Sonia Tomás Márquez, oriunda de Valencia (España), es la mamá de Javier y nos cuenta como desde pequeña gustaba mucho de quedarse un rato más en la Iglesia para hablar con Dios, pese a que sus padres no eran muy religiosos: “Siempre he tenido una sensibilidad muy grande y yo quería quedarme más tiempo en la iglesia, aunque mis padres no me acompañaban, porque no podían, trabajaban mucho”.
  
Si bien en su familia no le inculcaban las prácticas religiosas, luego de recibir la confirmación comenzó por decisión propia a frecuentar asiduamente la parroquia, hasta formarse como catequista.  Luego de ingresar en una comunidad Neocatecumenal conoció a los 18 años a su futuro esposo: “Mi único novio”, puntualiza.  A los 26 y después de haberse consagrado a la Virgen, pese a algunos impedimentos familiares, se casaron: “Nuestra familia pensaba que no hacía falta casarse tan pronto”.
 
Los hijos una bendición
 
Al año de casarse Dios bendijo su matrimonio, nos dice Sonia, con la llegada de Juan, un primer hijo y luego con dos más, Javier y Carlos. Javier que superó las dificultades de nacer prematuro, a las 32 semanas de gestación, afrontó a fines de 2018 nuevos problemas, siendo ya un adolescente. Presentaba excesiva mucosidad y dolor de cabeza sin que los médicos pudieren establecer un diagnóstico o aliviar sus síntomas.
 
Un día en que lo fue a buscar al colegio Sonia quedó estupefacta al verlo pues “el ojo se le desvió de repente, decía ver doble. Yo me dije: esto qué es y le llevé al oculista”, comenta.
 
Tras pasar de un profesional a otro, una tomografía permitió diagnosticar que Javier mantenía una masa tumoral que comprimía la zona nasal del rostro
 
Una noche larga en oración
 
En Valencia los médicos indicaron practicar una biopsia para confirmar bien el diagnóstico: “Esa noche la recuerdo muy larga para mí, como la lectura de Moisés, yo necesitaba que me sostuvieran los brazos”.  El diagnóstico era grave. Se trataba de un linfoma de Burkitt en estado 4; lo que en este caso significaba que el tumor se había extendido a la mandíbula, pómulos de la cara y también presencias tumorales en tibias e hígado.
  
Comenzó el tratamiento con pequeñas dosis de quimioterapia. Mientras, Sonia y Rubén oraban sin cesar pidiendo oraciones a parientes y amigos. “Nos trajeron un guante del padre Pío y la reliquia de la beata Elena Guerra; la tuvimos con nosotros mientras rezábamos a Dios”.
 
Al cuarto día de tratamiento e incesante oración la prueba dio un resultado más que favorable: “Los médicos se sorprendieron porque se había reducido el tumor más de un 20 %”. 
 
La oración mueve montañas
 

A partir del cuarto ciclo fue evidente la mejoría… para sorpresa de los médicos: “Después del cuarto ciclo le iban a hacer la prueba para ver cómo estaba, saber cuánto se había reducido el tumor: La sorpresa fue que se había reducido completamente, era como si su cuerpo nunca hubiera tenido un tumor”.
 
Por su parte Rubén Esparta, el padre del niño, agradece a Dios el poder de su gracia que escuchó la oración: “Ahora pasada la enfermedad de Javier mi hermano y mi cuñado que no son creyentes han estado los dos rezando por Javier, igual que mis padres y suegros que también están rezando todos los días por Javier, eso que hacía años que no rezaban, desde que eran pequeños”, comenta.
  


Testigo de Dios Padre
  
A pesar del temor que puede a muchos causar la muerte Javier confidencia que en aquellos días “no” sintió rabia ni recriminó a Dios. “Él es mi Padre”, dice con entereza el jovencito afirmando que siempre sintió su presencia:
 
“Yo creía que me iba a morir, pero al final me dijeron que no.  En un principio me sentí triste pero luego me sentí alegre porque sabía que Dios me ayudaba en eso”. 
 
¿Cuál es la clave en esta historia? Nos lo cuenta el propio niño: Siempre que le llevaban la comunión, confidencia Javier, “sentía una gran mejoría y un gran consuelo… Estoy muy tranquilo y alegre porque sé que Dios me ayudó y porque ya estoy mejor, yo no estaba sólo”. 
  
¿Tú les hablas a tus compañeros de Dios?, le preguntamos. Y nos responde: “Sí, pues la mayoría de mis amigos no creen en Dios, y yo en especial a mi mejor amigo que tengo sí que le hablo". 
 
Para los niños que pudieren estar sufriendo alguna enfermedad Javier, de diez años, les da una palabra de aliento: “Que no teman porque Dios está con ellos y les puede curar”, señala con voz serena.
 
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