Un día de humedades. Un día donde la lluvia se cuela por las rendijas de las ventanas y entra. Donde el sol es sólo una ilusión detrás de tanta nube gris. Una señora con su hijita en brazos, llegó a traer rosarios para que lleve a bendecir por el Papa. Como pasa siempre -gracias a Dios- se quedó a tomar unos mates y contarme su historia.
 
No me fue mucho para darme cuenta que su niña tenía capacidades diferentes. Y que era un sol que alumbraba en medio del día gris de nubes. La mujer la había tenido internada varios días y una amiga le había prestado generosamente un rosario que yo le había regalado, traído de Roma. La misma noche que le prestó el rosario, la niñita salió de terapia me cuenta. Quizás Dios se puso a llorar junto a esa mamá que le rogaba que salvara a su hijita.
 
Ahora me traía un puñado de rosarios de plástico blancos, tan blancos como el alma de la niñita. Y como me pasa siempre con la gente que trae rosarios de plástico, se disculpó porque eran simples, pero eran los que ella en su escasez de recursos -no de amor, pues en amor era millonaria- podía pagar. Yo la miré sonriendo, y como pude le dije que Jesús no mira la calidad de los rosarios, sino el corazón de la gente cuando los reza. Lo dije con cuidado, el cuidado de saber que una no lo sabe todo.
 
Nosotras conversábamos y Yaco con su amiguito iba y venía, jugando y corriendo. De vez en cuando le hacía morisquetas a la niñita que se reía a carcajadas con ellos.
 
En medio de la charla, a la joven mujer se le nublaron los ojos, porque le quería mandar un regalo al Papa y no tenía una moneda. Es decir su situación económica era muy difícil. Yaco la escuchó en medio de sus idas y venidas y parándose en seco, le dijo "Cómprele una cajita de alfajores, de alfajores de dulce de leche; ¿Qué mejor regalo puede haber para un Papa Argentino?”
 
Nos lo quedamos mirando, y como vio que le atendíamos siguió: "La gente gasta tanto en comprarle cosas al Papa, que no debe saber dónde ponerlas, y alquilar algo para guardarlas es caro. Si en vez de eso, sólo le mandaran alfajores para que tome mate y comparta con sus amigos y el resto de los regalos se los den a quienes no tienen nada, el Papa seguro sería más feliz”. Después se fue con su amiguito, metido en su mundo de diez años, un mundo donde las cosas son más simples y la vida no es tan complicada.
 
Alfajores de dulce de leche para el Papa. La señora volvió al rato con una cajita, y a Yaco le brillaban los ojitos. Me miró, pícaro, y al pasar me dijo "Y ojo que son para el Papa, fíjate que nadie acá se los coma".


 
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