El 5 de mayo de 1821 moría Napoleón Bonaparte en su destierro de Santa Elena. Ese mismo día en Roma, en el céntrico Palazzo Braschi, Leticia, su madre, dijo haber tenido un sueño, o quizás una visión. Un hombre, cuya voz le recordaba a la de su hijo, pronunció estas palabras: «En el momento en que os hablo, su majestad está liberado de sus padecimientos y es feliz. Alteza, besad este crucifijo, al Salvador de vuestro hijo. Dentro de muchos años lo volveréis a ver». Es lo que contó Leticia Bonaparte a quienes la rodeaban, con la esperanza de que Napoleón hubiera podido finalmente reconciliarse con la Iglesia. Es posible además que el crucifijo mencionado le recordara aquel otro que su hijo le trajo de su campaña de Egipto en 1799. Lo cierto es que Leticia y su hermano, el cardenal Joseph Fesch, habían enviado a Santa Elena a dos sacerdotes corsos, Antonio Buonavita y Angelo Paulo Vignali, para acompañar al emperador en un exilio del que nunca regresó.

Su tristeza se acentuaba por la circunstancia de haber sido privado de la compañía de su mujer, María Luisa de Austria, y de su hijo, el efímero Napoleón II. Buonavita celebró Misa los domingos con la asistencia de Napoleón, pero este no dio el paso decisivo de confesarse. Se cuenta que años atrás, Pío VII le había invitado a hacerlo, pero el emperador le replicó que lo haría cuando fuese viejo. Habría que esperar a las semanas finales de su vida para que Vignali le administrara los últimos sacramentos. También ofició sus exequias.

En 1840, cuando los restos de Napoleón se trasladaron a París para ser depositados en Los Inválidos, un antiguo teniente imperial, Robert Antoine de Beauterne, publicó con notable éxito el libro Conversaciones religiosas con Napoleón, basado en gran medida en los testimonios de un testigo del destierro, el conde de Montholon. El autor asegura que se limitó a transcribir momentos de las conversaciones que el emperador tuvo con sus generales, compañeros de exilio. No eran demasiado creyentes, pero Napoleón hizo ante ellos una defensa de la religión cristiana que contrasta con su imagen de revolucionario, anticlerical y de usurpador de los Estados Pontificios, que le llevó a ser excomulgado por Pío VII. Para empezar, afirma que «entre el cristianismo y cualquier otra religión existe la distancia del infinito». Cristo no es comparable a los fundadores de imperios, a los conquistadores ni a las divinidades de otras religiones, pues nadie ha dicho de sí mismo, sin vacilación alguna, que es Dios. Proclama también la esencia del cristianismo: «El milagro más grande de Cristo ha sido establecer el reino de la caridad; solo él ha conseguido elevar el corazón humano hasta las cumbres de lo inimaginable, a la anulación del tiempo… Todos los que creen en Él advierten este amor extraordinario, superior, sobrenatural, fenómeno inexplicable e imposible para la razón». Hace algunos años, el que fuera arzobispo de Bolonia, el cardenal Giacomo Biffi, publicó un apasionado prólogo a la versión italiana de esta obra y se mostró convencido de que el emperador había recuperado la fe de su infancia.

Hay quien opina, en cambio, que el relato de la conversión de Napoleón es exagerado, y que es una historia adornada con una finalidad política: hacer respetable a los ojos de los católicos el segundo imperio de Napoleón III, pues en esa época aparecieron otras obras que hacían apología de un emperador cristiano que había devuelto la paz a la Iglesia tras las persecuciones revolucionarias y firmado el Concordato con la Santa Sede en 1801, donde se afirmaba que el catolicismo era la religión de la mayoría de los franceses. No era tanto un asunto de índole religiosa sino una apuesta política por la religión como garantía del orden social. Pero no es menos cierto que en otros círculos bonapartistas existía una gran incomodidad ante la imagen de un Napoleón cristiano, aunque solo se limitara los últimos años de su vida. No les agradaba un emperador que proclamara en Santa Elena la grandeza del sermón de la montaña. Preferían al Napoleón fundador de un nuevo orden político y decididamente anticlerical.

Pese a todo, Leticia Bonaparte siempre estuvo convencida de que su hijo había muerto en la fe cristiana. Creía, como el poeta Alessandro Manzoni, autor de una famosa oda al 5 de mayo, que el héroe se había inclinado ante la cruz y que Dios le había sentado a su lado.
 
 
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