“El demonio, cuando toma posesión del corazón de una persona, se queda ahí, como en su casa y no quiere salir de allí”, señaló el Papa Francisco destacando luego, en su reflexión del Evangelio del día (Lc 11,15-26), que cuando Jesús expulsa a los demonios ellos tratan de arruinar a la persona, de hacerle mal “incluso físicamente”.
 
“La lucha entre el bien y el mal” a veces “parece demasiado abstracta”, puntualizó el Santo Padre subrayando que “la verdadera lucha es la primera lucha entre Dios y la antigua serpiente; entre Jesús y el diablo”. “Y esta lucha – advirtió – se lleva a cabo dentro de nosotros. Cada uno de nosotros está en lucha; quizá sin que lo sepamos, pero estamos en lucha”. Y el Evangelio de hoy comienza con algunas personas que acusan a Jesús de haber expulsado a un demonio mediante Belcebú. Están siempre “las malas lenguas” – dijo el Pontífice – y entonces se instaura una discusión entre el Señor y estas personas.
 
La vocación del demonio es destruir la obra de Dios
 
“La esencia del demonio es destruir” – reafirmó el Papa – y explicó que su vocación es, precisamente, “destruir la obra de Dios”.
 
Francisco también advirtió acerca del riesgo de ser como los niños que se chupan el dedo creyendo que no es así, que son invenciones de los curas. En cambio, el demonio destruye y “cuando no puede destruir” cara a cara, porque tiene de frente una fuerza de Dios que defiende a la persona, entonces, siendo “más listo que un zorro”, astuto -observa el Vicario de Cristo- busca el modo de volver a tomar posesión de esa persona.
 
La estrategia del demonio
 
Seguidamente el Papa centró su pensamiento sobre todo en la última parte del pasaje evangélico en el que se subraya que cuando el espíritu impuro sale del hombre, va a lugares desiertos buscando alivio y – observó Francisco – “no encontrando ninguno dice: “Regresaré a mi casa – de donde he sido expulsado por Jesús – de la que salí”.
 
También al hablar se presenta educadamente, diciendo “he salido”, cuando en realidad ha sido expulsado. Y, además destacó que cuando el diablo no puede destruir a una persona a través de los vicios, o a un pueblo con las guerras y las persecuciones, piensa en otra estrategia, “la estrategia que usa con todos nosotros”:
 
“Nosotros -alertó el Papa- somos cristianos, católicos, vamos a Misa, rezamos… Parece todo en orden. Sí, tenemos nuestros defectos, nuestros pequeños pecados, pero parece que todo está en orden. Y él se hace ‘el educado’: va, ve, busca a una linda pandilla de amigos, llama a la puerta – ‘Permiso, ¿puedo entrar?’ – toca el timbre. Y estos demonios educados son peores que los primeros, porque no te das cuenta y los tienes en casa. Éste es el espíritu mundano, el espíritu del mundo. El demonio o destruye directamente con los vicios, con las guerras, con las injusticias directamente, o destruye educadamente, diplomáticamente, así como dice Jesús. No hacen ruido, se hacen amigos, te persuaden – ‘No, vete, no hagas tanto, no, pero… hasta aquí está bien’ – y te llevan por el camino de la mediocridad, te vuelven un ‘tibio’ en el camino de la mundanidad”.
 
Los demonios educados que te convencen de no ser enemigos
 
Francisco advirtió ante el peligro de caer “en esta mediocridad espiritual, en este espíritu del mundo”, que “nos corrompe desde dentro”. Y afirmó:
 
“Tengo más miedo de estos demonios que de los primeros, cuando me dicen: ‘Tenemos necesidad de un exorcista porque una persona está poseída por el diablo’, no me preocupo tanto como cuando veo a esta gente que ha abierto la puerta a los demonios educados, a aquellos que – explicó – persuaden desde dentro que no son tan enemigos”.
 
“Yo me pregunto tantas veces, ¿qué es lo peor en la vida de una persona? ¿Un pecado claro o vivir según el espíritu del mundo, de la mundanidad? ¿Que el demonio te tire encima un pecado – incluso no uno, veinte, treinta pecados, pero claros, de los que tú te avergüenzas – o que el demonio esté sentado a la mesa contigo y viva contigo y todo está normal, pero allí, te lanza las insinuaciones y te posee con el espíritu de la mundanidad?”.
 
Vigilancia y calma
 
Por último, el espíritu de la mundanidad es esto, dijo Francisco: “Aquellos que llevan a los demonios educados”. Y recordó la oración de Jesús en la Última Cena – “defiéndelos del espíritu del mundo" – exhortando a estar atentos y calmos:
 
“Ante estos demonios educados que quieren entrar por la puerta de casa como invitados de bodas, decimos: ‘Vigilancia y calma’. Vigilancia: éste es el mensaje de Jesús, la vigilancia cristiana. ¿Qué sucede en mi corazón? ¿Por qué soy tan mediocre? ¿Por qué soy tan tibio? ¿Cuántos ‘educados’ viven en casa sin pagar el alquiler?”.
 
 
 
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