Llegaron desde todos los rincones del mundo. Desde los más remotos puntos del mapa. 

Llegaron con una mini valija y una sonrisa de oreja a oreja.
 

Llegaron medio asustados, medio emocionados por estar siendo partícipes de la historia.

Llegaron a Roma por primera vez y conscientes de que quizás fuera la última.

Así vivieron cada momento, así caminaron la irregularidad de sus adoquines y así bebieron el agua transparente de sus fuentes eternas. 
 
Llegaron con la frescura de sus dieciocho, veinte, veinte y algo. Tan pequeños  pero con una fuerza y garra que vi en pocos adultos.
 
Llegaron con sus idiomas diferentes, con sus rasgos tan diversos, con todos los colores de piel y cabellos posibles, pero con un mismo corazón y un mismo compromiso, terminar con la esclavitud.
 
Llegaron con el dolor acomodado en algún rinconcito, la mayoría eran sobrevivientes o familiares o amigos o conocidos de sobrevivientes del horror de la Prostitución o de la Trata de Personas. Sabían de que iban a hablar y lo hicieron sin tapujos, sin rodeos, sin acomodar los discursos.
 
Llegaron con unas pocas monedas en los bolsillos y la solidaridad a flor de piel, los vi hacer pozos comunitarios para comprar naranjas y pizzas y compartir lo que habían traído en sus valijas.
 
Llegaron dispuestos a denunciar el horror, la impunidad, la mentira, la complicidad, la desidia de quienes deberían estar combatiendo a capa y espada la telaraña del crimen organizado y sus múltiples caras: la Prostitución, el trabajo infantil, la mutilación genital femenina, la feminización de la pobreza, la vulnerabilidad de los migrantes y otras.

 
 
 
Llegaron y se entendieron, se respetaron, se apoyaron, se ayudaron, compartieron y debatieron. No se callaron nada, con respeto, con compromiso. Al mismo tiempo a cada instante perfumaban  el aire con sus risas frescas y transparentes.
 
Los y las jóvenes del Simposio, admirables como pocos, como  llegaron se fueron. Como las estrellas fugaces que se desprenden del cielo en las nochecitas de verano. Que iluminan un instante, pero dejan un reflejo que perdura.
 
En esos pocos días nos dejaron huellas imborrables y el alma florecida de esperanzas. 

Los jóvenes del Simposio, Dios quiera los volvamos a ver, Dios quiera....
 
Aquí está la declaración que los jóvenes del Simposio, presentaron a Papa Francisco.
La hicieron entre todos, y la firmaron...

 
 
 
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