Con frecuencia se habla del fin del mundo, de las señales que, según algunos, lo muestran cercano, de lo que ocurrirá cuando llegue ese momento dramático.

 

Así, algunos interpretan las epidemias, los volcanes, los tornados, las guerras, las crisis económicas, el hambre, la apostasía de millones de seres humanos, como señales de que el final del mundo sería “inminente”.

 

En realidad, la historia de la humanidad está llena de momentos dramáticos: terremotos que causaron decenas de miles de muertos, pestes que eliminaron más de la mitad de la población de algunos lugares, hambres que provocaron millones de muertes.

 

Por eso, hoy, como siempre, valen las palabras de Cristo: “Mas de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles de los cielos, ni el Hijo, sino solo el Padre” (Mt 24,36; cf. Mc 13,32‑33).

 

En cambio, lo que sí sabemos es que un día llegará el “final de mi mundo”, es decir, el momento de mi muerte, en la que abandonaré esta tierra para dirigirme al encuentro con el Señor.

 

Frente a tantas voces que hablan con alarmismos exagerados sobre la inminencia del final del mundo, lo que necesitamos es tomar conciencia de que tarde o temprano llegará el final de mi mundo.

 

Para ese momento, necesitamos recordar la invitación del Señor, en el contexto de su mandato de amar expuesto en Mt 25: “Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora” (Mt 25,13).

 

Además, necesitamos orar, de forma que resistamos ante tantas tentaciones, sobre todo las que nos quieren llevar a ese terrible pecado de la desesperanza que surge cuando dejamos de confiar en la misericordia de Dios.

 

El mundo sigue su camino. Miles de males hoy, como en el pasado, llegan como noticias que nos confunden. Cristo nos invita a estar despiertos, a no dejarnos aturdir por las malas noticias, y a confiar.

 

“Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo” (Jn 16,33).

 

 

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