejarlo todo por Cristo
A pesar de todo, Martin siguió practicando kung-fu, incapaz de renunciar a su sueño tras siete duros años de entrenamiento. "Mi nueva conciencia me decía que lo dejara todo, pero la situación era precaria. Soñaba con abrir mi propia escuela, pero mi experiencia con Cristo me decía que lo dejara todo por Él. Estaba dividido".
Por aquella época, un amigo le invitó a formar parte de un coro de iglesia como guitarrista, y Martin aceptó. Pronto le llamó la atención la diferencia con la cultura del dojo. "Descubrí que era mucho más que un coro. Todos estábamos en armonía. Aprendí a vivir en comunidad, en el compartir y la sencillez. No había jerarquía, a diferencia del kung-fu, donde había un sistema piramidal en el que todos desconfiaban unos de otros. Dios me mostraba, poco a poco, cómo era la vida con Él y cómo era la vida sin Él".
Entonces se produjo un acontecimiento decisivo. El dojo le exigió un último examen antes de convertirse en maestro. El combate fue tan violento que Martín salió de él con una doble fractura en un dedo y numerosas contusiones. Poco después, le esperaban en un ensayo con su coro. Cuando la directora del coro vio sus heridas, le hizo notar que, si quería seguir con la música, sus dedos eran esenciales. Tendría que elegir entre el kung-fu y la música. Martín lo interpretó como si fuera Dios en persona quien le estuviera hablando.
La siguiente ocasión en que regresó al dojo, Martin dice que vio con toda claridad como si estuvieran adheridas a algunos de los miembros de alto rango, unas entidades con siluetas demoníacas. Esa visión lo dejó petrificado. Salió inmediatamente del dojo, regresó a casa y botó a la basura todo lo relacionado con la gnosis, el budismo y el kung fu: su ropa, sus estatuas de Buda, sus libros. Se había acabado. Acababa de elegir su bando.
Desde 2016, Martin sigue su camino con Cristo. Se ha reconciliado con su padre. Da testimonio de su historia con la esperanza de que quienes buscan un sentido a su vida, aquellos que tienen sed de lo absoluto, no tengan que dar tantos rodeos.