Contra toda predicción –podría decir algún lector con absoluta legitimidad- ya existe en la sociedad chilena la conciencia de que vivimos un momento de complejidades sociales y políticas no resueltas, tanto heredadas como presentes. La crisis de "confianza" en las instituciones, con las sabidas consecuencias que esto implica, es una voz de alerta que no podemos obviar. Crisis de confianzas entre los actores sociales y rupturas anarquistas que pretenden – paradojalmente – controlarlo todo. Son los “acuerdos” entre los “desacuerdos” como acaba de afirmar el Papa Francisco en su viaje pastoral a Corea del Sur.

Los datos estadísticos de las encuestas, por sí mismos, no tienen valor absoluto e irrefutable. Sin embargo, nos presentan una "radiografía" de lo que está sucediendo más allá de las limitaciones propias de un estudio y análisis según quien lo realice, examine y bajo qué "ideología" o "visión de la realidad" se saquen sus conclusiones.

Lo que sí es claro son los datos "duros" que dejan constancia de una crisis de confianza. El problema arriba enunciado invita a pensar con altura de miras qué se pude y debe hacer para resolver los conflictos del presente y  construir el futuro.

A mi juicio – respetando las opiniones divergentes – creo que la gravedad radica en una "crisis cultural". En efecto, vivimos una "revolución" que se expande a nivel planetario. En otras palabras, quienes influyan decisivamente en la manera de "pensar y sentir" del país son los que lograrán plasmar su cultura política, social y valórica.

Recordando a Gramsci, la conquista de la "hegemonía social" llevará a la "hegemonía política", sin hacer uso de la fuerza – aunque algunos sigan en esa convicción de Marx como instrumento del cambio social y político.

El cambio cultural tiene entonces premisas bien precisas y determinadas. Y cuando esos fundamentos son "ideológicos" como lo entiende la ciencia política como fórmula de conquistar el poder, entonces, de alguna manera ya están pre-establecidos. Sólo falta seguir implementándolos por los propios interesados y actores sociales, buscando sus ventajas y provechos dirán algunos; y soportando sus cargas y consecuencias expresarán, seguramente, otros.

 Algunos lo pretenden por la fuerza, pero el mismo Gramsci enseñó que la raíz del cambio está en hacer "pensar" a la gente de una manera distinta. Se trata, por tanto, de una revolución de la cultura y de las ideas; y cuando esto sucede los estadillos sociales son muy difíciles de controlar pues ya se "piensa" distinto y la "frustración" se transforma en "rabia" y violencia verbal y de obra.

El ADN cultural transformado parece que lleva inexorablemente a que nazcan los recelos de todo "tipo" y "credo" ya sea para protestar en contra obviamente; o bien, por las consecuencias de la misma desestabilización social que se provoca. Así, desde la frustración se pasará, una y otra vez, a la desconfianza. Más aún, el mismo quiebre de la estabilidad social y sus directas repercusiones en la construcción del bien común hacen que la solución sea compleja, pues no hay apertura a un diálogo que pueda consensuar posiciones ya que para esto último se necesita ceder.

Sin embargo, este diálogo parece seguir siendo limitado e incapaz de adquirir soluciones programáticas reales, viables y verificables con el debido estudio de sus causas y la prudencia en considerar que lo fundamental para que los cambios perduren es su estructura programática en el tiempo con el fin de alcanzar los objetivos en razón del bien común y no de los bienes particulares, aunque éstos sean muy legítimos. De este modo las reformas que se puedan implementar en el país, deben ser, precisamente, legitimas. Es decir, buscar el bien común. No obstante parece que nos vemos enfrentados a posiciones “totalitarias” encubiertas de “democracia”. Pudiendo afectar, por ejemplo, la libertad de educación y el derecho preferente de los padres a elegir la mejor educación para sus hijos. Sería lamentable para el país ver implementarse un proyecto hegemónico como el fracasado intento de la Escuela Nacional Unificada (ENU) durante el gobierno socialista de S. Allende.

Al menos, hasta aquí, podríamos concordar en lo necesario de los cambios, pero debidamente ponderados y objetivamente evaluados dentro del orden institucional en un estado de derecho en conformidad a la Constitución política para no caer en asambleismos caudillistas como otros países latinoamericanos sometidos en la pobreza y controlados por la tiranía gubernamental.

Pero de igual modo es oportuno comprender la necesidad de un tiempo adecuado para implementar cambios. El “frenesí legislativo” denunciado por Mons. Goic es un llamado a la prudencia. Asi, sus efectos seran duraderos en el orden de los principios para el necesario bien de la paz social. Sin embargo, no todos quieren ceder, ni menos conceder. Se está jugando a "ganador" absoluto. Esto no es viable en una sociedad democrática donde la unidad se construye desde la diversidad; y no desde la confrontación.

Entonces la desconfianza en las instituciones es el principio de un efecto "cascada" o "dominó" que termina por quebrantar el orden institucional, subvertir la democracia y alterar el estado de derecho. Por eso el futuro está en manos de aquellos que den razones para vivir y para esperar.

Las próximas elecciones municipales –aunque lo miremos con tanta anticipación– sin lugar a dudas tomarán el "pulso" político de la sociedad. Más todavía con la agravante que la comunidad nacional tiene sólo un 7% de confianza en los partidos políticos. Pero el "cambio cultural" es una realidad. Quién logre encausarlo tendrá las directrices de la "hegemonía social" y como consecuencia logrará la "hegemonía política".

Quien cambia la cultura, no sólo toma el poder sino que también lo conduce y lo controla, pero también se le puede escapar de las manos. Y lo puede hacer para "bien" o para "mal". La historia de la humanidad es testigo indesmentible de esta realidad.

La "primavera árabe", mirando el mundo, es un ejemplo preclaro que el descontento social por diversas causas y razones, según lugar y cultura, recorre el orbe con sus demandas. Ya sean políticas, económicas o sociales. Al fin y al cabo, siguen siendo demandas que generan inestabilidad social, conflictos y enfrentamientos de ideas, formas de mirar y construir la realidad.

Con razón o sin razones, las violencias sociales son una realidad y tengo la presunción de que por lo visto hasta ahora, lo seguirán siendo, pues los ánimos no caminan en favor del diálogo y la confianza. Y según de dónde vengan los análisis, pero con una violencia explícita en las reivindicaciones parece ser que por el momento no habrá cambios sustanciales en favor de la paz social.

En síntesis, quién o quiénes transformen la cultura y logren influir en la manera de ser, pensar y sentir de la gente serán quienes conduzcan la sociedad. La causa del fracaso está en la "fatal ignorancia" de no comprender que la raíz del cambio social tiene sus presupuestos ideológicos que lo animan, estructuran y dan consistencia en el orden cultural. Quién cambia la cultura, transforma la sociedad. Y la razón es muy precisa: "quienes controlan las opiniones de un pueblo, controlan sus acciones".


 
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